«¡Cuán dichoso y sabio es el hombre que se esfuerza por vivir tal y como desea ser hallado en la hora de su muerte!» (Tomás de Kempis).
¿Quién no querría estar preparado cuando llegue la hora de su muerte? ¿Quién no desearía poder decirle al Señor que se esforzó por cumplir su voluntad y poder confiar en que, por misericordia de Dios, será acogido en el Reino de su paz? Sin duda, toda persona de fe.
En la frase de hoy, Tomás de Kempis nos sugiere un ejercicio muy importante de cara a la muerte. Debemos tenerla presente e integrarla conscientemente en nuestra vida como aquella hora hacia la que avanzamos ineludiblemente. El salmista implora: «Enséñanos a calcular nuestros años, para que adquiramos un corazón sensato» (Sal 89,12).
Al pensar conscientemente en la muerte, despertaremos a lo esencial de nuestra existencia. «Aprovechad bien el tiempo presente, porque corren días malos» (Ef 5,16), nos exhorta el apóstol san Pablo.
Sin embargo, por muy importante que esto sea y por mucho que requiera nuestra constante y sincera conversión, no debemos velar solo por nuestra propia vida para que no se descarrile. Adquiriremos aún más sabiduría si tenemos en vista todo lo que podemos llevar con nosotros en la hora de nuestra muerte como ofrenda a Dios si hemos intentado vivir para la gloria de nuestro Señor. Desde esta perspectiva, incluso podemos esperar con alegría la hora del encuentro con nuestro Padre celestial.
Entonces, nos veremos sostenidos sobre las alas de la piedad y Dios se valdrá de todas las circunstancias de nuestra vida para prepararnos para el encuentro con Él. ¡Ojalá nos halle como obreros fieles en su viña! Entonces, Dios mismo será nuestra recompensa: la comunión eterna con Él en la gloria del cielo.
