«Inicio de la sabiduría es el temor del Señor; tienen buen juicio los que lo practican» (Sal 110,10).
Entendemos el temor de Dios como el primero de los siete dones del Espíritu Santo. Cuando lo ponemos en práctica, nuestra vida adquiere una orientación clara e inequívoca. Examinamos nuestras acciones en presencia de Dios y nos preguntamos si podrían ofender a nuestro Padre celestial. Así se produce el gran giro en nuestra vida y el Espíritu Santo puede desplegar luminosamente su obra sanadora en nuestra alma. Al principio, este don puede ir acompañado de un santo temor por no cometer ni lo más mínimo que pudiera desagradar a Dios. También permanece muy vivo el recuerdo de las consecuencias que pueden sobrevenirnos si nos desviamos de su camino.
Con el paso del tiempo, esta «tensión» inicial da paso a una relación de amor más natural, propiciada por el don de la piedad. Nos esforzamos aún más por hacer lo que agrada a nuestro Padre y esta aspiración nos llena.
Sin embargo, el don del temor de Dios siempre nos servirá para no volvernos ligeros o imprudentes en nuestra relación con el Padre celestial y nos corregirá cuando no estemos lo suficientemente vigilantes y nos sintamos demasiado seguros. En su sabiduría, nuestro Padre nos concede el Espíritu Santo para que modele nuestra vida interior según su voluntad. Él sabe muy bien con qué facilidad nos desviamos del camino recto. Por eso no deja de instruirnos con el espíritu del temor de Dios, para que nuestro camino espiritual se mantenga sano y cualquier tipo de falsa seguridad o soberbia sean corregidos.
