«No aprecia el vigor de los caballos, no estima los músculos del hombre: el Señor aprecia a sus fieles, que confían en su misericordia» (Sal 146,10-11).
No son las capacidades naturales del hombre las que deleitan a nuestro Padre, aunque en el mundo se las suele admirar e incluso idealizar. Estas no son más que herramientas y su verdadero valor depende únicamente del fin para el que se empleen. ¿De qué sirve una gran inteligencia a los ojos del Señor si no se la utiliza para el bien? Una y otra vez, el hombre se ve tentado a derivar su valor de cosas que no son más que añadiduras en su vida y que no constituyen lo esencial. Esta tentación puede incluso presentarse en el ámbito eclesiástico, de modo que se adoptan criterios mundanos en lugar de medir con los criterios divinos que la Sagrada Escritura nos transmite claramente. La frase de hoy es un buen ejemplo.
Nuestro Padre se complace en un corazón sencillo y humilde que le busca, que confía en Él y desea servirle. Para ello no se necesitan grandes talentos externos. Si Dios nos ha bendecido con muchos bienes y dones naturales, estos no tienen por qué afectar a la sencillez de nuestro corazón. Si los contemplamos con realismo a la luz del Señor, constataremos que todos proceden de Él, aunque nosotros hayamos cooperado en su despliegue, para lo cual, nuevamente, Dios nos ha dado la capacidad. Nuestra tarea consiste simplemente en ponerlos al servicio de Dios y del prójimo.
Nuestra esencia sigue siendo el enfoque interior en el amor de nuestro Padre. De él vivimos. Al percibirlo día tras día con gratitud y al honrar a nuestro Padre, podemos ser causa de alegría para Él.
