La lectura de hoy (Jon 3,1-10) es motivo de gran alegría en nuestro itinerario cuaresmal. Toda una ciudad, junto con su rey, se toma en serio la advertencia del profeta Jonás. ¡Así que también hay situaciones en las que las personas se convierten de sus malos caminos! En efecto, los ninivitas hicieron penitencia cuando el rey mandó pregonar:
«“Por mandato del rey y de sus grandes, que hombres y bestias, ganado mayor y menor, no prueben bocado ni pasten ni beban agua. Que se cubran de sayal y clamen a Dios con fuerza; que cada uno se convierta de su mala conducta y de la violencia que hay en sus manos. ¡Quién sabe! Quizás vuelva Dios y se arrepienta, se vuelva del ardor de su cólera, y no perezcamos”. Vio Dios lo que hacían, cómo se convirtieron de su mala conducta, y se arrepintió Dios del mal que había determinado hacerles, y no lo hizo» (vv. 7-10).
¿Cómo se lo tomarían hoy en día? ¿Podemos imaginarnos que surgiera un profeta advirtiendo de una catástrofe inminente y que, efectivamente, consiguiera que una nación, una ciudad, un pueblo o, al menos, una parroquia católica se convirtiera en su totalidad? ¿Cómo se actuaría hoy en día con un profeta así? Ciertamente, sería ridiculizado por completo, y eso por mencionar la forma más leve de rechazo. Probablemente se le trataría como a alguien que advierte de un incendio inminente, pero al que luego se le culpa de ello.
Por lo general, los profetas no solían gozar de reconocimiento entre la gente. A menudo, tenían que anunciar lo que disgustaba a Dios de su actuar, señalar los pecados que perturbaban su relación con Él y anunciar el camino hacia una sincera conversión.
La reacción de los ninivitas fue totalmente distinta, lo que nos muestra que las cosas pueden terminar de otra manera. Al final de la historia de Jonás, Dios le da una lección para que también él se convierta más profundamente y comprenda mejor la bondad divina.
En efecto, las advertencias proféticas no son gestos de amenaza destinados a infundir terror en las personas. Por el contrario, son absolutamente necesarias, ya que ponen de manifiesto las consecuencias de obrar mal. Sería una irresponsabilidad no señalarlo por respetos humanos. Supongamos que sabemos de un sendero letal, en el que se han colocado minas y trampas ocultas, pero no alertamos a quienes están a punto de emprenderlo por temor a su reacción.
Así de difícil lo tienen los verdaderos profetas. Y, en su caso, no solo reconocen los peligros desde su propio punto de vista, sino que reciben el encargo del Señor de advertir sobre ellos. Dios quiere preservar a los hombres de la desgracia, pero, si éstos no están dispuestos a escuchar, tendrá que recurrir al último remedio haciéndoles sentir las consecuencias de sus malos caminos.
Vuelvo a plantear la pregunta: ¿cómo se toman hoy en día tales advertencias? Algunas nos llegan incluso desde las más altas instancias. En diversas apariciones, la Virgen María ha transmitido serias advertencias. Una de las más significativas es la de Fátima (Portugal), donde se apareció a tres pastorcitos y les transmitió un mensaje. Cada uno puede leerlo en detalle y constatar que, por desgracia, se cumplió lo que la Virgen había advertido: que Rusia difundiría sus errores (refiriéndose al comunismo) si no se recurría suficientemente a los antídotos que ella recomendaba. Evidentemente, así fue, porque hasta el día de hoy muchas partes del mundo sufren bajo el comunismo y, sobre todo, las personas siguen en peligro de adoptar su ideología errónea.
Al igual que en Nínive, el sentido decisivo de toda verdadera profecía es hacer que los hombres se vuelvan a Dios. Además, aprendemos que podemos ofrecer nuestro propio camino de conversión al Señor en representación de los demás, intercediendo por ellos ante Dios.
En el evangelio de hoy (Jn 7,32-39), Jesús nos invita a beber del agua de la vida para convertirnos también en testigos de la verdadera fuente. Algunos de sus oyentes se inclinaban a creer en el Señor. La invitación que pronunció públicamente en el día más solemne de la fiesta conmovió a las personas. Les habló de los ríos de agua viva que brotarían del interior de quienes creyeran en Él. Era una predicción sobre el Espíritu que vendría cuando las personas creyeran en el Hijo de Dios.
Lo mismo sucede hasta el día de hoy: cuando el Padre celestial nos atrae para que reconozcamos a Jesús como Señor y creamos en Él, el Espíritu de Dios se derrama sobre nosotros y quiere modelar toda nuestra vida según la voluntad divina. Nosotros mismos nos convertimos en testigos de este proceso y, en la medida en que nos dejamos transformar por Él, el Espíritu Santo también puede actuar a través de nosotros y llegar a otras personas.
Escuchar al Señor es la sabiduría suprema. Cuando Él habla, nunca hace falta cuestionarnos si se trata de un mensaje auténtico o si quien habla es realmente un profeta. Si prestamos mucha atención, nos daremos cuenta de que Jesús ya hablaba a través de Jonás para llamar a los hombres a la conversión, y se manifestaba en cada profeta que llamaba a los hombres a volver a Dios. Todos ellos lo prefiguraron y lo hicieron presente. Pero en el Monte Tabor, el Padre Celestial nos señala específicamente a su Hijo: «Este es mi Hijo amado: escuchadle» (Mt 17,5). ¡De eso se trata!
La flor de la meditación de hoy es escuchar a los verdaderos profetas que hablan en Nombre de Jesús y, sobre todo, escucharle a Él.
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Meditación sobre la lectura del día: https://es.elijamission.net/la-historia-de-susana-2/
Meditación sobre el evangelio del día: https://es.elijamission.net/el-que-este-sin-pecado-que-tire-la-primera-piedra/

