El combate en lo que hablamos

En la meditación de hoy, continuamos con el tema que habíamos iniciado ayer, en la memoria de San Antonio Abad. Volvamos a escuchar las palabras de este padre del desierto, para seguir describiendo el combate que los cristianos estamos llamados a librar:

“El que está sentado en el desierto y procura tener el corazón calmado, ha quedado a salvo de tres combates: el de la escucha, el del habla y el de la vista. Sólo le queda un combate por librar: la lucha contra la impureza.”

Ayer habíamos reflexionado acerca de la escucha; hoy meditaremos sobre el combate en el hablar. San Antonio, estando en el desierto, aprendió a callar. Pero, conforme a sus palabras, también cultivaba una calma en el corazón, con lo cual se refiere a un recogimiento interior, una paz que va creciendo conforme vivamos en un diálogo confiado con Dios y nos enfoquemos totalmente en Él.

El hablar:

En nosotros, que no vivimos en el desierto y por doquier estamos confrontados a un río de palabras, todavía no se ha apaciguado ese exceso en el hablar. El primer cuestionamiento que debemos plantearnos es si por lo menos estamos conscientes de que podemos fallar cuando hablamos.

La Sagrada Escritura describe este problema con mucha precisión:

“Un cualquiera dirá cualquier cosa, el hombre sensato pesa sus palabras. El interior del tonto está todo en su boca; la boca del sabio es también parte de su interior”. (Sir 21,25-26)

Y así nos advierte el Apóstol Santiago en su carta:

“Si alguno no peca de palabra, ése es un hombre perfecto, capaz también de refrenar todo su cuerpo. Si ponemos frenos en la boca a los caballos para que nos obedezcan, dirigimos todo su cuerpo. Mirad también las naves: aunque sean tan grandes y las empujen vientos fuertes, un pequeño timón las dirige adonde quiere la voluntad del piloto. Del mismo modo, la lengua es un miembro pequeño, pero va presumiendo de grandes cosas. ¡Mirad qué poco fuego basta para quemar un gran bosque! Así también la lengua es un fuego, un mundo de iniquidad; es ella, de entre nuestros miembros, la que contamina todo el cuerpo y, encendida por el infierno, inflama el curso de nuestra vida desde el nacimiento. Ningún hombre es capaz de domar su lengua. Es un mal siempre inquieto y está llena de veneno mortífero. Con ella bendecimos a quien es Señor y Padre, y con ella maldecimos a los hombres, hechos a semejanza de Dios. De la misma boca salen la bendición y la maldición. Esto, hermanos míos, no debe ser así”. (St 3,2-6.8-10)

Podríamos seguir citando muchos otros pasajes; pero, si somos sinceros, podremos reconocer con cuánta ligereza decimos palabras inapropiadas y cuántas veces hablamos mal de los demás. ¡Esta actitud no podría resistir al examen del amor y de la verdad! Pero no son solamente las palabras malvadas las que disturban la paz y han sido “encendidas por el infierno”. También el exceso de palabras inútiles banaliza el ambiente y mantiene  al hombre atado a las insignificancias de este mundo:

“A más palabras, más vanidades. ¿Qué provecho saca el hombre?” (Ecl 6,11)

¡Fijémonos, por ejemplo, cómo las palabrerías en la Iglesia disturban el recogimiento y ahuyentan el espíritu de oración!

Tenemos que aprender a refrenar nuestras palabras, y no soltar todo lo que tengamos en la lengua, sin antes haber reflexionado y orado. Difícilmente podrá crecer y profundizarse nuestra vida espiritual, si no aprendemos a callar. La palabra debe edificar y consolar a la otra persona. Para que eso suceda, debe proceder de lo profundo, allí donde puede ser formada por el Espíritu del Señor.

Para percibir nuestras habladurías innecesarias, tendremos que prestar mucha atención, pues estamos acostumbrados a hablar mucho y no rendimos cuentas sobre cómo nos exponemos en nuestro exceso de palabras inútiles.

Y, ¿qué provecho saca el demonio de todo ello? Bueno, él siempre procura que el hombre permanezca en la esfera superficial de la vida, que no busque el silencio y no aprenda a refrenarse interiormente. En estas circunstancias, el cristiano se vuelve menos peligroso para él, porque su fe apenas experimentará una profundización y su oración no se fortalecerá.

Recordemos que San Antonio libró los grandes combates contra los demonios precisamente estando en el desierto. Allí donde el ruido no nos disturba sin parar; allí donde la lengua calla y el hombre se adentra en sí mismo; allí donde los ojos se apartan de lo que alimenta su concupiscencia; allí donde la oración constante se va haciendo hábito… ¡Allí es donde se libran los grandes combates, pues el demonio va perdiendo terreno y desaparecen sus aliados, de los cuales puede servirse y detrás de los cuales esconderse!

¡La victoria será del Señor! Y si nosotros aprendemos a refrenar nuestra lengua, estaremos mejor equipados para los combates espirituales, porque incrementará nuestra vigilancia y nuestra boca podrá pronunciar más fácilmente palabras de amor y de consuelo.

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