El cuerpo: templo del Espíritu Santo

1Cor 6,13c-20 (Lectura en el Novus Ordo)

Hermanos: el cuerpo no es para la fornicación, sino para el Señor, y el Señor para el cuerpo. Y Dios, que resucitó al Señor, nos resucitará también a nosotros mediante su poder. ¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo? ¿Voy, entonces, a tomar los miembros de Cristo para hacerlos miembros de una prostituta? ¡De ningún modo! ¿O no sabéis que quien se une a la prostituta se hace un solo cuerpo con ella? Pues está dicho: “Los dos se harán una sola carne”. Mas el que se une al Señor, se hace un solo espíritu con él. 

¡Huid de la fornicación! Todo pecado que comete una persona queda fuera de su cuerpo; mas el que fornica, peca contra su propio cuerpo. ¿No sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que está en vosotros y que habéis recibido de Dios? Así que no os pertenecéis; ¡habéis sido comprados a buen precio! Usad, pues, vuestro cuerpo para honrar a Dios.

La Palabra de Dios es una gran luz, que nos ilumina y nos da claridad. La Palabra de Dios siempre sigue hablándonos en nuestro tiempo, y si nos regimos de acuerdo a ella, la bendición divina vendrá sobre nosotros. Es errónea aquella idea de que el tiempo actual pudiese corregir o re-interpretar la Palabra del Señor, como si ahora supiésemos mejor las cosas. ¡No! Es la Palabra de Dios, y no la sabiduría humana, la que confiere luz. Por eso, escuchemos con mucha atención el mensaje bíblico de hoy, precisamente en este tiempo, en que a menudo la humanidad vive muy lejos de estas indicaciones del Apóstol Pablo, y tal vez no quiere ni siquiera escuchar tales palabras. ¡Pero no dejan de ser verdaderas!

Nuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo. ¡Cuánta dignidad le ha sido dada por ser morada de Dios! El Señor quiere habitar en nuestro cuerpo débil e iluminarnos. Todo nuestro ser ha de quedar impregnado por la luz de Dios, para que nuestro pensar y actuar corresponda a su Voluntad.

Incompatible con nuestra dignidad es la lujuria, que desfigura tanto nuestro cuerpo como nuestra alma. ¿Cómo podrá morar en nosotros el Espíritu de Dios, si nos dejamos llevar por nuestras inclinaciones desordenadas?

El sufrimiento que acarrea la sexualidad desordenada, tanto para uno mismo como para los demás afectados, tiene consecuencias mucho mayores de lo que podemos imaginar. Disminuye nuestra capacidad de amar y se pierde la integridad de la persona, su fuerza interior, su unión con Dios y consigo misma, porque se deja llevar por las pasiones.

Sabemos que la sexualidad está dispuesta para el matrimonio. San Pablo nos deja en claro que se produce una unificación y sus respectivas ataduras con la persona con la que se comete impureza. Entonces, queda degradado tanto el acto sexual como las personas implicadas. También se produce esta degradación cuando la persona busca el placer en su propio cuerpo, pues entonces se reduce o incluso queda bloqueada la capacidad de amar y entregarse a otra persona. Quisiera añadir que también el entregarse a las fantasías sexuales representa una perversión. En el caso de las prácticas homosexuales, viene a añadirse el elemento anti-natura.

En la pastoral se debe ayudar a las personas a lidiar con la sexualidad de acuerdo con la Voluntad de Dios. Pero no se les ayuda si, por ejemplo, los sacerdotes bendijesen parejas que viven en una relación contraria al plan de Dios, tal como propone una nueva y confusa declaración del Vaticano. Esto es un signo profundamente contradictorio y conduce por el camino equivocado.

¡No es fácil resistir a las provocaciones del placer sexual! El flagelo de la pornografía azota a no pocas personas, y a veces se ven afectados también aquellos que en realidad quisieran vivir como a Dios le agrada.

Entonces, no se puede de ninguna manera trivializar el pecado de la lujuria. Por otra parte, tampoco debemos desanimarnos si tenemos que luchar en este campo de batalla. La tentación a la impureza toca un punto débil en muchas personas, y seguro Dios se apiada de ellas, si se esfuerzan por vivir en castidad, aunque una y otra vez sufran recaídas. ¡Que nadie caiga en desesperación ni tampoco se obsesione demasiado con este asunto!

¡Tratemos de resistir contra las tentaciones con todas nuestras fuerzas, a través de una vida de oración cada vez más profunda y vigilando atentamente sobre nuestros pensamientos! Aquellos que han hecho una promesa de castidad, deben estar muy atentos y evitar cualquier relación demasiado estrecha con una persona del sexo opuesto. Esto, por supuesto, cuenta también para los casados, en lo referente a relaciones fuera del matrimonio. Y también los jóvenes deben estar vigilantes,  para no adentrarse en el campo de una sexualidad que separa de Dios.

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