«Jesús se complace en mostrarme el único camino que me conduce a esa hoguera divina. Ese camino es el abandono del niñito que se duerme sin miedo en los brazos de su padre…» (Santa Teresita del Niño Jesús).
No en vano, Santa Teresa de Lisieux es más conocida como Teresita del Niño Jesús. Ella descubrió y vivió profundamente esa infancia espiritual frente a Dios, y la entendió como el camino que estaba llamada a recorrer. Y, de hecho, ¡qué relación tan confiada surge aquí! ¿Cómo puede uno abandonarse mejor que sabiendo que su padre lo sostiene en sus brazos? ¡Cuánto anhela Dios una relación así con nosotros! Ya en tiempos de la Antigua Alianza, hablaba con gran ternura a su pueblo. En el Libro de Oseas, el Señor declara:
«Yo enseñé a Efraím a caminar, tomándole por los brazos, pero ellos no conocieron que yo cuidaba de ellos. Con cuerdas humanas los atraía, con lazos de amor, y era para ellos como los que alzan a un niño contra su mejilla» (Os 11,3-4).
Con esa confianza filial, Santa Teresita recorrió su camino en el Carmelo, pues se había encontrado con el infinito amor de nuestro Padre celestial y supo aprovecharlo. Cada vez que ponía en práctica esa confianza, incluso en las situaciones más dolorosas, su amor por Dios crecía.
A nuestro Padre le complace sobremanera esa confianza, que le permite colmarnos aún más con la fuente inagotable de su amor. Con cada acto de confianza, nuestro corazón se abandona y se abre, de tal manera que el Padre celestial puede concedernos todo lo que nos tiene preparado.
Lo que Santa Teresita puso en práctica está previsto para cada uno de nosotros. Una confianza ilimitada en nuestro Padre nos transformará y, en la hoguera de su amor, nos convertirá en lo que estamos llamados a ser: imagen y semejanza de Dios.
