“¡NO DESPRECIÉIS MI AMOR!”

«¡Convertíos antes de que sea demasiado tarde! ¡No despreciéis mi amor! Éste retiene mi ira»(Palabra interior).

Es cierto que, al meditar sobre el amor de nuestro Padre, podemos descubrir su misericordia en tal medida que nos resulte difícil imaginar que haya personas que no se dejen atrapar por la red de amor que el Hijo de Dios ha extendido sobre la Tierra. Sin embargo, esta certeza no debe llevarnos a una actitud frívola o ligera en nuestra relación con Dios.

El llamado a la conversión resuena siempre: ya sea para salir de una vida de pecado y volver a Dios, como en la parábola del hijo pródigo (Lc 15,11-32), o para profundizar nuestra conversión en el camino de la santidad. Como afirma tan acertadamente el apóstol San Pablo, «el amor nunca acaba» (1Cor 13,8). Y ¿en qué consiste el llamado a la conversión sino en volverse hacia el amor de Dios, dejar atrás los caminos de la perdición o de la tibieza y crecer en el amor?

Si la Iglesia llegara a descuidar el llamamiento a la conversión y se limitara a dar testimonio del amor de Cristo, sin llamar la atención sobre las consecuencias que trae consigo el rechazo de este amor, entonces se habría quedado ciega de un ojo.

La conversión reviste una gran urgencia, pues puede llegar un momento en que ya sea demasiado tarde, como muestra la parábola de las vírgenes prudentes (Mt 25,11).

El infinito amor de Dios refrena su ira. Esto significa que no nos hace sentir de inmediato todas las consecuencias de nuestras malas acciones. Antes bien, nuestro Padre quiere que nos convirtamos, que acojamos su amor y recibamos su perdón.

Sin embargo, si rechazamos, menospreciamos o ignoramos una y otra vez su amor, si nos mecemos en una falsa seguridad sin ordenar nuestra vida según su voluntad, entonces corremos peligro. Puede sobrevenir de improviso el día en que veremos nuestra vida desde la perspectiva de Dios y no estaremos preparados. Entonces será tarde, quizá incluso demasiado tarde.