Conclusión de la Epístola

Fil 4,4-9.11-13

Alegraos siempre en el Señor; os lo repito, alegraos. Que vuestra comprensión sea patente a todos los hombres. El Señor está cerca. No os preocupéis por nada; al contrario: en toda oración y súplica, presentad a Dios vuestras peticiones con acción de gracias. Y la paz de Dios que supera todo entendimiento custodiará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús. Por lo demás, hermanos, cuanto hay de verdadero, de honorable, de justo, de íntegro, de amable y de encomiable; todo lo que sea virtuoso y digno de alabanza, tenedlo en estima. Lo que aprendisteis y recibisteis, lo que oísteis y visteis en mí, ponedlo por obra; y el Dios de la paz estará con vosotros. 

He aprendido a contentarme con lo que tengo: he aprendido a vivir en la pobreza, he aprendido a vivir en la abundancia, estoy acostumbrado a todo en todo lugar, a la hartura y a la escasez, a la riqueza y a la pobreza. Todo lo puedo en Aquel que me conforta.

Con la meditación de hoy, nos despedimos de la «Carta de la alegría», como también se conoce a la Epístola de San Pablo a los Filipenses. Precisamente este último pasaje comienza con la exhortación del Apóstol a alegrarse en el Señor. De hecho, lo repite dos veces y añade la palabra «siempre».

En las últimas meditaciones, hemos escuchado de la propia pluma de san Pablo cuál es la razón de su alegría y regocijo a pesar de que su situación exterior pueda, sin duda alguna, considerarse difícil. Pablo está preso y aún no sabe cómo acabará el juicio. En su primer viaje misionero sufrió muchas persecuciones y rechazos. A nivel objetivo, todo eso no parece ser motivo de alegría. Pero es importante comprender la perspectiva desde la que él ve las cosas.

Hemos hablado sobre la prioridad que marca su vida. El Apóstol quiere anunciar el Evangelio por encargo de Jesús y fortalecer a los fieles que le han sido confiados para que no decaigan en el seguimiento del Señor. Si se cumplen estas dos metas, entonces Pablo tiene motivo de gran alegría y las circunstancias adversas no tienen mayor importancia. Incluso las acoge de buen grado si sirven a la difusión del Evangelio. Se trata de una actitud espiritual muy madura por parte del Apóstol de los Gentiles. Hemos escuchado que, si pudiera elegir, San Pablo estaría dispuesto a quedarse más tiempo en la tierra para seguir apoyando a la comunidad, a pesar de que tiene el profundo deseo de partir hacia la eternidad y estar para siempre con el Señor.

La causa de la inquebrantable alegría del Apóstol es Dios mismo. Ha despertado en él un amor profundo y sacrificado. Su vida pertenece a Cristo, cuyo amor arde en él y le impulsa a anunciar su Reino. Cristo se ha convertido en su vida.

San Pablo quiere que la comunidad de Filipos también conozca esta alegría y viva siempre en ella. Con la mirada puesta en el Señor y con la firme convicción de que Dios se servirá de todas las circunstancias para el bien de los que le aman y para su gloria, esta alegría puede crecer día a día. Es la alegría en Dios y por causa de Dios.

Tras incluir algunos saludos personales en su carta, Pablo la concluye con una serie de exhortaciones provechosas para todos. Estrechamente ligada a la alegría está el llamado a la despreocupación. Cuando surge de la unión íntima con Dios, se convierte cada vez más en fuente de alegría, porque se experimenta y se descubre con creciente intensidad cuánto se preocupa Dios por los suyos. La gratitud por la amorosa Providencia del Padre Celestial genera una seguridad interior que llena el alma de alegría. La vida adquiere una mayor ligereza, el alma puede centrarse más en lo esencial y todo el estado interior de la persona se vuelve más sereno.

Esto debe ir acompañado de la oración confiada a Dios, mediante la cual le entregamos todo lo que llevamos en nuestro interior y todas las circunstancias de nuestra vida. Así, entra y permanece en el corazón la paz que procede de Dios. Esta paz interior, a su vez, nos convierte en instrumentos de paz para nuestro entorno, ya que se trata de la paz que el mundo no puede dar (Jn 14,27). Es la paz que brota de la unión con Dios la que nos mantiene anclados a Él.

A continuación, el Apóstol exhorta a aspirar a las virtudes y a desplegar en nuestra vida aquellos valores que dan testimonio de Dios y son indicios de su presencia para las personas, además de que pueden resultar sanadores. En efecto, ¿a quién no le conmovería la bondad de una persona en cuyas palabras y en cuyo ser se reconozca sinceridad y rectitud?

Estas instrucciones de san Pablo cobran aún más importancia si las consideramos en el contexto de la misión que se le había confiado. Cuando las circunstancias apenas permiten anunciar el Evangelio, siempre nos queda la evangelización a través del testimonio de vida. Si interiorizamos y ponemos en práctica los valores que se derivan de nuestra fe, Dios puede llegar a las personas también de esta manera cuando ya no sea posible el anuncio de palabra.

Por último, el apóstol recuerda una vez más a la comunidad que deben imitar su ejemplo y señala que, con la gracia de Dios, ha aprendido a contentarse con cualquier situación. También aquí podemos hablar de la serenidad en Dios, que siempre se sabe sostenida por Él, incluso en las tribulaciones.

No solo la comunidad de Filipos debe imitar este ejemplo, sino que también nosotros, siglos más tarde, aún tenemos que aprenderlo. Gracias al Señor, las cartas de san Pablo nos han sido transmitidas. Así, las instrucciones que dio en ese entonces a una comunidad cristiana concreta siguen teniendo importancia hoy para todas las personas que quieran seguir a Jesús con todo el corazón. Y no solo contamos con sus palabras, sino también con el testimonio de una vida santa del Apóstol de los Gentiles, a quien tanto debemos.

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Meditación sobre la lectura del día: https://es.elijamission.net/el-antiguo-testamento-a-luz-de-la-nueva-alianza/

Meditación sobre el evangelio del día: https://es.elijamission.net/despreocupacion-en-el-amor-de-dios-2/

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