En la Iglesia católica existen innumerables santos, a los que se honra de manera especial en el día de su festividad. Como mencioné hace algún tiempo, me he propuesto presentaros a algunos santos poco conocidos. El santo de hoy, Fulcran de Lodève, provenía de una familia de la nobleza francesa y fue consagrado obispo de Lodève el 4 de febrero de 949.
Ejerció el ministerio episcopal durante 57 años, dedicándose enteramente a la santificación de su rebaño. Combatió el vicio, erradicó los abusos y estableció una vida cristiana dichosa por doquier. Su amor universal le mostraba una y otra vez los medios para atender las necesidades de los enfermos y los pobres de su diócesis. Movido por su profundo aprecio hacia los consagrados, fundó el monasterio de San Salvador, restauró otros ya existentes e introdujo la disciplina y el orden en todas las comunidades religiosas. También otorgó grandes beneficios a las iglesias y hospitales. Mediante los milagros que obró en la tumba de su fiel servidor, Dios confirmó lo que ya se creía sobre su santidad. En torno al año 1127, exhumaron el cuerpo de san Fulcran, que permaneció incorrupto hasta 1572, cuando los hugonotes lo arrojaron al fuego.
La leyenda de los santos atestigua que, desde muy temprana edad, san Fulcran tuvo un amor especial por la castidad. Puesto que en la sociedad actual ya no suele tenerse en alta estima esta virtud, y a veces ni siquiera en la Iglesia se la defiende como sería debido, me gustaría incluir en la meditación de hoy algunas reflexiones sobre ella. Han sido tomadas de una conferencia que preparé para nuestra familia espiritual con el fin de profundizar en los tres consejos evangélicos. Sin embargo, estas reflexiones no se limitan a las vocaciones religiosas, sino que contienen muchos elementos que también son aplicables a los fieles que viven en el mundo. Por tanto, escucharemos hoy la primera parte sobre la virtud de la castidad y mañana continuaremos con la segunda.
A menudo no se comprende la belleza de la castidad. Esto puede suceder incluso con personas creyentes. En una sociedad obsesionada por el placer, el mero término «castidad» puede suponer un obstáculo para emprender el camino en pos de Cristo. Quizá se la asocia con una privación de la alegría de vivir, con frialdad o rigidez. En este sentido, también se generan ideas distorsionadas sobre la vida monástica, como si esta estuviera impregnada de un «olor de muerte», por decirlo con las palabras de san Pablo (cf. 2 Cor 2, 15-16). Sin embargo, para quienes conocen y aman a Dios, la castidad irradia el «buen olor de Cristo».
Los prejuicios hacia la castidad son fundamentalmente falsos. Esta virtud, íntimamente relacionada con la virginidad y la pureza, tiene un valor extraordinario, ya que protege o regenera la integridad de la persona.
La castidad no solo está relacionada con la continencia física, donde trabaja de la mano con las virtudes de la templanza y el dominio de sí, sino que abarca muchos otros ámbitos.
La castidad no debe confundirse con una continencia motivada por el rechazo del cuerpo y la sexualidad. De hecho, la castidad cristiana también tiene su lugar dentro del matrimonio, cuando es vivido de acuerdo con las normas de la Iglesia y se evitan aquellos actos sexuales que ofenderían la dignidad de la persona.
El rechazo del cuerpo, en cambio, implica un rechazo del orden de Dios y, por tanto, del plan de su Creación. Tal actitud conduce fácilmente a un endurecimiento interior y a prácticas ascéticas desmedidas. A partir de ella, pueden desarrollarse comportamientos desequilibrados hacia la esfera de la sexualidad, como el puritanismo y un moralismo malsano.
La castidad, en cambio, está lejos de ser una mera represión o negación de las necesidades naturales. Antes bien, es un camino de liberación, una virtud que ordena el corazón y lo orienta hacia Aquel para quien fue creado: Dios mismo.
El Catecismo de la Iglesia Católica describe la virtud de la castidad en estos términos: «La castidad significa la integración lograda de la sexualidad en la persona, y por ello en la unidad interior del hombre en su ser corporal y espiritual» (CEC, 2337).
Por tanto, no se trata de una negación de la sexualidad, sino de su integración adecuada en el plan de Dios para el amor humano, según el estado de vida de cada uno. Sin duda, se necesita disciplina y vigilancia para custodiar la castidad física. Pero, con la gracia de Dios, es posible. Así, la castidad puede convertirse en una gran fuerza interior.
Ciertamente, lo ideal para una vocación religiosa es abrazar el consejo evangélico de la castidad sin haber incurrido antes en pecados sexuales. En este caso, la persona puede continuar su camino con integridad y fuerza virginal. En otros tiempos, la virginidad física era un requisito para ingresar en un monasterio. Hoy en día, esta condición ha cambiado. De hecho, bajo la influencia amorosa del Espíritu Santo, es posible sanar una castidad herida, liberarla y recuperarla en Dios.
En la meditación de mañana, seguiremos desarrollando este tema.
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Meditación sobre la lectura del día: https://es.elijamission.net/la-division-como-consecuencia-del-pecado-2/

