«Una hora de paciencia vale más que varios días de ayuno» (San Juan María Vianney).
¿Por qué será tan valiosa la paciencia, hasta el punto de que el Santo Cura de Ars —que, por cierto, llevaba una vida extremadamente ascética— la apreciara tanto?
En cierto modo, la paciencia consiste en refrenar todo nuestro ser, tanto la mente como los sentimientos. No se la debe confundir con una cierta inercia o incapacidad para tomar decisiones. Más bien, se trata de aprender a esperar el momento oportuno. Así, la paciencia se convierte en una obra del Espíritu y brota del amor, tal y como vemos sobre todo en nuestro Padre celestial. ¡Cuántas veces tiene paciencia con nosotros y con toda la humanidad! Esa paciencia brota de su incomparable amor, con el que quiere atraer hacia sí a sus criaturas.
El ayuno es una práctica ascética magnífica e importante, que refrena nuestros sentidos y puede convertirse en un arma fundamental para el combate espiritual, precisamente para luchar contra los poderes de las tinieblas. No se pretende restarle valor y el santo que nos ha legado la frase de hoy se guardaría de menospreciarlo. Practicar el ayuno por causa de Dios es un acto de amor y responsabilidad.
Sin embargo, es un ejercicio de valor limitado, mientras que la paciencia es un elevado arte del espíritu. Está relacionada con la longanimidad y también con la clemencia que nuestro Padre celestial tiene para con nosotros, débiles seres humanos. Tanto el dominio de sí mismo como la mansedumbre adornan a la paciencia con su belleza.
«¡La paciencia todo lo alcanza!». El sentido más profundo de estas palabras se nos revela cuando se trata de esperar en Dios. Podemos entrenarnos en la paciencia refrenando nuestro ímpetu inquieto, prestando atención a no hablar en exceso y sin reflexionar sobre nuestras palabras antes de pronunciarlas, y aprendiendo a esperar al Señor y al momento oportuno.
