Con el comienzo del nuevo año, me gustaría volver a meditar sistemáticamente un libro de las Sagradas Escrituras. En esta ocasión, he elegido la Epístola de Santiago. Como de costumbre, al final de cada texto incluiremos los enlaces correspondientes para quienes prefieran escuchar una meditación sobre la lectura o el evangelio del día.
St 1,2-18
Hermanos míos: considerad una gran alegría el estar cercados por toda clase de pruebas, sabiendo que vuestra fe probada produce la paciencia. Pero la paciencia tiene que ejercitarse hasta el final, para que seáis perfectos e íntegros, sin defecto alguno. Si alguno de vosotros carece de sabiduría, que la pida a Dios -que da a todos abundantemente y sin echarlo en cara-, y se la concederá. Pero que la pida con fe, sin vacilar; pues quien vacila es como el oleaje del mar, movido por el viento y llevado de un lado a otro.
Que no piense que va a recibir nada del Señor un hombre así, un hombre vacilante, inconstante en todos sus caminos. Que el hermano de condición humilde se gloríe en su exaltación, y el rico en su humillación, porque pasará como la flor del heno. Porque el sol sale con ardor y seca el heno, y su flor cae, y se pierde la hermosura de su aspecto. Así también el rico se marchitará en sus afanes. Bienaventurado el hombre que soporta con paciencia la adversidad, porque, una vez probado, recibirá como corona la vida que Dios prometió a los que le aman. Nadie, cuando sea tentado, diga: ‘Es Dios quien me tienta’; porque Dios ni es tentado al mal ni tienta a nadie, sino que cada uno es tentado por su propia concupiscencia, que le atrae y le seduce. Después, la concupiscencia, cuando ha concebido, da a luz el pecado, y éste, una vez consumado, engendra la muerte. No os engañéis, hermanos míos queridísimos. Toda dádiva generosa y todo don perfecto vienen de lo alto y descienden del Padre de las luces, en quien no hay cambio ni sombra de mudanza. Por libre decisión nos engendró con la palabra de la verdad, para que fuésemos como primicias de sus criaturas.
El apóstol Santiago no tarda en tocar un tema muy importante que, en un primer momento, puede resultarnos penoso. Puede sorprendernos que, en relación con las tentaciones, que sin duda pueden acosarnos y agobiarnos, la Epístola hable de la gran alegría que deberíamos experimentar cuando nos vemos cercados por ellas. Está claro que no puede tratarse de una alegría natural, pues ¿quién se complace en ser tentado? No pocas veces tenemos que emplear todas nuestras fuerzas para rechazarlas. También existen tentaciones que no son fáciles de identificar y otras que, debido a la costumbre, se han convertido en una pesada carga que debemos llevar una y otra vez a la confesión.
Sin embargo, al hacer esta afirmación el apóstol Santiago se enfoca en el fruto que se obtiene al luchar contra las tentaciones. Por tanto, eleva nuestra mirada hacia el Señor, que permite que seamos probados. Nuestro Padre Celestial, que siempre tiene en vista la salvación de los suyos, quiere fortalecernos mediante el combate contra las tentaciones. Santiago se refiere específicamente a la paciencia que se adquiere en esta lucha y considera las tentaciones como pruebas que Dios permite para nuestro crecimiento espiritual. Cabe añadir que, al resistir, también podemos ganar méritos.
En efecto, cada tentación que rechazamos nos fortalece y debilita a aquellos poderes del mal que nos inducen a ella y quieren aprovecharse de nuestras debilidades en nuestra contra. Desde esta perspectiva, podemos entender la afirmación de que debemos alegrarnos cuando nos sobrevienen tentaciones. A fin de cuentas, se trata de la alegría en Dios, que se vale de ellas para formarnos y que, en cierto modo, muestra su confianza en nosotros al permitir que seamos puestos a prueba. Por tanto, debemos considerarlas como desafíos a superar.
Es importante tener una visión clara sobre el sentido de las tentaciones, porque así podemos escapar de un cierto cautiverio en el que estas quieren mantenernos. Podemos aferrarnos a la mano de Dios, que siempre está ahí para nosotros, aun en la oscuridad de la tentación. Conforme al designio del Señor, nuestra resistencia perseverante cooperará en nuestra santificación, tal y como destaca el pasaje de hoy: «La paciencia tiene que ejercitarse hasta el final, para que seáis perfectos e íntegros, sin defecto alguno.»
Y más adelante afirma: «Bienaventurado el hombre que soporta con paciencia la adversidad, porque, una vez probado, recibirá como corona la vida que Dios prometió a los que le aman».
El apóstol Santiago también nos deja claro que Dios no nos tienta. En este contexto, hablamos de la voluntad pasiva de Dios, es decir, lo que Él permite que suceda. Las tentaciones proceden de nosotros mismos, es decir, de la seducción de nuestras pasiones desordenadas y desenfrenadas. Por tanto, sean las que fueren, es preciso dominarlas y no darles rienda suelta. Santiago describe lo que sucede cuando no se las refrena: la concupiscencia da a luz el pecado y éste engendra la muerte.
Así pues, se nos exhorta a estar muy vigilantes para resistir a las tentaciones desde el primer momento en que comienzan a seducirnos, mediante la oración y la invocación del nombre del Señor. Cuanto antes ofrezcamos resistencia, más fácil será salir victoriosos en este combate con la ayuda del Señor. Además, la vigilancia debe enseñarnos a identificar nuestros puntos débiles para protegerlos mediante la oración. No debemos exponernos a situaciones que podrían inducirnos al pecado, sino evitarlas conscientemente.
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Meditación sobre la lectura del día: https://es.elijamission.net/verdadera-justicia-2/#more-12991
Meditación sobre el evangelio del día: https://es.elijamission.net/este-es-el-hijo-de-dios-2/

