Hoy se celebra la memoria de San Blas, obispo de Sebaste en Armenia, que obró grandes milagros y padeció el martirio en el año 316. Escucharemos en su honor la lectura de la segunda Misa para un mártir y obispo.
2Cor 1,3-7
Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de las misericordias y Dios de toda consolación, que nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que también nosotros seamos capaces de consolar a los que se encuentran en cualquier tribulación, mediante el consuelo con que nosotros mismos somos consolados por Dios. Porque, así como abundan en nosotros los padecimientos de Cristo, así abunda también nuestra consolación por medio de Cristo. Pues, si somos atribulados, es para consuelo y salvación vuestra; si somos consolados, es para vuestro consuelo, que muestra su eficacia en la paciencia con que soportáis los mismos sufrimientos que nosotros. Y es firme nuestra esperanza acerca de vosotros, porque sabemos que así como sois solidarios en los padecimientos, también lo seréis en la consolación.
En su constante preocupación por las iglesias encomendadas a su cuidado, san Pablo les hace ver que todo lo que le sucede en su ministerio apostólico es para beneficio de la comunidad. Dios es el origen de todo, y los apóstoles lo comprendieron profundamente. En este contexto, sabemos distinguir muy bien entre lo que Dios dispone activamente y lo que permite que suceda. Es muy importante trazar esta distinción para no caer en confusión y evitar graves desviaciones en nuestra forma de pensar. Si, por ejemplo, creyéramos que Dios puede querer algo malo y que, por tanto, en Él coexisten el bien y el mal, la luz y las tinieblas, entonces nuestra imagen de Dios se vería distorsionada y no podríamos confiar sin reservas en el Padre Celestial. El Evangelio, en cambio, testifica sin lugar a dudas: «Éste es el mensaje que hemos oído y que os anunciamos: Dios es luz y no hay en Él tinieblas de ninguna clase» (1Jn 1,5).
Existen sucesos que Dios permite y que implican que tengamos que cargar con una cruz, que representa diversas formas de sufrimiento en nuestro camino de seguimiento de Cristo. Él se vale de ellos para fortalecer nuestra fe y también para hacernos partícipes del sufrimiento del Señor, como nos muestra claramente san Pedro en su epístola: «Queridísimos: no os extrañéis -como si fuera algo insólito- del incendio que ha prendido entre vosotros para probaros; sino alegraos, porque así como participáis en los padecimientos de Cristo, así también os llenaréis de gozo en la revelación de su gloria. Bienaventurados si os insultan por el nombre de Cristo, porque el Espíritu de la gloria, que es el Espíritu de Dios, reposa sobre vosotros» (1Pe 4,12-14).
Más claramente aún lo expresa San Pablo en otra de sus cartas: «Ahora me alegro de mis padecimientos por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo en beneficio de su cuerpo, que es la Iglesia» (Col 1,24).
Entonces, si interiorizamos que tanto las consolaciones como las tribulaciones, por muy diferentes que sean, acontecen bajo la amorosa mirada de nuestro Padre celestial, éstas no sólo se convierten en instrumentos con los que Dios nos forma y nos guía en nuestro camino personal, sino que además contribuyen al bien de otras personas. En la lectura de hoy se expresa claramente: «[Dios] nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que también nosotros seamos capaces de consolar a los que se encuentran en cualquier tribulación, mediante el consuelo con que nosotros mismos somos consolados por Dios.»
Sin duda, los apóstoles tienen un vínculo especial y único con las iglesias que pastorean. En pocas palabras, San Pablo nos presenta la imagen de un misionero que sabe que tanto las tribulaciones como las consolaciones le son concedidas por Dios para contribuir al beneficio y al avance de los fieles. Dios mantiene un orden estricto en los dones que distribuye y, cuando concede gracias especiales, quiere que éstas sirvan también para la edificación de otros.
Si aplicamos la enseñanza del Apóstol a nuestra propia realidad, podemos tener la certeza de que todo lo que sucede en la vida de un cristiano está en manos del Padre Celestial y que Él lo integra en su plan de salvación. También nosotros podemos consolar a otros mediante el consuelo que viene de Dios y que nosotros mismos hemos experimentado de parte de Él. Pero asimismo el sufrimiento, las fatigas y las adversidades que aceptamos conscientemente de la mano del Señor y le ofrecemos, pueden convertirse en bendición para los demás. Esto sucede de dos maneras. Por un lado, por la forma en que sobrellevamos el sufrimiento. En este contexto, recuerdo una frase de Santa Teresita del Niño Jesús: «Es cierto que sufro mucho, pero ¿sufro bien?»
¿Y nosotros? ¿Sufrimos bien? ¿Cargamos con nuestra cruz en el Señor? Eso sería un ejemplo maravilloso para las personas con las que convivimos y que a menudo tienen dificultad en sobrellevar un sufrimiento. En ese sentido, nuestro sufrimiento puede convertirse en bendición para ellas.
Pero, además, puede beneficiarles en el sentido que nos ha enseñado San Pablo: «Completo en mi carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo en beneficio de su cuerpo, que es la Iglesia.»
Nuestro Padre Celestial es capaz de valerse de todo lo que sucede para conducir a los hombres de vuelta a Él.

