La devoción de los cinco primeros sábados

Siguiendo el calendario tradicional, hoy, 3 de febrero, se puede escoger entre celebrar la memoria de San Blas o el primer sábado del mes para reparar los pecados contra el Inmaculado Corazón de María. En esta ocasión, quisiera tematizar la así llamada “devoción de los cinco primeros sábados”. Escucharemos, pues, el evangelio correspondiente:

Jn 19,25-27

Estaban junto a la cruz de Jesús su madre y la hermana de su madre, María de Cleofás, y María Magdalena. Jesús, viendo a su madre y al discípulo a quien amaba, que estaba allí, le dijo a su madre: “Mujer, aquí tienes a tu hijo”. Después le dice al discípulo: “Aquí tienes a tu madre”. Y desde aquel momento el discípulo la recibió en su casa.

La debida veneración a la Santísima Virgen es muy importante para los fieles. En sus apariciones, Ella misma nos recuerda una y otra vez lo esencial de la fe y nos ofrece ayuda para contrarrestar lo que la pone en peligro.

Después de la Segunda Guerra Mundial, en la Fiesta de la Inmaculada Concepción, el Papa Pío XII consagró la humanidad entera al Inmaculado Corazón de la Santísima Virgen María. Bajo el símbolo del Corazón de María, la Iglesia venera la santidad única de su alma y, sobre todo, su ardiente amor a Dios.

A través de diversas devociones, se nos invita a refugiarnos en el Corazón de la Madre de Dios y a consagrarnos a él. Esto adquiere su mayor sentido cuando recordamos que el corazón es la “sede del amor”. Si le decimos a alguien: “Mi corazón te pertenece”, le estamos dando a entender que lo amamos. Si podemos decirle a Dios que Él es el dueño de nuestro corazón, entonces lo amamos como Él lo desea y lo ha establecido ya en el primer mandamiento. Si todos los hombres cumplirían esta exigencia del amor y de la justicia hacia Dios, habría verdadera paz en la tierra y el mal no podría subsistir.

Sin embargo, en el Antiguo Testamento nuestro Padre se lamenta muchas veces de que el corazón de su pueblo se apartó de Él (cf. p.ej. Is 29,13). Cuando esto sucede, trae como consecuencia también todo aquello que nos separa del prójimo, todo lo que nos hunde cada vez más en la desgracia.

Nuestro Padre Celestial preservó a la Virgen María del pecado original, en vista de la Encarnación de su Hijo en su seno y por la salvación de la humanidad. Ella debía ser la “nueva Eva”, que no sucumbiera a la tentación del demonio, sino que cumpliera plenamente la Voluntad de Dios y fuese incluida en su plan de salvación. María respondió al llamado de Dios con toda su entrega, y dio a luz al Salvador de la humanidad, nuestro Señor Jesucristo: verdadero Dios y verdadero hombre.

La Madre de Jesús, que fue al mismo tiempo su discípula, siguió a su Hijo hasta el pie de la Cruz. Su amor nunca desfalleció, e incluso en aquellas horas difíciles, cuando su Hijo entregó su vida por los hombres, Ella dio su “sí” a la Voluntad de Dios. Como escuchamos hoy en el evangelio, el Señor la convirtió en Madre de los fieles.

Gracias a sus significativas apariciones a lo largo de la historia, sabemos que la Virgen María sigue ocupándose de lo que concierne a los hombres. Una de estas apariciones, que ha dejado huella en la vida de la Iglesia, tuvo lugar en Fátima en 1917. Los acontecimientos están bien documentados. Por eso, sólo subrayaré algunos puntos.

Sor Lucía, una de los 3 videntes, recuerda que en la sexta aparición la Virgen les dijo: “Que no se ofenda más a Dios, Nuestro Señor, que ya es muy ofendido.”

En la cuarta aparición, el 19 de agosto de 1917, dijo: “Orad, orad mucho y haced sacrificios por los pecadores.Son muchas almas que van al infierno porque no hay quien se sacrifique y ruegue por ellas.”

En la tercera aparición, el 13 de julio de 1917, la Virgen preguntó lo siguiente a los pastorcitos: “¿Queréis ofreceros a Dios para soportar todos los sufrimientos que Él quisiera enviaros, en acto de desagravio por los pecados con que es ofendido y de súplica por la conversión de los pecadores?”

Durante esta aparición, Nuestra Señora permitió que los niños vieran el infierno, lo que les impulsó a rezar aún más para que las almas no se condenen.

La piedad católica propone actos concretos para cumplir el llamado de la Virgen a orar y sacrificarse por aquellos que ofenden a Dios con sus pecados. El Santo Rosario hace parte de ello. Aquí debe tenerse en cuenta la noción de la “reparación”. Cada pecado es una ofensa al amor de Dios, y los fieles que están conscientes de esto y se preocupan por la salvación eterna de los pecadores, le ofrecen su amor al Señor en reparación por aquellos que no lo aman. Unen sus sacrificios y fatigas al sacrificio de Cristo en la Cruz para expiar los pecados de la humanidad. En este espíritu debe entenderse la “devoción de los cinco primeros sábados”, que la Virgen misma pidió.

Esta devoción consiste en que cada primer sábado de mes, durante cinco meses seguidos, se realicen diversos actos de piedad con la intención de reparar los pecados contra el Inmaculado Corazón de María. Los actos de piedad cada primer sábado de mes son: confesarse, comulgar, rezar el Rosario completo y hacerle compañía a María al menos quince minutos, meditando los quince misterios del Rosario.

El Señor le habría explicado a una de las videntes que el número de los cinco sábados se debe a que “hay cinco tipos de ofensas y blasfemias pronunciadas contra el Inmaculado Corazón de María”:

  1. La blasfemia contra su Inmaculada Concepción;
  2. contra su virginidad perpetua;
  3. contra su maternidad divina, rehusando recibirla como Madre de la humanidad.
  4. La ofensa de los que procuran infundir en los corazones de los niños la indiferencia, el desprecio y hasta el odio hacia la Madre Inmaculada.
  5. Finalmente, los que la insultan directamente en sus sagradas imágenes.

Podemos concluir que toda ofensa a la Virgen María es también una ofensa a Dios. Al hacer reparación al Inmaculado Corazón de María, hacemos reparación al mismo tiempo a Nuestro Señor. Sólo puedo aconsejar a todos los que me escuchan que estudien el mensaje de Fátima e incluyan en su piedad la noción de la reparación (desagravio). Sería una gran obra de amor a Dios y al prójimo, y podrían salvarse innumerables almas.

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