«Un hombre que controla sus pasiones es amo de su mundo. O las dominamos, o nos esclavizan. Es mejor ser martillo que yunque» (Santo Domingo de Guzmán).
Esta frase de Santo Domingo de Guzmán supone un gran desafío en el camino de seguimiento de Cristo. Nos recuerda que estamos inmersos en un combate que nadie puede eludir. Dios lo permite en diversos ámbitos para fortalecernos y, precisamente, la lucha contra nuestras pasiones puede ser una de las más duraderas y tenaces.
Exige una gran vigilancia por nuestra parte, porque, en cuanto cedemos a una apetencia negativa, es como si perdiéramos el control sobre ese territorio concreto. Esto, a su vez, puede provocar un debilitamiento de nuestra fuerza de resistencia interior, por lo que no estaremos en buenas condiciones para rechazar los posteriores ataques. Por tanto, tras haber sufrido una derrota, es importante acudir inmediatamente al Señor, pedirle perdón y examinar cuáles fueron nuestros puntos débiles y cómo podríamos haber evitado las brechas. Una vez detectados, debemos concentrar nuestros esfuerzos en superarlas, implorar con mayor fervor el auxilio de Dios y prepararnos de diversas maneras para el próximo ataque. Así, con el tiempo, mi situación puede cambiar y ya no estaré simplemente a merced del ataque. Por el contrario, yo mismo me convierto en el martillo capaz de rechazarlo y llego a ser el «dueño» en mi propia casa.
Permítanme hacer un pequeño repaso de la pasada Copa Mundial de Fútbol. El equipo de España, merecido campeón, mostró una clara orientación y una gran disciplina en su juego. Ni siquiera el algo desafortunado debut les hizo perder la calma, sino que siguieron jugando con gran tranquilidad. Así es como llegaron a dominar todos los partidos. Fueron como un martillo: contundentes, pero sin excesos. Así se convirtieron en los «amos del fútbol».
