“Entra hasta el fondo del alma, divina luz, y enriquécenos” (Parte VII – Retiro de Pentecostés)

Aquí se hace referencia al Espíritu Santo como precioso don para los fieles.

Hay que trazar una clara diferencia entre aquellas personas que aún no conocen ni han acogido la verdadera fe, y aquellas que son creyentes. Mientras que, en el primer caso, el Espíritu Santo las atrae y las llama, queriendo convencerlas de la verdad del evangelio; en el segundo caso, es decir, en quienes creen y viven en gracia de Dios, Él puede penetrar hasta el fondo del alma.

Ya al inicio de estas meditaciones sobre la Secuencia de Pentecostés, habíamos señalado que el Espíritu Santo quiere iluminar y purificar nuestro corazón, para que quede dispuesto a ser totalmente penetrado por Él. Pero, ¿qué sucederá cuando el Espíritu Santo encuentre cada vez menos resistencia en nuestro interior, cuando escuchemos y obedezcamos cada vez más fácilmente a Sus indicaciones, cuando sus siete dones se desplieguen en nosotros, cuando, a fin de cuentas, Él pueda poseer más y más nuestro corazón?

Entonces nos iremos aproximando a la meta de nuestro camino interior con el Señor, pues esta meta, que es lo que el Espíritu Santo quiere alcanzar, consiste en una plena unidad entre nuestra voluntad y la de Dios, una unidad de corazones con Él, en la medida en que ello nos sea posible en esta vida… A eso se refiere aquella jaculatoria de la devoción al Sagrado Corazón: “Haced mi corazón semejante al Vuestro”, y también a ello apunta la expresión del “intercambio de corazones” o de la “unificación con el corazón de Jesús”, u otras expresiones semejantes.

Si en los Hechos de los Apóstoles se dice que la comunidad primitiva tenía “un solo corazón y una sola alma” (Hch 4,32), esto indica que estos cristianos estaban todos tan orientados hacia Dios, que el Espíritu Santo podía suscitar aquella unidad entre ellos. En este contexto, les recuerdo lo que había dicho en la primera de estas reflexiones con respecto a la confusión babélica y lo que es indispensable para que haya una verdadera unidad. Los versos de la Secuencia que hoy meditamos nos llevan incluso más allá, pues nos muestran que no es solo la fe común la que genera los lazos de unión entre las personas; sino que el corazón mismo es transformado al penetrar en él el Espíritu Santo. Los deseos de Dios se convierten en nuestros deseos; las intenciones de Dios, en nuestras intenciones; la Voluntad de Dios, en nuestra voluntad…

Ésta es una gran obra de amor, y cuanto más profundamente el Espíritu Santo pueda penetrarnos, tanto más quedaremos purificados de todo cuanto nos separa de Dios; cuanto más seamos iluminados sobre la Voluntad de Dios y la reconozcamos, cuanto más seamos movidos por Su amor, tanto más natural y confiada se volverá la relación con Él. Así se disipará toda extrañeza y distancia, y surgirá una confianza inquebrantable, y, en el amor, podremos ser cada vez más uno con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

Esto, a su vez, tendrá efectos maravillosos sobre la relación con las personas. Un corazón purificado, iluminado y unido a Dios, también vive en unidad con aquellos que aman y escuchan a Dios. No es una unidad que haya que crear; sino que ya existe, gracias al actuar del Espíritu Santo. A la luz de Dios, se la percibe y se reconoce que es un pequeño “pre-gustar” de lo que caracterizará la vida con Dios en la eternidad.

Pero aquel corazón que esté impregnado por el Espíritu Santo, no se dará por satisfecho de que exista unidad entre los hermanos y hermanas, sino que sabe que todos los hombres están llamados a hacer parte de esta unidad.

El Espíritu Santo no sólo quiere conducir a todos hacia la fe; sino que también quiere penetrarlos. Por eso, Él es, por una parte, el gran evangelizador, quien da alas a los discípulos para llevar el evangelio adondequiera que los envíe; y, por otra parte, es también el gran santificador de las almas.

¡Todo esto es motivo suficiente para pedirle que entre hasta el fondo de nuestros corazones y nos llene!


Harpa Dei acompaña musicalmente las meditaciones que a diario ofrece el Hno. Elías, su director espiritual. Éstas se basan normalmente en las lecturas bíblicas de cada día; o bien tratan algún otro tema de espiritualidad.
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