Un elogio a Elías y Eliseo

Eclo 48,1-15

Entonces surgió el profeta Elías como un fuego, su palabra quemaba como antorcha. Él atrajo sobre ellos el hambre y con su celo los diezmó. Por la palabra del Señor cerró los cielos, e hizo también caer fuego tres veces. ¡Qué glorioso fuiste, Elías, con tus portentos!, ¿quién puede vanagloriarse de ser como tú? Tú que despertaste a un cadáver de la muerte y del abismo, por la palabra del Altísimo; que hiciste caer a reyes en la ruina, y a hombres insignes fuera de su lecho; oíste en el Sinaí la reprensión, y en el Horeb los decretos de castigo; ungiste reyes para tomar venganza, y profetas para ser tus sucesores; en torbellino de fuego fuiste arrebatado, en carro de caballos ígneos; fuiste designado en los reproches futuros, para calmar la ira antes que estallara, para hacer volver el corazón de los padres a los hijos, y restablecer las tribus de Jacob. 

Felices aquellos que te vieron y que se durmieron en el amor, que nosotros también viviremos sin duda. Cuando Elías en el torbellino quedó envuelto, Eliseo se llenó de su espíritu. En sus días no fue zarandeado por príncipe, y no pudo dominarle nadie. Nada era imposible para él, hasta en el sueño de la muerte profetizó su cuerpo. Durante su vida hizo prodigios, y después de su muerte fueron admirables sus obras. Con todo esto, el pueblo no se arrepintió, ni de sus pecados se apartaron, hasta que fueron deportados de la tierra y esparcidos por el mundo entero. Sólo quedó un pueblo reducido, con un príncipe de la casa de David. Algunos de ellos hicieron lo agradable a Dios, pero otros multiplicaron los pecados. 

¡Una vez más resuena el elogio de los dos grandes profetas que Dios concedió al pueblo de Israel!

Aunque muchas veces el mensaje de los profetas parezca ser una amenaza para aquellos que andan por otros caminos, en realidad su llamado a la conversión, frecuentemente acompañado por la advertencia de las consecuencias que acarrea el mal actuar, no es más que un acto de bondad de parte de Dios. ¡Cuánta responsabilidad sería ver que una persona está atrayendo sobre sí la desgracia, por sus caminos errados, y no advertírselo!

Los dos profetas, Elías y Eliseo, cumplieron su encargo y anunciaron la verdad. Pero la lectura de hoy se lamenta de que el pueblo no se convirtió a pesar de haber visto las obras llenas de poder que ellos realizaban. ¡Qué tragedia! Aquí podemos ver los abismos más profundos del alma humana.

Una y otra vez surge el cuestionamiento: ¿Por qué hay personas que siguen andando por el camino equivocado, a pesar de haber recibido advertencias y sido instruidos, no sólo por las palabras de los profetas, sino también por personas cercanas o por su propia consciencia?

¡Nos topamos aquí con un abismo casi inexplicable de cerrazón y dureza en el corazón humano!

La vida en el pecado le roba al hombre su libertad, y lo convierte en esclavo del pecado. En esta subyugación, la persona se somete a la ley del pecado y así se adentra cada vez más en los dominios del Príncipe de este mundo. El entendimiento, que de por sí ya está afectado por el pecado original, se oscurece más y más; la voluntad se debilita progresivamente; la luz sobrenatural de Dios no puede ya penetrar en el alma. Distintas formas de soberbia se extienden en ella, haciéndola indiferente y resistente a las voces de advertencia de los profetas. Algo similar sucede también con el error, pues éste ciega igualmente al hombre, aunque no implique todo el peso de la culpa.

Se trata de un estado casi sin remedio, y he aquí la razón por la cual el hombre no abandona sus rumbos equivocados. Si no fuera por la paciencia y la misericordia de Dios, que jamás cesa de luchar por el hombre confundido, entonces, desde la perspectiva humana, sería en vano seguir anunciándoles a aquellos que no escuchan.

Pero, cuando nuestras posibilidades se hayan agotado y no veamos ya ninguna forma de tocar a aquellos por los que nos preocupamos, entonces nos queda la oración y la confianza en Dios, de las cuales Él se vale. De hecho, Él conoce caminos para llegar a los corazones de los hombres que nosotros desconocemos, y su amor no reposará hasta haberlos encontrado y abrazado en su amor paternal.

Hasta nuestros días escuchamos una y otra vez sobre impresionantes conversiones. Son personas que, por gracia de Dios, reconocen el sendero recto y abandonan los caminos de la confusión y del pecado, aunque sea tarde y a veces después de haber atravesado una gran necesidad. La lectura de hoy también nos dice que en Judá quedó un pequeño resto que hacía lo que agradaba a Dios. Entonces, gracias a Dios, sí existen ejemplos de conversión, y éstos son un verdadero milagro. Por eso jamás debemos decaer en nuestros esfuerzos por ayudar a que otras personas se encuentren con el Señor, aunque todo parezca en vano.

Hoy, en un tiempo en que el espíritu anticristiano se manifiesta cada vez más notoriamente en el mundo y se ha adentrado incluso en la Iglesia, nosotros, los cristianos, necesitamos la valentía de estos dos profetas, para dar testimonio intrépido de la verdad, aun si en un primer momento no veamos los frutos y los poderes de las tinieblas actúen como si tuviesen todo el dominio.

La indiferencia que podamos encontrar hemos de contrarrestar con la perseverancia y firmeza de la fe; la tentación del desánimo, con el afianzamiento en la virtud teologal de la esperanza; los respetos humanos, con el espíritu de fortaleza.

El ejemplo de Elías y Eliseo ha de servirnos como estímulo, para que, en la gracia de Dios, cumplamos la misión que nos ha sido encomendada, y para que permanezcamos fieles a Él aun en tiempos difíciles de persecución.

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