«Yo seré para vosotros Padre, y vosotros seréis para mí hijos e hijas, dice el Señor Todopoderoso»(2Cor 6,18).
En el Mensaje a la Madre Eugenia Ravasio, Dios Padre nos recuerda estas palabras del Nuevo Testamento: «Os he revestido con el verdadero espíritu de la nueva Ley». Con ello alude a la nueva alianza que ha sellado con los suyos a través de su Hijo: «Porque la Ley fue dada por Moisés; la gracia y la verdad vinieron por Jesucristo» (Jn 1,17).
De acuerdo con las palabras del Padre, todos los hombres han sido elevados a la dignidad de hijos de Dios. Ahora depende de nosotros corresponder a esta dignidad que hemos recibido mediante el santo bautismo y vivir como verdaderos hijos de Dios. Sabemos que eso significa servir a Dios con todo nuestro corazón y acudir a Él con arrepentimiento cada vez que hemos fallado.
Nuestro Padre celestial llama nuestra atención sobre otro aspecto más: quiere que nos dirijamos a Él como un Padre amoroso y que confiemos en Él como hijos. Porque solo así alcanzaremos la verdadera «libertad de los hijos de Dios» (Rom 8,21).
¿Por qué es este el requisito? Solo Dios mismo puede liberarnos de todo aquello que mantiene cautiva a nuestra alma. Solo cuando nuestro Padre ocupa el primer lugar en nuestra existencia y vivimos con profunda confianza en Él, todo en nuestra vida se ordena según sus designios. En efecto, muchas ataduras surgen por no establecer la verdadera jerarquía de valores en nuestra vida, cuando los placeres de este mundo ocupan demasiado espacio y, por ello, no somos capaces de saborear la verdadera libertad.
Por tanto, el llamamiento a vivir como hijos e hijas del Padre divino va de la mano con el llamamiento a la verdadera libertad, de la que brota, a su vez, la verdadera felicidad.
