Vencer el orgullo y la soberbia

1Cor 1,26-31 (Lectura correspondiente a la memoria de Santa Águeda)

Considerad, hermanos, vuestra vocación; porque no hay entre vosotros muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles; sino que Dios escogió la necedad del mundo para confundir a los sabios, y Dios eligió la flaqueza del mundo para confundir a los fuertes; escogió Dios a lo vil, a lo despreciable del mundo, a lo que no es nada, para destruir lo que es, de manera que ningún mortal pueda gloriarse ante Dios. De Él os viene que estéis en Cristo Jesús, a quien Dios hizo para nosotros sabiduría, justicia, santificación y redención, para que, como está escrito: “El que se gloría, que se gloríe en el Señor”.

Los criterios según los cuales Dios elige pueden ser muy diferentes de lo que imaginamos. Nosotros tendemos a fijarnos en el exterior de las personas, y nos gusta admirar sus cualidades extraordinarias. ¡Pero en el Reino de Dios las cosas son distintas! El Señor ve el corazón de las personas, y frecuentemente manifiesta su gloria en aquellos que son débiles a los ojos del mundo; en aquellos que aparentemente “no son nadie” o que están escondidos para el mundo.

Si meditamos la lectura de hoy, podremos darnos cuenta de que Dios quiere preservarnos del orgullo, que impide el despliegue de la gracia, porque está centrado sólo en la propia persona.

Para seguir a Cristo y avanzar espiritualmente, es fundamental que percibamos el orgullo y la soberbia en nuestro interior, aun en sus más sutiles manifestaciones. De ello dependerá en gran medida si correspondemos a la gracia de Dios; o si, por el contrario, la frenamos notablemente o incluso nos convertimos en un obstáculo para ella. Muchas veces no nos damos cuenta de nuestra soberbia, porque no estamos acostumbrados a examinar nuestro interior. O tal vez la notamos recién en el momento en que sentimos que ya se cierra nuestro corazón, cuando nos volvemos agresivos, cuando hablamos mal sobre los demás y hacemos comentarios despectivos sobre ellos… ¡Ojalá al menos entonces percibamos la soberbia, para tomar las medidas necesarias!

Pero hay que estar conscientes de que ésta tiene raíces muy profundas. Empieza a obrar cuando cedemos a nuestros pensamientos de vanidad; cuando nos comparamos con otras personas para salir ganando; cuando buscamos las alabanzas de los demás y disfrutamos cuando las recibimos; cuando queremos atraer las miradas y estar en el centro de atención; cuando nos creemos mejores por nuestra formación, por nuestras capacidades, por nuestra belleza, por la familia, la nacionalidad o la profesión; por un cargo espiritual; por nuestra religiosidad, etc… en lugar de agradecer a Dios y darle a Él la gloria.

En pocas palabras: cada vez que nos miramos a nosotros mismos y buscamos nuestra propia honra, ya está trabajando la soberbia. De hecho, el orgullo siempre encontrará una puerta abierta cuando nuestra mirada no esté enfocada en el Señor y no busquemos conscientemente su gloria en todo lo que hacemos, sea lo que fuere. Cuando esto sucede, la mirada se posa sobre nosotros mismos, y entonces nos quedamos atrapados en nuestro propio ‘yo’, y aceptamos gustosamente la atención de las otras personas.

La soberbia es realmente un mal, y está tan arraigada que frecuentemente no la notamos siquiera. Hay un refrán árabe que dice: “Es más fácil reconocer un escarabajo negro sobre una piedra negra en una noche negra, que detectar el orgullo en el propio corazón.”

Y el problema está en que uno es demasiado orgulloso como para querer descubrir el orgullo que tiene en el corazón. Es como si hubiéramos colocado un guardia a la entrada, para rechazar cualquier intento que podría llevarnos a un conocimiento de nosotros mismos a este respecto.

Por eso, es comprensible que los padres espirituales le den una importancia tan grande al tema de la soberbia, invitándonos con insistencia a entrar en la escuela de la humildad.

La lectura de hoy nos muestra con claridad la importancia de que el hombre no se gloríe ante Dios. Es profundamente paradójico que abusemos de los maravillosos dones que hemos recibido de Él –ya sean naturales o sobrenaturales­– para edificar con ellos nuestro honor y nuestra imagen ante los demás.

Es propio de nuestra naturaleza caída querer poseer un falso valor ante los demás y ante nosotros mismos. Lamentablemente solemos buscar ese valor en el lugar equivocado, pues nunca el hombre es tan grande como cuando adora a Dios; nunca está más colmado de la gracia divina que cuando se esfuerza por tener un corazón puro y trata de vencer su orgullo; nunca puede ser más valioso para los demás que cuando les sirve en el Señor, sin buscar nada para sí mismo.

Al mencionar estos tres aspectos de la verdadera grandeza del hombre, ya hemos insinuado algunos de los remedios para crecer en la humildad: adorar a Dios y darle la gloria en todo; purificar el corazón y permitir que Dios lo purifique; escuchar al Espíritu Santo y practicar las obras de caridad con el prójimo.

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