La resurrección de la carne (I)

A través de las meditaciones sobre la Resurrección de Cristo durante la Octava de Pascua, nos hemos adentrado en este maravilloso tiempo litúrgico, esos cuarenta días en los que el Señor Resucitado preparó a sus discípulos para la misión que les encomendaría. Aún se respira el asombro de los discípulos ante lo ocurrido, cuya realidad fueron asimilando solo poco a poco.

En lo que respecta a las meditaciones diarias posteriores, he optado por basarme en las lecturas según el rito romano tradicional. Como ya he escrito muchas meditaciones siguiendo las lecturas del nuevo calendario litúrgico, al final de cada texto se podrán encontrar uno o varios enlaces para quienes prefieran seguir ese ritmo.

Pero antes de retomar las meditaciones diarias basadas en las lecturas, nos queda un tema importante que tratar. Como aún estamos muy cerca de la Fiesta de la Resurrección de Cristo, me gustaría meditar sobre la resurrección de la carne, en la que nosotros mismos participaremos al final de los tiempos. Esto resulta aún más oportuno si tenemos en cuenta que la catequesis sobre las verdades de fe se está desvaneciendo en la Iglesia y que las enseñanzas básicas sobre las así llamadas «postrimerías» (las realidades últimas del hombre) están siendo relegadas a un segundo plano. En el peor de los casos, incluso se ponen en duda o se niegan. Al mismo tiempo, cobran fuerza las enseñanzas erróneas de otras religiones (como el hinduismo, el budismo o ciertas corrientes esotéricas) sobre la reencarnación o la transmigración del alma.

Otros creen que, tras la muerte, el cuerpo simplemente se desintegra y que no existe una vida futura en el sentido de la resurrección de los muertos. En resumen, hay mucho desconocimiento y falsas enseñanzas sobre lo que sucede con el hombre tras la muerte.

Por eso, es particularmente importante que, como católicos, conozcamos bien nuestra fe, en toda su belleza y veracidad, para poder responder a las inquietudes de las personas. Así, podremos convertirnos en un puente para quienes aún están en busca de la verdad, de modo que lleguen a conocer y amar la elevada dignidad que Dios les ha destinado.

Además, para nuestro propio camino de seguimiento de Cristo también resulta esencial estar arraigados en la verdad y pureza de la doctrina que Dios ha confiado a su Iglesia Católica. Cualquier desviación de la misma trae consigo confusión y empaña u oscurece el esplendor de la verdad. A esto se suma el hecho de que es un gran consuelo y motivación no tener en vista únicamente la dimensión terrenal de nuestra vida, sino centrar la mirada en lo que nos espera y nunca perder de vista la meta hacia la cual avanzamos día a día.

Las siguientes palabras del apóstol san Pablo dejan claro cuán importante es la doctrina de la Resurrección de Cristo y, por ende, la de nuestra propia resurrección:

«Si no hay resurrección de los muertos, tampoco Cristo ha resucitado. Y si Cristo no ha resucitado, inútil es nuestra predicación, inútil es también vuestra fe. Resultamos ser además falsos testigos de Dios, porque, en contra de Dios, testimoniamos que resucitó a Cristo, a quien no resucitó, si de verdad los muertos no resucitan. Pues si los muertos no resucitan, tampoco Cristo ha resucitado; pero si Cristo no ha resucitado, vana es vuestra fe, todavía estáis en vuestros pecados. E incluso los que han muerto en Cristo perecieron» (1Cor 15,13-18).

Más adelante, San Pablo señala: «Si los muertos no resucitan, comamos y bebamos, que mañana moriremos» (v. 23).

Por tanto, es la sana doctrina sobre la resurrección de los muertos la que nos mantiene vigilantes y nos exhorta a la responsabilidad. Es idónea para sacudir nuestra somnolencia espiritual y recordarnos lo que nos espera. En el capítulo XI del Catecismo Romano, publicado por el papa Pío V, se afirma:

«Resucitaremos con el mismo cuerpo substancial que tuvimos en la tierra. Pero, una vez resucitados, nuestra condición será muy distinta. Ésta – entre otras – será la gran diferencia entre nuestros cuerpos resucitados y los que tuvimos en la tierra: aquí estaban sujetos a la ley de la muerte; pero, una vez resucitados, todos – los buenos y malos – seremos inmortales. Esta maravillosa reintegración de la naturaleza es mérito de la victoria de Cristo sobre la muerte. Dice la Sagrada Escritura: Destruirá a la muerte para siempre (Is 25,8); y en otro lugar: ¿Dónde están, ¡oh muerte!, tus plagas? ¡Oh muerte!, yo mismo seré tu muerte (Os 13,14). Explicando estas palabras, escribe el Apóstol: El último enemigo reducido a la nada será la muerte (1Co 15,26). Y en San Juan leemos: La muerte no existirá más (Ap 21,4).»

Mañana retomaremos el tema.

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Meditación sobre el evangelio del día: https://es.elijamission.net/el-nuevo-nacimiento-2/

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