La amenaza anticristiana y la resistencia contra ella (VIII)

“Armadura básica para resistir contra los poderes anticristianos”

Con la meditación de hoy, vamos llegando al final de esta serie sobre el Anticristo. Mañana será la última. Sé que muchas preguntas quedan abiertas aún y necesitan ser profundizadas. Por tanto, en la meditación de mañana señalaré en qué marco continuaré tratando este tema, distinto al de las meditaciones diarias, particularmente para aquellos que se sienten llamados por el Señor a ofrecer resistencia conscientemente contra las tendencias y los poderes anticristianos. Para la amplia audiencia de las meditaciones diarias, quisiera dar ahora algunos consejos, que podrían serles provechosos.

Para no caer en las seducciones anticristianas, es importante aferrarse a la sana doctrina de la Iglesia y a la praxis que brota de ella (ortopraxis). El Apóstol San Pablo llega a decir que, aun si un ángel del cielo les anunciara un evangelio distinto, no le crean (cf. Gal 1,8). ¡La Iglesia Católica tiene una doctrina clara y sin ambigüedades! ¡Infinitas gracias a Dios por ello! Ciertamente puede comprendérsela con creciente profundidad y precisión; pero la doctrina nunca puede contradecirse a sí misma. No deberíamos prestar oído a alguien que no transmita esta “agua cristalina” de la sana doctrina, o que la ponga en duda. Cerrar el oído a las fábulas de las que advierte San Pablo (cf. 2Tim 4,3-4) es ya un acto de resistencia, porque estaremos evitando que el error se prolifere.

¡La enseñanza moral de la Iglesia no ha cambiado! El pecado sigue siendo pecado, y no puede presentárselo como si no fuese grave. La verdadera misericordia no significa relativizar el pecado; sino ayudar a la persona a salir de una situación malsana, para que su vida corresponda objetivamente a la Voluntad de Dios. Para ello, se necesita mucha paciencia y habrá de evitarse la dureza. Sin embargo, jamás será misericordia dejar a las personas simplemente en su vida desordenada, o, peor aún, confirmarlas en esa forma de vivir. Esto sería inducirlas a error, e iría en contra de su vocación trascendente de vivir como verdaderos hijos de Dios. Los actos homosexuales, el adulterio, la sexualidad fuera del matrimonio, la masturbación, etc., siguen siendo pecado, aunque el mundo –e incluso obispos y sacerdotes que yerran– dijesen otra cosa. La santa comunión sólo puede recibírsela en estado de gracia. Quien no pueda ayudar directamente a las personas en esta o aquella situación crítica, puede siempre orar y ofrecer sacrificio por ellas…

Quien permanezca firme y asuma responsabilidad en este sentido, está ya ofreciendo resistencia contra los poderes de la oscuridad, porque éstos quieren confundir –de ser posible­– también a los fieles, y seducirlos para que abandonen o relativicen la claridad de su pensar, con todo lo que esto implica. Pero si los fieles ya no siguen el auténtico camino de Dios ni lo testifican, ¿quién lo hará? ¿Jesús tendrá que hacer hablar a las piedras (cf. Lc 19,40), porque ya no tiene a nadie que le permanezca fiel?

¡La misión de la Iglesia no ha cambiado! Sigue estando vigente el mandato de anunciarles a todos los hombres el evangelio (cf. Mt 28,19-20), porque nadie podrá salvarse sin Nuestro Señor Jesucristo. “Nadie va al Padre si no es por mí” (cf. Jn 14,6). Todo diálogo y ecumenismo será auténtico sólo en la medida en que corresponda a este mandato misionero del Señor. La meta de la misión no puede ser que simplemente el musulmán sea un mejor musulmán y el hindú, un mejor hindú; sino que han de encontrarse con este Dios que envió a Su Hijo al mundo para salvarlos (cf. Jn 3,16). ¡Esto no podrá cambiarlo nadie, ni el Papa, ni un obispo, ni criatura alguna!

Quien se mantenga firme en esto, está ofreciendo activa resistencia contra los poderes de la confusión, que quieren distorsionar el envío de Jesús y de la Iglesia, para hacerla parte de una asociación religiosa general, privándola así de su necesariedad para la salvación. 

En Efesios 6, San Pablo nos describe la armadura de Dios (cf. Ef 6,11-18). Una de las “armas de ataque” es el anuncio del evangelio, porque así se le arranca al Maligno su poder sobre las almas y se proclama la victoria del Señor.

¡El camino de la santidad no ha cambiado! En primera instancia, se trata de acoger el amor de Dios y corresponder a él; de entrar en una íntima relación con el Señor y cultivarla… Para ello, Dios nos ha dado Su Palabra, la oración, los sacramentos y muchos otros medios…

¡El amor de Dios está en primer lugar, y de ahí brota el auténtico amor al prójimo! Es esencial que tomemos en cuenta esta jerarquía. De hecho, el amor de Dios es también el contenido más importante en la evangelización, porque se trata de la salvación de las almas, que están expectantes de la Redención y han de conocer el amor de nuestro Padre. ¡Todos los otros temas han de subordinarse! No es la mejora del mundo lo que debe ocupar el primer rango en la misión de la Iglesia; sino el amor de Dios manifestado en Nuestro Señor Jesucristo.

“Yo les he dado a conocer tu Nombre y se lo seguiré dando a conocer, para que el amor con que tú me has amado esté en ellos y yo en ellos.” –dice el Señor (Jn 17,26).

Quien, viviendo en estado de gracia, preserve cuidadosamente estos cuatro puntos mencionados –la sana doctrina de la Iglesia, su enseñanza moral, su encargo misionero y el camino de la santidad–, sin dejarse confundir, está ya equipado con una armadura estable para resistir a las fuerzas anticristianas y no dejarse enceguecer. Mañana añadiré algunos puntos, y también mencionaré nombres concretos de la jerarquía de la Iglesia; aquellos que en esta crisis existencial han preservado la claridad y han dado orientación. No son muchos; pero el Señor no ha dejado sin ayuda a los Suyos en medio de esta oscuridad.


Harpa Dei acompaña musicalmente las meditaciones que a diario ofrece el Hno. Elías, su director espiritual. Éstas se basan normalmente en las lecturas bíblicas de cada día; o bien tratan algún otro tema de espiritualidad.
http://es.elijamission.net

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