San Pedro Claver: apóstol de los esclavos africanos

Si queremos conocer qué clase de obras heroicas puede llevar a cabo una persona impulsada por la gracia de Dios, basta con profundizar en la vida de los santos. Una y otra vez descubriremos que el amor de Dios los hizo capaces de amar de una manera que supera con creces nuestra capacidad humana.

Nos encontramos con un fuego de amor a Dios y al prójimo que sigue ardiendo hasta hoy y que permanece vivo en la memoria de la Iglesia. Aquellas personas que, en su lucha por la santidad, han ardido tanto como el santo que celebramos hoy, siempre están dispuestas a ayudarnos a recorrer nuestro camino de seguimiento de Cristo de la mejor manera posible. Su fervor y su espíritu de sacrificio, que a veces pueden hacernos sentir avergonzados, llaman a la puerta de nuestro corazón y nos llevan a cuestionarnos si estamos dispuestos a imitar lo suficiente al Señor para convertirnos nosotros mismos en testigos de su amor inefable, cada uno según la vocación que Dios le ha confiado.

San Pedro Claver nació en 1581 en Verdú (Cataluña), en el seno de una familia de alta nobleza y profunda piedad. Era un joven muy dotado y estudió con gran distinción con los jesuitas en Barcelona. En 1602 ingresó en la Compañía de Jesús. Con el consentimiento de sus superiores, partió como misionero hacia América en 1610 y desembarcó en Cartagena, una ciudad de Colombia que en aquel entonces contaba con más de 200 000 habitantes. La divina providencia le había conducido hasta allí para convertirlo en el ángel de la guarda de los esclavos africanos que eran traídos en barco a este puerto para ser vendidos.

Tras completar sus estudios de Teología y recibir la ordenación sacerdotal, comenzó su labor, que resultó ser indescriptiblemente ardua y dolorosa. Tan pronto como atracaba un barco cargado de esclavos, amordazados con cadenas y extenuados por la suciedad y la miseria, el rostro de Pedro Claver, por lo general pálido y delgado, se iluminaba con una expresión de amabilidad y bondad. Con un saco a cuestas en el que llevaba pan, fruta, tabaco, vino y otros productos que había mendigado de puerta en puerta, se apresuraba hacia el barco para llevar alivio a aquellos pobres esclavos, para apaciguar su ira por el largo tormento que habían sufrido y para ganarse su confianza. Entonces pedía que le llevaran donde los enfermos para brindarles consuelo espiritual y corporal y ocuparse de su futuro sustento. Tras este primer saludo, acompañaba a los que aún podían caminar hasta sus barracas, espacios oscuros y húmedos en los que no había ni un banco, ni una mesa, ni un jergón de paja, sino solo tierra desnuda.

En estas barracas se encerraba sin distinción a hombres y mujeres, jóvenes y ancianos, casi sin ropa. Se les servía su escasa comida en vajillas grandes y sucias y se les mantenía allí hasta que pudieran ser vendidos en el mercado. La suciedad, el hedor, el calor, los gritos de ira de unos y los gemidos de otros, las enfermedades y las úlceras convertían estas barracas en un infierno terrible. En promedio, cada año desembarcaban y eran vendidos en Cartagena 12 000 esclavos.

Durante el breve período que transcurría desde que desembarcaban hasta que eran vendidos, Pedro acudía a diario a las barracas, las limpiaba y consolaba a los esclavos con la ternura de una madre. Mendigaba ropa y alimentos para ellos, les instruía en la santa fe y rezaba con ellos. Les enseñaba a hacerse la señal de la cruz y a rezar el «Padre Nuestro» y el «Ave María». Con conmovedora sencillez, les hablaba de la bondad del Creador todopoderoso, de la misericordia del Redentor crucificado por nuestra causa y del amor del Espíritu Santo. Los preparaba para recibir el santo bautismo, que luego él mismo les administraba con la mayor solemnidad posible. Durante cuarenta años, Pedro Claver llevó a cabo esta labor titánica cada vez que atracaba una nueva nave cargada de esclavos africanos. Y siempre lo hacía con un amor ardiente y un espíritu de sacrificio cada vez más perfecto. A cambio, los esclavos, llenos de gratitud, le honraban y le amaban con un afecto y una obediencia indescriptibles. Cuando tenían que abandonar Cartagena, su despedida conmovía a menudo a los espectadores hasta las lágrimas.

Dado que la ciudad tenía un clima insalubre, el número de enfermos era siempre muy elevado. El santo cuidaba especialmente de aquellos que padecían las enfermedades más repugnantes. Su incansable servicio a los esclavos también implicaba hacer penitencia por ellos, flagelándose cuando se encontraba con la miseria espiritual de aquellos que habían sido confiados a su cuidado.

Sostenido por una profunda piedad, supo afrontar toda la miseria con la que se topaba. Siempre que caminaba solo, iba sumergido en la oración. Pasó muchas noches en oración ante el sagrario y, a menudo, su rostro se veía envuelto por un resplandor luminoso y experimentaba éxtasis que le permitían vislumbrar el cielo.

Pedro Claver no solo tuvo que sobrellevar la miseria de los esclavos para brindarles consuelo, sino que también tuvo que soportar las hostilidades de los traficantes de esclavos. El hagiógrafo relata lo siguiente:

«Los traficantes de esclavos solían insultarlo, empujarlo y echarlo por la puerta. Pedro lo soportaba todo en silencio y apaciguaba a los enfurecidos con súplicas hasta que le volvían a permitir el acceso a los esclavos. Lo difamaban y lo amenazaban de muerte, pero él no tenía miedo. A menudo era calumniado ante sus superiores, que desconfiaban de él por tantas cosas extraordinarias, con acusaciones de que corrompía a los esclavos, de que los bautizaba dos veces, etc. Por ello, durante un tiempo le prohibieron por completo administrar los santos sacramentos. Fácilmente habría podido defenderse, pero no pronunció una sola palabra y solo derramaba su angustia ante el buen Jesús en el sagrario».

Durante la peste que causó estragos en 1650, san Pedro trabajó con un esfuerzo sobrehumano en los puestos más arriesgados hasta que él mismo se contagió. La enfermedad no le causó la muerte, pero le dejó paralizado hasta el punto de que ya no podía caminar, celebrar la Santa Misa ni comer. Sin embargo, no descansó. Cada día pedía que le llevaran a la iglesia para asistir a la Santa Misa y, en su celda, seguía escuchando numerosas confesiones.

En 1654 entregó su vida tan fecunda a las manos del Padre Celestial. Permaneció fiel a su vocación hasta el final y, en él, nuestro Señor nos concedió un faro resplandeciente, un testimonio radiante del amor a Dios y al prójimo.

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Meditación sobre la lectura del día: https://es.elijamission.net/el-tiempo-apremia-4/

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