“VERDADERA VIDA”

«Cada palabra que sale de la boca de mi hijo es vida eterna» (Palabra interior).

Fueron los Padres del Desierto quienes nos enseñaron que hay que rumiar la Palabra de Dios, es decir, repetirla una y otra vez. En ella encontraron el alimento adecuado para su vida espiritual.

Pensemos en la Virgen María, de quien el Evangelio dice que conservaba en su corazón cada palabra que su Hijo Jesús le dirigía (cf. Lc 2,19). O pensemos en la historia de san Antonio Abad, que se dejó tocar por estas palabras de Jesús que escuchó en un sermón: «Anda, vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres (…). Luego, ven y sígueme» (Mc 10,21).

Recordemos también a san Agustín, quien, en una situación concreta, escuchó una voz que le instaba a abrir las Sagradas Escrituras. La palabra del Señor le conmovió de tal manera que le llevó a una conversión total.

Encontraremos incontables testimonios de cómo la Palabra de Dios transformó la vida de una persona. En efecto, su Palabra es tan potente que basta una sola para obrar el gran milagro de la conversión en alguien.

«Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme», exclaman los fieles —incluso tres veces en la Misa Tradicional— antes de recibir la sagrada comunión. ¡Una palabra tuya!

«Todo se hizo por ella [la Palabra] y sin ella no se hizo nada de cuanto existe. En ella estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres» (Jn 1,3-4).

Es el Señor mismo quien se nos revela en su Palabra y Él es la vida eterna.

El autor de esta meditación nunca podrá olvidar las palabras del Señor: «Aquel de vosotros que esté sin pecado, que arroje la primera piedra» (Jn 8,7). Así pues, las piedras que ya hemos recogido deben volver a caer al suelo, pues ¿quién está libre de culpa? Y Aquel que en verdad estaba libre de culpa no arrojó piedras, sino que entregó su vida para reconciliar a los hombres con Dios.