El vigésimo noveno día de nuestro itinerario cuaresmal nos invita a reflexionar sobre el pueblo de la Antigua Alianza, del que procede nuestro Señor según la carne y los apóstoles. Hasta el día de hoy no han reconocido al Mesías. En consecuencia, hay judíos que siguen esperando su advenimiento, mientras que otros ven cumplida la promesa mesiánica en el Estado de Israel o corren el peligro de seguir a falsos mesías, si es que la religión aún tiene importancia para ellos.
Como pueblo de la Nueva Alianza, deberíamos llevar siempre en el corazón y en nuestras oraciones la intención de que, después de tanto tiempo, los judíos reconozcan finalmente al Mesías, que no es otro que Jesucristo, el Hijo de Dios.
En la lectura de hoy, escuchamos la profecía de que Dios reunirá a su pueblo de entre todas las naciones, lo devolverá a su tierra, lo purificará de todas sus inmundicias y le dará un corazón nuevo (Ez 36,23-28).
El contexto de estas palabras es que, como los israelitas no vivían en su tierra según el agrado de Dios, Él los dispersó entre las naciones.
«Los de la casa de Israel que habitaban en su tierra la contaminaron con su conducta y sus obras (…). Entonces derramé mi furor sobre ellos por la sangre que habían vertido en su tierra y por las inmundicias con las que la habían contaminado. Los dispersé entre las naciones y fueron esparcidos por los países. Los juzgué según su conducta y sus obras» (Ez 36,17-19).
Sin embargo, su estancia en tierra extranjera no había provocado que las otras naciones reconocieran la gloria del Señor a través del testimonio de los israelitas. Por eso, Él declara: «Yo santificaré mi gran nombre, profanado entre las naciones por vosotros. Y las naciones sabrán que yo soy el Señor, cuando yo, por medio de vosotros, manifieste mi santidad a la vista de ellos» (v. 23).
En realidad, Dios había elegido a Israel para que diera testimonio de Él como su pueblo elegido. Pero para ser capaces de ello, los israelitas debían ser purificados de sus impurezas y de la idolatría, y recibir un corazón nuevo.
«Os rociaré con agua pura y quedaréis purificados; de todas vuestras inmundicias e idolatrías os purificaré. Os daré un corazón nuevo, infundiré en vosotros un espíritu nuevo, quitaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne. Infundiré mi espíritu en vosotros y haré que os conduzcáis según mis preceptos, y que observéis y practiquéis mis normas. Habitaréis la tierra que di a vuestros padres. Vosotros seréis mi pueblo y yo seré vuestro Dios» (vv. 25-28).
Así pues, los judíos que se habían desviado del camino necesitaban un corazón nuevo y un espíritu nuevo, dispuestos a seguir gustosamente los preceptos de Dios. En pocas palabras, precisaban una verdadera transformación interior. Lo mismo sucede con nosotros, los cristianos, que hemos reconocido al Mesías y le seguimos. Como pueblo de Dios, como pueblo de la Nueva Alianza, estamos llamados a dar testimonio ante todas las naciones para que reconozcan que, como declaraba san Justino Mártir, «nosotros, los cristianos, somos el verdadero Israel que brota de Cristo».
En nosotros debe hacerse realidad lo que no se ha cumplido hasta ahora en el pueblo de la Antigua Alianza, según lo que Dios había proyectado, a excepción del santo remanente que reconoció a Jesús como el Señor. Ahora, nuestro ejemplo debe atraer a los judíos que aún carecen del conocimiento del Mesías y, por tanto, de su gracia.
Pero, ¿cómo lograrlo? En primer lugar, nunca debe omitirse la auténtica proclamación del Evangelio. En este sentido, por desgracia, la Iglesia ha emprendido un rumbo erróneo en la actualidad. En lugar de pedir al Espíritu Santo que nos muestre los caminos más apropiados para anunciar el Evangelio de forma convincente al Pueblo de la Antigua Alianza, muchos sectores de la Iglesia y su jerarquía han renunciado a predicarles a Cristo. Se está extendiendo una concepción errónea y funesta según la cual los judíos tendrían su propio camino de salvación al margen de Jesucristo. Sin embargo, esto contradice flagrantemente la Sagrada Escritura y la misión de la Iglesia.
Por otro lado, es esencial que el auténtico anuncio del Evangelio, además de transmitir el contenido doctrinal correcto, esté respaldado por nuestro testimonio de vida. Si el mensaje que transmitimos se cimenta en el camino de la santidad, el Evangelio podrá tocar más fácilmente los corazones de las personas, como veíamos en la meditación del 16 de marzo referente a la historia de san Abraham de Edesa (https://es.elijamission.net/dia-27-san-abraham-y-su-sobrina-santa-maria/). Al principio, los paganos se mostraron totalmente reacios a los intentos de evangelización y todos los misioneros que habían intentado convertirlos no habían logrado conquistar sus corazones para el Señor. Sin embargo, el comportamiento de san Abraham, que les resultaba incomprensible y asombroso, terminó abriendo las puertas para que pudieran asimilar las palabras de la verdad y convertirse.
Pensemos en la gran preocupación de san Pablo por los judíos, el pueblo de la Antigua Alianza, y en cómo ardía en él el deseo de que sus «hermanos según la carne» reconocieran al Señor (Rom 9,1-5). Esta debería ser también una preocupación ardiente para todos nosotros, que nos impulse a suplicar al Señor que sane su ceguera, del mismo modo que Jesús devolvió la vista al ciego de nacimiento en el evangelio de hoy (Jn 9,1-38). En efecto, como atestigua san Pablo, «lo que Israel busca no lo consiguió, mientras que los elegidos lo consiguieron; los demás, en cambio, se endurecieron, conforme está escrito: “Les dio Dios espíritu de necedad, ojos para no ver y oídos para no oír”, hasta el día de hoy» (Rom 11,7-8).
Por tanto, urge la iluminación de Israel, que sería una gran gracia para toda la humanidad, tal y como subraya san Pablo: «Porque si su reprobación es reconciliación del mundo, ¿qué será su restauración sino una vida que surge de entre los muertos?» (Rom 11,15).
¡Que nuestro ferviente seguimiento de Cristo sirva de testimonio para el pueblo de la Antigua Alianza y para todas las demás naciones, para que reconozcan a Aquel que es el camino, la verdad y la vida (Jn 14,6)!
La flor que queremos recoger de la meditación de hoy es un auténtico testimonio del pueblo de la Nueva Alianza para el de la Antigua Alianza.
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Meditación sobre la lectura del día: https://es.elijamission.net/el-tiempo-de-gracia-2/
Meditación sobre el evangelio del día: https://es.elijamission.net/jesus-glorifica-al-padre/

