MARTES DE LA OCTAVA DE PASCUA: “Soy yo, ¡no temáis!”

«La paz esté con vosotros (…).  ¿Por qué os asustáis? (…) Soy yo mismo» (Lc 24,36.38-39).

Así se dirigió el Señor Resucitado a sus discípulos cuando se apareció en medio de ellos. Estos aún no acababan de creerlo y estaban llenos de espanto y miedo (Lc 24,37). ¿Quién era aquel que les hablaba? Aún no se les habían abierto los ojos; no podían reconocer al Resucitado.

¿Era acaso un espíritu? No, ¡era el Señor! Era el mismo con quien habían estado de camino y a quien habían seguido durante tres años, con quien habían comido y bebido; aquel que había realizado milagros ante sus ojos y los había instruido con la plenitud de la sabiduría. Sin embargo, ahora no podían reconocerlo. ¿Sería acaso un fantasma?

—¡No, amados discípulos del Señor! Lo que veis no es un espíritu ni una quimera; tampoco una amenaza ni una artimaña del diablo. ¡No, no! ¡Es el Señor! Escuchad lo que os dice:

«¿Por qué os asustáis, y por qué admitís esos pensamientos en vuestros corazones? Mirad mis manos y mis pies: soy yo mismo. Palpadme y comprended que un espíritu no tiene carne ni huesos como veis que yo tengo» (Lc 24,38-39).

Ahora podéis convenceros e incluso tocarlo: ¡Es Él!

La alegría y el asombro invadieron entonces a los apóstoles; aun así, no acababan de creerlo (v. 41). La nueva realidad aún no había calado en ellos, a pesar de que veían al Señor frente a ellos y se les daba a conocer. El encuentro con el Resucitado superaba su capacidad; era demasiado elevado. Aún necesitaban recorrer un camino; todavía no podían abarcarlo…

Pero el Señor sabía cómo manifestarse de tal forma que pudieran reconocerlo; así como se había dado a conocer a María Magdalena llamándola por su nombre (Jn 20,16). Así, comió delante de ellos (v. 43) y les explicó las Escrituras para que comprendieran que en Él todo había llegado a su cumplimiento (vv. 44-47).

De este modo, el Señor dedicó tiempo a sus discípulos antes de ascender al cielo a la vista de ellos. Debía prepararlos para su misión y aún tenía mucho que decirles. La fe en la Resurrección de Jesús debía anunciarse sin lugar a dudas a toda la humanidad y ellos, los apóstoles, aquellos sencillos pescadores del lago de Tiberíades, habían de ser los testigos oculares de ese milagro sin igual.

Amados discípulos del Señor resucitado, escuchamos atentamente vuestro anuncio y creemos en vuestro testimonio. Jesús os había elegido y había cumplido todo cuanto os había predicho. Para nosotros, los hombres, no siempre es fácil captar realidades tan elevadas, pero el Espíritu Santo nos instruye.

Y Tú, amado Señor, cuya Resurrección celebramos con júbilo en estos días, tienes paciencia también con nosotros, como la tuviste con tus apóstoles. Haz que la fe se arraigue profundamente en nosotros. Si hoy en día algunos teólogos quieren hacernos creer que solo se trata de un simbolismo que debe interpretarse en sentido figurado, instrúyeles desde el principio. Que se sienten a tus pies para escuchar tus palabras y el testimonio de tus discípulos. Entonces entenderán que el Señor resucitado no era en absoluto un espíritu.

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Meditación sobre la lectura del día: https://es.elijamission.net/autenticas-conversiones/

Meditación sobre el evangelio del día: https://es.elijamission.net/evangelio-de-san-juan-jn-2011-18-el-resucitado-se-aparece-a-maria-magdalena/

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