Los textos bíblicos de hoy nos confrontan de manera muy concreta con los abismos del corazón humano y con la maldad que puede brotar de él. En la primera lectura, escuchamos una parte de la historia de José y sus hermanos (Gen 37,6-22). Estos se dieron cuenta de que su padre, Jacob, amaba a José más que a sus otros hijos. Fue él quien había informado a Jacob de las maldades que sus hermanos cometían mientras pastoreaban las ovejas (v. 2). Estos “llegaron a aborrecerle hasta el punto de no poder ni siquiera saludarle” (v. 4).
Sus corazones se oscurecieron cada vez más y, cuando José les contó inocentemente dos sueños proféticos que sugerían que un día todos ellos se inclinarían ante él, su envidia creció aún más. Cuando se les presentó una oportunidad propicia, decidieron matarlo. Solo Rubén, el hermano mayor, quiso salvarlo y devolverlo a su padre. Logró convencerlos de que, en lugar de derramar su sangre, lo arrojaran a un pozo vacío (v. 22).
En la meditación de ayer, basándonos en la lectura del profeta Jeremías, ya habíamos reflexionado sobre lo retorcido de nuestro corazón (Jer 17,9) y recordado la afirmación del Señor de que todo lo malo sale del corazón del hombre (Mt 15,19). Hoy se nos presenta el ejemplo concreto de la familia de Jacob. Sus hijos ni siquiera tuvieron reparos en derramar la sangre de su propio hermano. En efecto, el fratricidio se remonta a Caín y Abel, y se repite una y otra vez a lo largo de la historia humana. No es que el hombre solo odie a sus enemigos, sino que su corazón puede estar tan corrompido que quiera hacer daño a su propio hermano (y con esto nos referimos a las personas que le son especialmente cercanas).
Todas estas reflexiones cobran una actualidad particular cuando vemos cómo tantas personas, sin haberlo deseado ni estar de acuerdo, de repente se ven involucradas en operaciones bélicas y tienen que morir. Ni siquiera en una sociedad supuestamente civilizada se han extinguido las guerras, con el inconmensurable sufrimiento que conllevan. Debido a los avances tecnológicos, incluso pueden «poner en llamas» a toda la Tierra.
Por tanto, el mal debe ser erradicado de raíz, es decir, el corazón humano necesita ser transformado. Si no, seguirá sucumbiendo a sus malas inclinaciones. Lo vemos en los hermanos de José. Como sugieren los versículos previos a la lectura de hoy, ya habían cometido maldades antes y no podían soportar que su padre prefiriera a José, que era menor que ellos. La envidia, que degeneró en odio, oscureció sus corazones. En lugar de contrarrestar tales sentimientos, se dejaron llevar por sus malas inclinaciones hasta el punto de planear el asesinato de su hermano. ¡Cuántas veces sucede así! ¡Cuántas veces el detonante de los malos actos son los celos, la envidia, la avaricia, la ambición de poder y todas las maldades que, como señala Jesús, brotan de nuestro corazón: los vicios desenfrenados y no superados!
Aunque sepamos que, por la gracia y providencia de Dios, la historia de José y sus hermanos tomó un giro tan maravilloso que incluso pudo salvar a la familia de la hambruna y producirse la reconciliación, sigue consternándonos el hecho de que los hombres seamos capaces de hacer el mal y, lamentablemente, a menudo lo hacemos.
Si nos fijamos en el evangelio de hoy (Mt 21,33-46), en el que Jesús relata la parábola de los viñadores homicidas, volvemos a encontrarnos con la maldad en acción, manifestada en las inclinaciones malas y desenfrenadas del corazón.
Entendemos a qué se refiere el Señor a través de la parábola. Dios nos encomienda su viña para que produzca frutos que perduren para la vida eterna. Sin embargo, aquellos a quienes se la arrendó comenzaron a actuar como si fueran los propietarios, y no simples labradores. Cuando llegó el tiempo de la vendimia, el dueño de la viña envió mensajeros para que recogieran los frutos, pero los maltrataron y mataron. Hicieron lo mismo con los siguientes mensajeros y, finalmente, también con el hijo, es decir, el heredero de la propiedad.
El evangelio termina señalando que, “al oír los príncipes de los sacerdotes y los fariseos sus parábolas, comprendieron que se refería a ellos. Y, aunque querían prenderlo, tuvieron miedo a la multitud, porque lo tenían por profeta» (Mt 21, 45-46).
Sabemos cómo continuó la historia y, hasta el día de hoy, deploramos profundamente cómo trataron al Hijo de Dios cuando vino a su propiedad.
Como la conversión del corazón es tan importante, me gustaría dedicar las meditaciones de los próximos días a una pequeña serie sobre este tema, dentro de nuestro itinerario cuaresmal. En efecto, si bien no está en nuestro poder convertir a las otras personas, sí podemos, con la ayuda de Dios, trabajar en la conversión de nuestro propio corazón. Entonces, el Señor podrá llenarlo más con su presencia y convertirlo en portador de su amor hacia las personas. Por tanto, la conversión de nuestro corazón sería una verdadera contribución a la paz en un mundo plagado de guerras e injusticias.
Por eso, como flor de la meditación de hoy, imploremos a Dios que nos conceda un corazón nuevo.
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Meditación sobre el evangelio del día: https://es.elijamission.net/jesus-es-la-piedra-angular/

