“RESULTADOS MÍNIMOS”

«Mis queridos hijos, desde hace ya veinte siglos os he colmado de estos bienes con gracias especiales, ¡pero el resultado es mínimo!» (Mensaje de Dios Padre a Sor Eugenia Ravasio).

En el contexto previo a esta afirmación, nuestro Padre se refiere como «gracias especiales» a los siete sacramentos y, en particular, a la cruz de Jesús, pues «es la Sangre de mi Hijo, que a cada instante se derrama sobre vosotros, ya sea a través del sacramento de la penitencia o en el Santo Sacrificio de la Misa, siempre y cuando vosotros queráis recibirla».

El resultado de los esfuerzos de Dios sigue siendo muy escaso.

¿Acaso la situación actual es mejor que hace cien años, cuando nuestro Padre dictó estas palabras a sor Eugenia Ravasio? Por desgracia, debemos suponer que incluso ha empeorado. Si no cerramos los ojos a la realidad, constataremos rápidamente que en casi todas partes se está produciendo un alejamiento de la fe y de su práctica concreta, proceso que se ha acelerado aún más en las décadas posteriores al Concilio Vaticano II. El modernismo se ha infiltrado incluso en la Iglesia y debilita la fe, deformándola a veces hasta el punto de hacerla irreconocible.

Nuestro divino Padre, en cambio, no se cansa de manifestarse a los hombres y de llamarlos para que vuelvan a Él. Tampoco omite señalar las consecuencias que traerá consigo el rechazo de su oferta de amor. En las siguientes palabras, podemos percibir el dolor de su corazón de Padre: «¡Cuántas criaturas mías, que por medio de mi Hijo se habían convertido en hijos de mi amor, rápidamente volvieron a precipitarse al abismo eterno! En verdad no habían conocido mi infinita bondad. ¡Yo os amo tanto!».

¿Cuál debe ser nuestra respuesta a esta lamentación paternal?                        La respuesta es evidente. No debemos dejar pasar los «bienes» y las «gracias especiales» con los que Dios quiere colmarnos, sino aprovecharlos y anunciar a los hombres cuán buen Padre tienen. Todos deben reconocer lo amados que son y dejarse encontrar por la infinita bondad de Dios. ¡Eso podrá abrirles los ojos!