En esta Cuaresma, nos hemos propuesto ser mejores discípulos del Señor, sobre todo en vista de la gran confusión que sufre actualmente la Iglesia. El discípulo tiene la tarea de anunciar y glorificar a su Señor. Los contenidos principales del anuncio están establecidos en la Sagrada Escritura y en la auténtica doctrina de la Iglesia. Este es el criterio que nos guía, ya que, como discípulos, no actuamos en nuestro propio nombre, sino por encargo. Por tanto, no nos corresponde introducir nuestras propias ideas o contenidos ajenos al Evangelio, lo que debilitaría el testimonio de Cristo. También es importante que, en la medida de lo posible, nuestra vida sea coherente con lo que anunciamos, de manera que nuestro testimonio de palabra no se vea opacado por nuestra manera de vivir.
Con estas consideraciones, nos acercamos al final de estas meditaciones cuaresmales. En los últimos días antes del Domingo de Pasión, retomaré los pasajes del Evangelio de San Juan que faltan por meditar, a excepción de los relatos de la Resurrección, sobre los cuales volveremos a partir de la Pascua.
En la meditación de ayer, invité a los fieles a ofrecer sus sufrimientos y sacrificios en reparación por los errores de Amoris Laetitia, por el culto a la Pachamama, por la aberrante declaración Fiducia Supplicans y por la afirmación del documento de Abu Dabi que sugiere que todas las religiones conducen a Dios. Se trata, pues, de un acto de expiación.
Por desgracia, los puntos mencionados no son los únicos. También habría que señalar las restricciones injustificadas contra la Misa Tridentina, que han afectado a un considerable número de fieles y sacerdotes. Tampoco podemos olvidar que, durante la crisis del coronavirus, casi todas las autoridades eclesiásticas apoyaron sin reservas las medidas gubernamentales y, a veces, incluso las anticiparon o las aplicaron con mayor rigor que otras instituciones. Todas estas medidas, junto con la promoción de una campaña mundial de vacunación con una sustancia que no se ha examinado lo suficiente y que es muy cuestionable a nivel moral debido a su relación con el aborto y su industria, y que además puede acarrear consecuencias desastrosas, apuntan a una falta de discernimiento de los espíritus por parte de la jerarquía.
Su dócil sumisión frente a las órdenes gubernamentales, que a menudo resultaron innecesarias, absurdas e incluso peligrosas, nos lleva a cuestionar el estado en que se encuentra la Iglesia. Nunca fue ni será justificado el cierre de las iglesias, la prohibición de los funerales públicos y muchas otras prohibiciones, a veces absurdas, que interfirieron en la vida de los fieles. También en este contexto, serían muy loables los actos de reparación de aquellos que son conscientes de que las medidas frente al coronavirus no sirvieron para el bien de las personas.
He abordado muchos temas a lo largo de las meditaciones cuaresmales. Ante todo, mi intención es que los fieles tomen conciencia de que el rumbo emprendido por el liderazgo actual de la Iglesia se ha desviado del camino del Señor en puntos esenciales y que, a raíz de este reconocimiento, saquen las debidas conclusiones. Quien haga esto, entenderá que no basta una observación pasiva de la situación, porque la intoxicación del Cuerpo Místico de Cristo está muy avanzada.
¿Qué podemos hacer para contrarrestarlo?
Se trata de asimilar profundamente en nuestro corazón la fuerza sanadora de la verdad y del amor y hacerla brillar en la Iglesia a través de nuestra vida. Es la presencia del Espíritu Santo, bajo cuya guía debe librarse el ineludible combate espiritual, para que los poderes de las tinieblas cedan y la Iglesia vuelva a brillar con el esplendor y la belleza que Dios le ha conferido.
Puesto que nuestra vida será tanto más fecunda cuanto más cabida demos al Espíritu Santo y le permitamos purificarnos, es importante que volvamos una y otra vez a trabajar en nuestro propio corazón. Éste es uno de los prerrequisitos necesarios para salir victoriosos en el combate espiritual, pues, como dice Jesús: “Lo que sale del hombre es lo que hace impuro al hombre. Porque del interior del corazón de los hombres proceden los malos pensamientos, las fornicaciones, los robos, los homicidios, los adulterios, los deseos avariciosos, las maldades, el fraude, la deshonestidad, la envidia, la blasfemia, la soberbia y la insensatez. Todas estas cosas malas proceden del interior y hacen impuro al hombre” (Mc 7,20-23).
Por tanto, debemos prestar atención a los movimientos de nuestro corazón para detectar si hay en él alguno de estos vicios y si nos dejamos llevar por ellos. En caso de que sea así, debemos presentárselos inmediatamente al Espíritu Santo, renunciar conscientemente a ellos y pedirle que toque nuestro corazón con su luz para que se produzca un cambio.
Tomemos como ejemplo la primera de las cosas mencionadas por Jesús: los malos pensamientos que proceden de nuestro corazón y que, a veces, nos acosan queriendo evocar fuertes sentimientos negativos. Cuando esto sucede, es importante que no nos quedemos de brazos cruzados, observando la escena, ni que «discutamos» con esos malos pensamientos. Antes bien, hay que rechazarlos de inmediato y estrellarlos contra la roca de Cristo, como sugería San Benito a sus monjes.
Pero incluso en la primera fase podemos encontrarnos con un gran obstáculo que quiere impedir que nos pongamos en marcha para contrarrestarlos. Es la soberbia, que no quiere admitir que tenemos este tipo de malos pensamientos u otros vicios, o que incluso los justifica. Así, el orgullo se convierte en un grave problema, sobre todo a nivel espiritual, que enceguece progresivamente a la persona. Se convierte en una especie de guardián inflexible que no quiere permitir ni siquiera el conocimiento de uno mismo, que es tan necesario.