«Dios entra a habitar en un alma cuando ésta no sólo medita en su amor, sino que también trabaja en él día y noche» (Santa Brígida de Suecia).
No basta con contemplar, admirar y alabar el amor de Dios, sino que también hay que ponerlo en práctica día tras día mediante las obras de caridad. Estas implican las obras externas, pero también el trabajo constante en nuestro propio corazón, a fin de superar, con la gracia de Dios, todo aquello que impide el despliegue del verdadero amor. Esta es la voluntad de nuestro Padre, tal y como lo deja claro Santa Brígida.
Es el Espíritu Santo quien ejerce su amoroso dominio sobre nuestro corazón y nos impulsa a ambos aspectos: a sumergirnos en el infinito amor de Dios y a practicar, bajo su guía, las obras de caridad, tanto corporales como espirituales.
Entonces, nuestro Padre se deleitará en habitar en nosotros y se encargará de que su casa resplandezca con una luz cada vez más brillante y más fina, pues su amor lo transforma todo en nuestro interior. Hará crecer los verdaderos frutos en el árbol de nuestra vida: «Los frutos del Espíritu son amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, modestia, dominio de sí» (Gal 5,22-23).
Al contemplar cada uno de estos frutos, constataremos rápidamente lo semejantes que nos hacen a la manera de ser y actuar del mismo Señor. Así, nos convertiremos en instrumentos del amor de Dios. Este amor nos impulsará a aprovechar el tiempo de nuestra vida terrena para trabajar día y noche en su viña.
Cuánto le agradaría a nuestro Padre Celestial que su amor se manifestara en nuestro servicio a su Reino, tal y como lo expresa santa Brígida en estas palabras: «¿Qué es Dios sino vida y dulzura, luz resplandeciente, bondad imperecedera, justicia que juzga y misericordia que sana?».
