Responsabilidad ante Dios

St 4,13–5,6

Atended ahora los que decís: ‘Hoy o mañana iremos a tal ciudad, pasaremos allí un año, negociaremos y obtendremos buenas ganancias’. ¿Cómo habláis así, si ni siquiera sabéis qué será de vuestra vida el día de mañana? ¡Sois vapor de agua que aparece un instante y enseguida se evapora! En lugar de decir: ‘Si el Señor quiere, viviremos y haremos esto o aquello’, os jactáis y fanfarroneáis, sin advertir que toda jactancia de este tipo es mala. Por tanto, el que sabe hacer el bien y no lo hace, comete pecado. Atended ahora los ricos: llorad a gritos por las desgracias que os van a sobrevenir. Vuestra riqueza está podrida, y vuestros vestidos consumidos por la polilla; vuestro oro y vuestra plata están enmohecidos, y su moho servirá de testimonio contra vosotros y devorará vuestras carnes como si fuera fuego.

Habéis atesorado para los últimos días. Mirad: el salario que habéis defraudado a los obreros que segaron vuestros campos, está clamando; y los gritos de los segadores han llegado a los oídos del Señor de los ejércitos. Habéis vivido lujosamente en la tierra, entregados a los placeres, y habéis cebado vuestros corazones para el día de la matanza. Habéis condenado y habéis dado muerte al justo, sin que él os ofreciera resistencia.

El apóstol Santiago continúa con sus advertencias y pronuncia palabras serias que deberían sacudir al hombre y recordarle su fugacidad. El ser humano no es el dueño de la creación ni de la historia, sino que, en última instancia, todo está en manos de Dios. Aquellos a quienes se dirige Santiago en el pasaje de hoy evidentemente carecen de la humildad y la comprensión necesarias para reconocerlo, por lo que corren el peligro de perder el rumbo: «¡Sois vapor de agua que aparece un instante y enseguida se evapora!».

¡Qué provechoso puede resultar para el hombre, que tiende a sobreestimarse y creerse muy importante, que se le haga notar que vive en una falsa seguridad que puede desvanecerse en cualquier momento! La Sagrada Escritura pone énfasis en esto de diversas maneras, pues sabe bien cuán perjudicial es para el hombre cuando no se sitúa en el lugar que Dios le ha asignado. Cuando esto ocurre, tampoco adquiere una visión realista de su propia vida ni de la de los demás.

¿No fue la soberbia la que cegó a Lucifer hasta el punto de aspirar, hasta el día de hoy, a ocupar el lugar que solo corresponde a Dios? ¿No fue así como este ángel de alto rango se negó a servir y, en su arrogancia, se rebeló contra Dios, obstinándose en esta postura? ¿No tuvo que expulsarlo el santo arcángel de los reinos celestiales y recordarle la verdad: «¿Quién como Dios?»?

Esta presunción también habita en nosotros, los hombres, en diversos grados, y nos volvemos sabios cuando la percibimos y tratamos de vencerla.

El apóstol Santiago se dirige a aquellos que se jactan y son arrogantes, les amonesta y les recuerda que «el que sabe hacer el bien y no lo hace, comete pecado». Esto es lo que llamamos pecado de omisión, y estas palabras también nos exhortan a nosotros a estar atentos a las posibilidades que se nos presentan para hacer el bien y a no desaprovecharlas.

En los siguientes versículos, el apóstol se dirige a los ricos que abusan de su poder. Viven solo para sí mismos y, además, estafan a quienes han trabajado para ellos y les han permitido acumular la riqueza de la que ahora disfrutan. Tales personas viven en una ilusión total. Esa es la realidad que el apóstol Santiago quiere dejarles clara. No son conscientes de lo que les espera. Ni siquiera se acuerdan de Dios ni de que tendrán que rendirle cuentas por su vida. Todo lo que ahora valoran y de lo que quizá se enorgullecen se pudrirá y se llenará de herrumbre. Toda esa riqueza efímera en la que han puesto su seguridad puede terminar volviéndose en su contra y acusándolos. ¿Cómo podrán justificarse cuando se encuentren frente a aquellos a quienes condenaron y mataron?

¡En qué terrible ceguera viven muchas personas que cometen injusticias sin darse cuenta siquiera, que ignoran la voz que les advierte desde dentro y desde fuera para que vuelvan al camino recto!

La Epístola de Santiago, así como muchos otros pasajes de las Sagradas Escrituras, nos recuerda enfáticamente que tendremos que rendir cuentas ante el Señor por nuestra vida. Esta consciencia se está perdiendo cada vez más en una sociedad marcada por el modernismo. Incluso en la Iglesia se ha adentrado este olvido de la dimensión trascendente. Si se apela con demasiada rapidez a la misericordia de Dios sin antes dejar clara la gravedad del pecado, se pierde el saludable temor que pueden causarnos las palabras de Santiago, un temor que puede sacudirnos y llevarnos a poner nuestra vida en orden ante Dios y a buscar su cercanía. Y este temor, a su vez, puede ayudarnos a comprender mejor la magnitud de la misericordia de Dios.

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Meditación sobre el evangelio del día: https://es.elijamission.net/2634-2/

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