La Semana Santa ya está a las puertas y, por tanto, nuestro itinerario cuaresmal nos presenta hoy el pasaje del Evangelio en el que los enemigos de Jesús deciden matarlo (Jn 11,47-54). Dice así:
«Entonces los príncipes de los sacerdotes y los fariseos convocaron el Sanedrín: “¿Qué hacemos, puesto que este hombre realiza muchos signos? -decían-. Si le dejamos así, todos creerán en él; y vendrán los romanos y destruirán nuestro lugar y nuestra nación”» (vv. 47-48).
Aquí vemos los falsos pretextos que esgrimieron, pues Jesús con su predicación y sus obras no suponía en absoluto una amenaza para los romanos. En realidad, eran los líderes religiosos quienes se sentían amenazados y temían perder su influencia sobre el pueblo.
La resurrección de Lázaro, un signo inequívoco de la autoridad divina de Jesús, resultó intolerable para ellos. Como no tenían manera de rebatirle ni de acusarle de algún pecado —y, por tanto, de haber transgredido la Ley—, simplemente decidieron matarle.
Caifás, sumo sacerdote aquel año, estaba a la cabeza del Sanedrín. Él pronunció las palabras proféticas de que era mejor que muriera uno solo por el pueblo, y no que todo el pueblo pereciera (vv. 49-50). El evangelista subraya que estas palabras no las dijo por sí mismo, sino que fue una inspiración profética en virtud de su ministerio como sumo sacerdote (v. 51). Así, predijo la finalidad más elevada de la muerte de Jesús, que estas mismas autoridades religiosas instigarían posteriormente ante el procurador romano.
¡Qué situación tan trágica!
Dios acredita con innegables signos y milagros a su Hijo, a quien Él ha enviado al mundo, y aquellos que presidían al pueblo en nombre de Dios cometen el peor crimen que uno pueda imaginar: se convierten en responsables de la muerte de Jesús, quien vino a redimir a la humanidad y conducirla de regreso a la casa del Padre Celestial.
Como creyentes, sabemos que el Hijo de Dios asumió voluntariamente esta muerte expiatoria. Así, no solo los hijos de Israel recibirían la salvación, ya que, como dice el Evangelio, Jesús iba a morir “no sólo por la nación, sino para reunir a los hijos de Dios que estaban dispersos” (v. 52).
Por encargo del Señor Resucitado, el Evangelio será llevado hasta los confines de la tierra. Todos los pueblos y naciones son invitados a reconciliarse con Dios mediante la muerte y resurrección de Cristo, y a recibir en Él la vida eterna. Dios aceptó la muerte de su amado Hijo como sacrificio expiatorio y concede la salvación a todos los que creen en Él. ¡Qué gracia!
Por otro lado, ¡qué tragedia supone el trato que las autoridades religiosas dieron a Jesús en su tiempo! ¡Cuánta ceguera y maldad se hace patente! El rechazo de Jesús había pasado ahora a una persecución activa. Le amenazaron de muerte directamente. Ya no se podía disipar la obstinación de los jefes religiosos. Su ceguera en relación a Jesús crecía con cada palabra y obra que Él realizaba.
Esta es la consecuencia de cerrarse a la verdad. La ceguera puede incluso convertirse en una «ceguera voluntaria», que va oscureciendo cada vez más a la persona hasta el punto de que ya ni siquiera quiere saber la verdad. Llegada a este punto, el endurecimiento es completo y ya no encontrará salida de este estado, a menos que Dios la saque mediante una gracia especial.
El problema de la «ceguera voluntaria» tiene graves consecuencias. Puede llegar al extremo de negarse a ver la verdad y a dejarse instruir por ella. De esta manera, a la larga, uno se sumerge en una «verdad autodiseñada» y queda atrapado en ella. Esto se manifiesta de manera especial en el caso de los fariseos, que hablaban de un supuesto peligro que Jesús representaría para todo el pueblo de Israel en relación con los romanos. Es como si recurrieran a su propio engaño para justificar sus actos malvados. Por desgracia, es una forma de proceder común entre todo tipo de autoridades, que caen en ciertos engaños y luego se dejan guiar por ellos, por sus propias ideas y pretextos inventados; en lugar de regirse por la realidad objetiva.
En este contexto, quisiera volver a enfatizar la importancia de adherirnos firme e incondicionalmente a la auténtica doctrina de la Iglesia y al mensaje del Evangelio. A partir de ahí, recibimos las directrices para aplicar la doctrina de forma pastoral en los casos concretos. En cambio, si dejamos de regirnos por la verdad objetiva, comenzaremos a basarnos en nuestras propias concepciones y deseos humanos, y caeremos en una ceguera que se irá extendiendo.
Jesús, por su parte, se retira con los discípulos a la ciudad de Efraín, cerca del desierto. A partir de la decisión del Sanedrín de darle muerte, el Señor ya no se presenta en público entre los judíos hasta que llegue la hora.
¡Pero su hora ya está muy cerca! Al Señor le queda poco tiempo antes de beber la copa hasta la última gota. Sabiendo lo que le espera, Jesús subirá conscientemente a Jerusalén para salir al encuentro de «su hora»: esa hora de suprema oscuridad que Dios convertirá en la luz más brillante.
La flor de la meditación de hoy es vivir en la verdad y no dejarnos cegar.
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Meditación sobre la lectura del día: https://es.elijamission.net/dios-ve-las-entranas-y-el-corazon-2/
Meditación sobre el evangelio del día: https://es.elijamission.net/accesos-para-reconocer-a-jesus/

