EL AMOR DE DIOS ABARCA A TODOS LOS HOMBRES

«Así como el sol brilla sobre todos los árboles y las flores, como si cada uno fuera el único en la Tierra, así Dios cuida de cada alma de una manera especial» (Santa Teresita del Niño Jesús).

Con la comparación de Santa Teresita, podemos entenderlo muy bien. El amor de nuestro Padre se extiende a todos los hombres y quiere guiar a cada uno de ellos hacia su Reino. Nadie está excluido de ese amor, ni el justo ni el pecador. La diferencia estriba en si lo acogemos y empezamos a vivir en él o si le cerramos nuestro corazón.

Y así es en realidad: Dios ama a cada persona de forma singular y cuida de ella como si fuera la única en el mundo. Eso es posible para Él porque Él mismo es amor. Nuestro Padre no tiene límites en sí mismo y, por eso, su amor nunca se agota. A quien está alejado de Él, lo llama para que vuelva y así colmarlo de bendiciones. A quien ya vive en comunión con Él, le enseña a crecer en su amor.

«Vuestro Padre que está en los cielos hace salir su sol sobre buenos y malos, y hace llover sobre justos y pecadores» (Mt 5,45).

Dios colma de beneficios a todos los hombres. Precisamente en ello se manifiesta su amor que todo lo abarca. Todos estamos llamados a vivir en él y a cumplir así la tarea encomendada a cada persona en su peregrinación hacia la eternidad. Los más pobres de la Tierra son aquellos que no conocen a nuestro Padre ni su amor, a pesar de que este los envuelve constantemente. Por eso, el Hijo de Dios viene al mundo y nos dice:

«Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida» (Jn 8,12).

¡El sol de lo alto nos ha visitado para iluminar a toda la humanidad (cf. Lc 1,78-79)!