«El Espíritu Santo no se dirige a un alma distraída y charlatana. Habla a través de sus suaves inspiraciones a un alma recogida y capaz de guardar silencio» (Santa Faustina Kowalska).
¿Es de extrañar lo que nos dice santa Faustina en la frase de hoy?
¡De ningún modo!
En efecto, ¿cómo podría el Espíritu Santo dirigirse a nosotros si ni siquiera estamos dispuestos a escuchar? Es inconcebible que recurra a la fuerza para frenar nuestra charlatanería y dispersión. En ambos casos, se trata de actitudes contrarias al seguimiento de Cristo. Incluso a nivel humano, sabemos que es difícil comunicarnos con personas que no quieren escuchar. ¡Cuánto más se aplica esto al Espíritu Santo, que desea transmitirnos palabras divinas destinadas a amonestar, moldear y fortalecer el alma!
Las palabras de la religiosa polaca deben servirnos de recordatorio para sustraernos, en la medida de lo posible, de la charlatanería y los diversos mecanismos de dispersión de este mundo. Estos no hacen más que reforzar nuestra tendencia a la superficialidad.
Las cosas cambian cuando empezamos a buscar el silencio. Puede que nos lleve un tiempo y esfuerzo superar el desasosiego de nuestro espíritu y refrenar nuestra «locuacidad interior». Sin embargo, es un proceso importante para disponer nuestra alma a la escucha. Si lo emprendemos, ya estamos siguiendo las mociones del Espíritu Santo.
Nuestra alma descubrirá el buen sabor del silencio y se volverá más capaz de acoger y comprender al «dulce huésped del alma». Poco a poco, nos iremos adentrando más profundamente en ese silencio. Tomamos conciencia de cómo el exceso de palabras limita la obra del Espíritu Santo en nuestro interior y empezamos a hablar menos para aprender a escuchar mejor. Ese sería ya un gran avance para convertirnos en hijos que escuchan y obedecen al Padre celestial.
