“HIJO MÍO, ENTRÉGAME TU CORAZÓN”  

«Dios busca un corazón lleno de amor por Él y por el prójimo. Ese es el trono en el que se deleita en sentarse y en el que se manifiesta en toda la plenitud de su gloria celestial. ‘Hijo mío, dame tu corazón –nos dice– y yo te daré todo lo demás’; porque en el corazón del hombre está el Reino de Dios» (Serafín de Sarov).

Tal y como dice Serafín de Sarov, cuando nuestro Padre encuentra un corazón abierto, lo convierte en un templo de su gloria. Allí quiere morar y establecer el reinado de su amor. A través de nuestro corazón, querrá amar también a los demás. Su amor transforma nuestros corazones y los vuelve capaces de amar. Su amor es como una luz radiante que empieza a brillar en nuestro corazón y quiere ahuyentar toda oscuridad. Todo lo demás surgirá a partir de ahí.

De esta forma, Dios podría morar en el corazón de todos los hombres y extender su Reino. Así, nuestra convivencia como hijos de un mismo Padre Celestial alcanzaría el esplendor previsto para el Reino de Dios en la Tierra, tal y como pedimos diariamente en la oración del Padre Nuestro.

No es tan difícil ponerlo en práctica y, además, es fácil de entender. La dificultad radica en que nuestro corazón sigue apegado a tantas cosas y en que aún no se lo hemos entregado por completo a Dios. Quizá esto se deba a que aún no hemos conocido de verdad el amor de nuestro Padre Celestial. ¿Qué nos lo impide?

Para concluir, os dejo una pequeña oración y os invito a rezarla en comunión con nuestra familia espiritual:

«Amado Padre, te pedimos la paz que emana de tu Corazón para que toque y transforme los corazones de los hombres, y así tu Reino se extienda por toda la Tierra. ¡Te lo pedimos por Jesucristo, nuestro Señor! Amén».