Tras la serie de meditaciones sobre la Epístola de Santiago, me gustaría retomar algo que empecé el año pasado: presentar la vida de algunos santos.
El santo de hoy, San Elredo, nació en Hexham (Inglaterra) en 1109. Sus padres, reconocidos en el mundo por su origen noble, se preocuparon especialmente por su educación. En su juventud, Elredo gozó de una amplia formación clásica en el monasterio benedictino de Durham. En la época del rey David I (1124-1153), vivió en la corte real escocesa: primero, como compañero de los príncipes de Escocia y, posteriormente, como economista.
Ya en la corte, Elredo se destacó por su mansedumbre. Por ejemplo, cuando alguien lo interrumpía y lo colmaba de insultos mientras exponía algún asunto, él escuchaba en profundo silencio y, sin mostrar el menor resentimiento, retomaba el hilo de su intervención.
Sin embargo, Elredo sentía un ardiente anhelo por una vida diferente a la de la corte real, con sus muchas distracciones y tentaciones. Pero le resultaba difícil romper los lazos de amistad que había forjado. Un día, finalmente, tomó la decisión de romper esos lazos y se reprochó a sí mismo su cobardía por no haberlo hecho antes. Él mismo escribe:
«Aquellos que solo veían el esplendor externo que me rodeaba y admiraban mi condición sin conocer lo que ocurría en mi interior no podían evitar exclamar: “¡Oh, qué envidiable es la suerte de este hombre! ¡Qué afortunado es!”. Pero no veían la tristeza de mi espíritu. No sabían que la profunda herida de mi corazón me infligía mil sufrimientos y que era incapaz de soportar la podredumbre de mis pecados».
En 1134, durante un viaje a York, Elredo visitó el monasterio cisterciense de Rievaulx y, poco después, pidió ser admitido como monje. Durante el noviciado, Elredo se familiarizó con la espiritualidad de Bernardo, que por entonces era abad de Claraval. En el monasterio, pronto le asignaron el cargo de celador, probablemente debido a su experiencia como economista en la corte real. En la vida monástica se distinguió por su profunda piedad y su corazón se inflamó de amor por Dios.
Así imploraba: «¡Oh, Jesús! Si tan solo mis oídos pudieran percibir tu voz, para que mi corazón aprendiera a amarte; para que mi espíritu te amara; para que, en fin, todas las potencias de mi alma y todos los sentimientos de mi corazón se encendieran con el fuego de tu amor; para que todas mis inclinaciones se aferraran solo a ti, mi único bien, mi alegría y mi deleite. ¿Qué es el amor, oh Dios mío? Si no me equivoco, es aquel deleite inefable del alma que será tanto más dulce y puro cuanto más palpable y ardiente sea. Quien te ama, te posee, y te posee en la medida en que te ama, porque tú eres el amor. Con el torrente del amor celestial embriagas a tus elegidos, transformándolos en ti a través de tu amor».
En marzo de 1142, Elredo visitó el monasterio de Claraval y conoció personalmente al abad san Bernardo, con quien mantuvo una estrecha amistad espiritual hasta el final.
Ese mismo año, Elredo asumió el cargo de maestro de novicios en Rievaulx. En 1147 fue elegido abad del mismo monasterio, donde permaneció hasta su muerte en 1167. Su servicio como abad fue inmensamente fructífero.
En la Vita Aelredi, escrita por su amigo y secretario Walter Daniel, se afirma:
«Elredo lo duplicó todo: el número de monjes, de hermanos legos, de colaboradores laicos, de fundaciones, de propiedades rurales y de paramentos sagrados. Pero la disciplina monástica y el amor los triplicó. Así, cuando el abad ingresó en la casa del Padre, dejó en Rievaulx 140 monjes y 500 hermanos legos».
San Elredo describió de la siguiente manera la vida ascética que llevaban los monjes cistercienses por aquel entonces: «Solo bebían agua e ingerían alimentos muy sencillos y en poca cantidad. Dormían pocas horas y solo sobre tablas. Se dedicaban a trabajos arduos y penosos. Llevaban pesadas cargas sin temer el cansancio y acudían adondequiera que se les enviara. No conocían el descanso ni el reposo. Todas estas penitencias las practicaban en un estricto silencio. Solo hablaban con sus superiores, y eso solo cuando era necesario. Aborrecían las contiendas y las quejas».
Evidentemente, nuestro santo se complacía en la vida de los hermanos confiados a su cuidado y destacaba la paz y el amor que reinaba entre ellos. Él mismo les daba ejemplo, pues se decía de él que soportaba con paciencia a las personas fastidiosas, mientras que él nunca era una carga para nadie. Escuchaba atentamente a los demás y nunca se precipitaba a dar una respuesta a quienes le pedían consejo. Nunca se le vio enfadado. Sus palabras y actos siempre llevaban el hermoso sello de la unción y la paz que llenaban su alma.
Cuando san Elredo murió a la edad de cincuenta y siete años, tras haber ejercido el cargo de abad durante veintidós años, no solo dejó como legado un floreciente monasterio, sino también numerosos escritos espirituales. Era considerado un gran maestro de la vida monástica, asemejándose en ello a san Bernardo, a quien imitaba con todo el fervor de su corazón.
Un pequeño extracto de una oración escrita por san Elredo puede darnos una idea de su ardiente amor:
«¡Mírame, amado Señor, mírame! Tengo la esperanza, oh Misericordiosísimo, de que, en tu amor, me mirarás como un médico diligente para sanarme; como un bondadoso maestro para corregirme; como un indulgente padre para perdonarme. Esto es lo que te pido, oh fuente de amor, confiando en tu omnipotente misericordia y en tu misericordiosa omnipotencia: que perdones mis pecados y sanes las enfermedades de mi alma, en virtud de tu maravilloso nombre y del misterio de tu santa humanidad.
Que tu Espíritu bondadoso y amoroso descienda sobre mi corazón, lo purifique de toda mancha de la carne y del espíritu y le infunda fe, esperanza y caridad, así como el espíritu de contrición, mansedumbre y caridad hacia el prójimo. Que apague con el rocío de su bendición el fuego de los deseos y mate con su poder los impulsos de las apetencias y las pasiones de la carne. Que en mis esfuerzos, vigilias y abstinencias me conceda el ardor para amarte y alabarte, para orar y meditar, orientando hacia ti cada uno de mis actos y pensamientos, toda mi devoción y actividad, y que en todo ello me conceda la perseverancia hasta el final de mi vida».
¿Qué podemos pedir a san Elredo? Que interceda por nosotros para alcanzarnos un ardiente amor a Dios, para glorificar a nuestro Padre celestial y servir a los hombres.
San Elredo, ¡ruega por nosotros!

