Parte II: Figuras anticristianas y el último Anticristo
Como mencionamos ayer en la introducción a esta serie, las Sagradas Escrituras no solo hablan del «Anticristo» en singular, sino también de «muchos anticristos». Al final de la meditación de ayer, hablé del «espíritu anticristiano», que debemos aprender a identificar dondequiera que se manifieste e intente confundir a las personas con su perniciosa influencia.
El «anticristo interior»
Algunos autores que han estudiado este tema también hablan de un «anticristo interior» que habita en cada uno de nosotros. Esto es cierto en el sentido de que la tentación de oponerse a Dios anida en nuestro interior y debemos aprender a rechazarla y, si es posible, incluso a vencerla. Resulta fácil entenderlo si tenemos presente que el «espíritu anticristiano» es el espíritu de Lucifer, que intenta ejercer su influencia por doquier, ya sea confundiendo a las personas desde dentro o influyendo en ellas de muchas formas externas. El objetivo sigue siendo el mismo: los poderes de las tinieblas quieren dominar a las personas y rivalizar así con el reinado de Cristo. Para luchar contra ese «anticristo interior», debemos recurrir a todas las armas espirituales que forman parte del equipamiento básico en el seguimiento de Cristo, que abordaremos más adelante.
Figuras anticristianas
Sin duda, los primeros cristianos consideraban «anticristos» a aquellos emperadores romanos que los perseguían con tanta crueldad. Una y otra vez a lo largo de la historia, y también en los tiempos modernos, han surgido gobernantes que pueden considerarse figuras anticristianas. Podemos pensar, por ejemplo, en los visires turcos Talaat y Enver Pasha, sobre quienes pesa el genocidio de los cristianos armenios; en los líderes rusos Lenin y Stalin; en el dictador Adolf Hitler; en el dirigente comunista Mao Tse-tung, por mencionar solo algunas de las figuras anticristianas más terribles del siglo pasado. Todos ellos tienen en común haber instaurado un régimen terrible y sanguinario, y que su crueldad se dirigiera especialmente contra los creyentes, aunque se mostraron tiránicos en general con todas aquellas personas que, de alguna manera, se interponían en su pretensión de poder.
El Anticristo al Final de los Tiempos
Además de advertirnos de los «anticristos» (en plural), las Sagradas Escrituras nos ofrecen indicios inequívocos de que, al Final de los Tiempos, el misterio de la iniquidad se manifestará plenamente en una persona concreta. San Pablo escribe a los tesalonicenses: «El misterio de la iniquidad ya está actuando. Tan solo con que sea quitado de en medio el que ahora le retiene, entonces se manifestará el Impío» (2Tes 2,7-8a).
En la misma epístola, san Pablo habla en este contexto de la segunda venida de Cristo al final de los tiempos:
«Primero tiene que venir la apostasía y manifestarse el Hombre impío, el Hijo de la perdición, el Adversario que se alza contra todo lo que lleva el nombre de Dios o es objeto de culto, hasta el extremo de sentarse él mismo en el Santuario de Dios y proclamarse a sí mismo Dios (…) El Señor lo destruirá con el soplo de su boca, y lo aniquilará con la manifestación de su Venida. La venida del Impío estará señalada por el influjo de Satanás, con toda clase de milagros, signos, prodigios engañosos y todo tipo de maldades, que seducirán a los que se han de condenar por no haber aceptado el amor de la verdad que les hubiera salvado. Por eso Dios les envía un poder seductor que les hace creer en la mentira, para que sean condenados todos cuantos no creyeron en la verdad y prefirieron la iniquidad» (2Tes 2,3-4.8b-12).
Al mismo tiempo que nos recuerda la Segunda Venida de Cristo, san Pablo señala que, antes de que esto suceda, habrá una «gran apostasía». Como el Señor aún no ha vuelto, podemos suponer que esta «gran apostasía» ya ha comenzado a vislumbrarse, por ejemplo, en la ruptura de la unidad de los cristianos o en la descristianización de aquellas naciones que solían tener una fuerte impronta cristiana. Sin embargo, el texto bíblico que hemos escuchado sugiere que la apostasía se volverá aún más global.
Pablo también se refiere al Anticristo como el Hombre impío, el Hijo de la perdición y el Adversario. Se presentará con gran poder y será capaz de engañar a la gente. El Apóstol alude especialmente a las personas que no han aceptado «el amor de la verdad que les hubiera salvado». Probablemente se refiera a aquellos que no han aceptado el mensaje del Evangelio a pesar de que les fue anunciado, y que se han cerrado a la verdad. Estos últimos no podrán resistir al poder del engaño ni distinguir la verdad de la mentira.
Para poder identificar el espíritu anticristiano y sus diversas manifestaciones, e incluso a la persona del Anticristo, necesitamos la luz del Espíritu Santo y la gracia de Dios. Sin embargo, si una persona se ha cerrado a la gracia a causa del pecado, no podrá reconocer el engaño del «Hijo de la perdición». No tendrá el suficiente espíritu de discernimiento para desenmascarar al «lobo con piel de oveja» (cf. Mt 7,15). Además, muchos autores sospechan que, debido a los sutiles engaños de Lucifer, el Anticristo no será considerado inicialmente como un tirano, sino que se presentará como una especie de «príncipe de paz».
Mañana seguiremos desarrollando el tema.
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Meditación sobre la lectura del día: https://es.elijamission.net/la-amistad-entre-dios-y-ezequias-2/
Meditación sobre el evangelio del día: https://es.elijamission.net/sobre-la-observancia-del-sabado/
