«¡Qué maravilloso debe de ser el cielo para que Dios lleve a cabo una purificación tan minuciosa de las almas antes de admitirlas!» (Santa Catalina de Siena).
Estas palabras proceden de Santa Catalina de Siena, que sin duda lo sabe bien, pues vivía profundamente unida al Señor y fue proclamada Doctora de la Iglesia.
Con esta frase alude a la purificación necesaria antes de la muerte, con la mirada puesta en la eternidad. Debemos estar completamente purificados para poder entrar en la gloria del Cielo. Ningún rastro de la suciedad del pecado ni de sus consecuencias puede encontrar cabida en el Reino del Amor Eterno.
No pocas veces sucede que las personas que quieren seguir al Señor temen estos procesos de purificación. Quizá tampoco estén conscientes de que es una gran gracia y una muestra del amor de Dios atravesar estas purificaciones en la Tierra, destinadas a allanar y acelerar el camino hacia la eternidad. Las purificaciones consisten en que el amor divino remueve todo obstáculo para que amemos a Dios por encima de cualquier otra cosa. Aunque esto pueda resultar doloroso, dado que nuestra capacidad de amar a menudo sigue estando apegada de forma desordenada a nosotros mismos o a las criaturas (tal y como expresan los místicos), cada purificación es un gran remedio y un regalo con vistas a la comunión eterna con Dios y los santos.
La purificación minuciosa y dolorosa del alma es, por tanto, un gran acto de amor por parte de Dios, una muestra de su amor solícito y previsor. Por tanto, podemos dejar atrás todo temor ante las purificaciones, pues nuestro Padre las llevará a cabo de tal manera que podamos soportarlas y cooperar, ya sea de forma activa o pasiva. ¡Esa es la parte que se nos pide!
Con vistas al cielo, queda claro: allí se encuentran las almas ya purificadas, iluminadas y unidas a nuestro Padre. ¡Allí nos están esperando!
