Recordemos que una de las razones por las que el apóstol San Pablo escribió la epístola a los cristianos de Colosas era su preocupación por la influencia de las falsas doctrinas sobre la joven comunidad. Epafras, que llevaba a cabo la misión en esta comunidad por encargo de Pablo, le había informado al respecto.
¿Por qué son tan peligrosas las falsas doctrinas y por qué han supuesto una gran amenaza a lo largo de toda la historia de la Iglesia, desde sus inicios hasta nuestros días? A san Gregorio Magno se le atribuye a veces la oración que se pronuncia en la Santa Misa justo después del Padrenuestro, que incluye la expresa petición de que seamos preservados de la confusión, para que «vivamos siempre libres de pecado y protegidos de toda perturbación, mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo».
Nuestro entendimiento es iluminado por la luz del Espíritu Santo, quien nos recuerda todo lo que Jesús dijo e hizo (Jn 14,26). Guiada por el Espíritu Santo, la Iglesia ha recibido la verdad del Evangelio y está a su servicio.
Tras reconocer la verdad, nuestro entendimiento la consiente y todo nuestro pensar y actuar debe ponerse a su servicio y, por tanto, al servicio de Dios. En ella debemos permanecer firmes hasta el final para alcanzar la vida eterna.
Ahora bien, si se extendiera una falsa doctrina en la Iglesia, se interpondría entre el Espíritu Santo y nuestro entendimiento un engaño, una falsa luz, una distracción de la verdad y una relativización, y eso acarrearía las respectivas consecuencias. El entendimiento se iría oscureciendo cada vez más, empañando su capacidad de reconocer la verdad, y la voluntad, que debe ponerse al servicio de esta verdad, también se vería afectada.
Si no se identifica ni se corrige el error, o si incluso se lo considera una especie de «iluminación», entonces la voluntad llega a ponerse al servicio de la falsa doctrina y la difunde. La pureza de la recta doctrina se ve socavada y el veneno de las herejías penetra cada vez más en el organismo de la Iglesia. Cuanto más elevado sea el bien que una determinada falsa doctrina ataque y distorsione, mayores y más perniciosas serán las consecuencias.
El Apóstol de los Gentiles es plenamente consciente de ello y, como responsable de la comunidad, no titubea en advertir al rebaño que le fue confiado.
«Vigilad para que nadie os seduzca por medio de vanas filosofías y falacias, fundadas en la tradición de los hombres y en los elementos del mundo, pero no en Cristo. Porque en él reside toda la plenitud de la divinidad corporalmente, y por él, que es cabeza de todo principado y potestad, habéis alcanzado la plenitud. Por él fuisteis también circuncidados con una circuncisión no hecha por mano que mutila el cuerpo carnal, sino con la circuncisión de Cristo. Sepultados con él por medio del Bautismo, también fuisteis resucitados con él mediante la fe en el poder de Dios, que lo resucitó de entre los muertos. Y a vosotros, que estabais muertos por vuestros delitos y vuestra carne incircuncisa, os vivificó con él, y perdonó gratuitamente todos nuestros delitos. Canceló la nota de cargos que había contra nosotros, la de las prescripciones con sus cláusulas desfavorables, y la quitó de en medio clavándola en la cruz. Habiendo despojado a los principados y potestades, los exhibió en público en su cortejo triunfal» (Col 2,8-15).
La primera advertencia de san Pablo viene inmediatamente acompañada de la respuesta que se debe dar ante filosofías vanas y falsas doctrinas, pues todas ellas son obra humana y, en no pocas ocasiones, incluso son de inspiración demoníaca. Por ello, carecen de autoridad en materia de fe, que procede exclusivamente de Cristo. Carecen de carácter sobrenatural y, por tanto, causan confusión.
Al hablar de la circuncisión de Cristo, «no hecha por mano que mutila el cuerpo carnal», Pablo se dirige sin duda también a los judeocristianos, algunos de los cuales insistían constantemente en que se debía circuncidar a los gentiles que habían abrazado la fe. Esta influencia también resultaba confusa para las comunidades nacientes, pues «la gracia y la verdad vinieron por Jesucristo» (Jn 1, 17) y lo importante era que todos vivieran en la gracia del Señor.
Pablo vuelve a dejarlo claro:
«Así pues, que nadie os critique por la comida o bebida o por cuestión de fiestas, novilunios o sábados, que son una sombra de lo que tenía que venir, a saber, la realidad del cuerpo de Cristo. Que nadie os quite el premio haciendo alarde de humildad y de culto a los ángeles, ensimismado a causa de sus visiones, inflado vanamente por su inteligencia carnal, y sin mantenerse unido a la cabeza, de la cual todo el cuerpo, alimentado y trabado por medio de articulaciones y junturas, crece con el crecimiento de Dios. Si habéis muerto con Cristo a los elementos del mundo, ¿por qué os sujetáis a sus decretos como si aún vivierais en el mundo? ‘¡No toques, no pruebes, ni siquiera mires!’ Todo eso acaba en la corrupción a base de usarlo según los preceptos y enseñanzas de los hombres. Tales cosas tienen una apariencia de sabiduría por su religiosidad afectada, su aparente humildad y su rigor con el cuerpo, pero no valen sino para la satisfacción de la carne» (Col 2,16-23).
Dada la importancia de identificar las falsas doctrinas y afrontarlas correctamente, retomaré el tema en la meditación de mañana.
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Meditación sobre la lectura del día:
