NEGARSE A SÍ MISMO

«Te aseguro que la victoria consiste en vencerte a ti mismo. Ese es el mayor enemigo» (San Pablo de la Cruz).

Hoy volvemos a escuchar una frase de san Pablo de la Cruz. ¡Cuán valiosas son las frases de los santos! A menudo brotan de una comunión muy íntima con Dios. A veces son palabras que el mismo Señor les ha inspirado y, otras veces, son el fruto de un largo camino espiritual. En cualquier caso, son joyas que deberíamos atesorar.

La frase de hoy nos revela quién es nuestro mayor enemigo. No son ni el diablo ni el mundo con todas sus seducciones y tentaciones. No, somos nosotros mismos, con nuestras malas inclinaciones y esos hábitos de los que no queremos desprendernos tan rápidamente. En otras palabras, el amor propio es nuestro mayor enemigo. Es tenaz y está profundamente arraigado. A menudo se esconde y no lo identificamos lo suficiente. Tendremos que luchar contra el amor propio hasta el final de nuestros días. Es, por así decirlo, nuestro compañero inseparable, nuestro «amante secreto» que se acaba imponiendo una y otra vez. Por desgracia, esto sigue siendo así incluso cuando ya hemos emprendido el camino del seguimiento del Señor y sabemos que debemos poner en práctica la exhortación de Jesús a negarnos a nosotros mismos (cf. Mt 16,24).

Se trata de una lucha realmente tenaz que hay que librar día tras día, no con actitud tensa y apretando los dientes, sino con perseverancia, siendo conscientes de que, por lo general, será un largo camino. Para ello, hace falta un sincero conocimiento de uno mismo. Debemos estar dispuestos a descubrir cómo nuestra naturaleza nos tiende trampas y a percibir cómo el amor propio siempre intenta eludir los pasos necesarios para el crecimiento espiritual. ¡Cuántas excusas y justificaciones tiene siempre a la mano! ¡Y algunas suenan sumamente razonables!

Entonces, ¿qué hemos de hacer? Debemos pedirle al Espíritu Santo su luz para conocernos a nosotros mismos y esforzarnos de verdad por superar el amor propio, pues éste obstaculiza el amor a Dios y al prójimo.

¡Esta lucha agradará a nuestro Padre y, con su gracia, saldremos victoriosos!