MEDITACIONES PARA LA CUARESMA: “Conclusión de las meditaciones cuaresmales”

Con la meditación de hoy, concluyo esta serie que inicié después de las reflexiones sistemáticas sobre el Evangelio de San Juan, en preparación para la gran solemnidad de la Pascua.

Conviene hacer una breve recapitulación para destacar lo esencial. Tras esta meditación, volveremos a los relatos del Evangelio de San Juan sobre la muerte y sepultura del Señor.

El concepto de «discreción», que hemos aprendido de los padres del desierto y que significa «discernimiento de los espíritus» en el uso eclesiástico, nos ha llevado a observar atentamente la situación de la Iglesia y del mundo y a aplicarlo también a nuestra vida espiritual. Al analizar la armadura espiritual propuesta en la Carta a los Efesios, hemos llegado a la conclusión de que debemos prepararnos para el combate espiritual, que va más allá del ámbito personal, especialmente cuando consideramos las amenazas anticristianas que se ciernen sobre el mundo y sobre la Iglesia.

En efecto, se trata de una «guerra contra el Señor y su Ungido» (Sal 2,2), que se está librando a nivel espiritual en todo el orbe de la tierra. Los poderes anticristianos han conquistado y tomado el control de casi todos los ámbitos de la vida humana. Por desgracia, como he enfatizado una y otra vez, estos poderes, liderados por Lucifer, se han infiltrado profundamente en la Iglesia y han logrado debilitar, corromper y engañar a este bastión destinado a ofrecerles resistencia. En consecuencia, nos encontramos en una situación de emergencia grave.

Contrarrestarla con armas espirituales es tarea de aquellos que son capaces de identificarla como una verdadera emergencia. Esto es aún más importante si tenemos en cuenta que muchos fieles ni siquiera son conscientes de que atravesamos una crisis sin precedentes. Por esta razón he abordado estos temas para un público más amplio.

El término «discreción» también puede aplicarse a la forma en que se debe librar el combate espiritual. Puesto que es un combate espiritual, debemos entrenarnos para no dejarnos dominar por nuestras pasiones. Por tanto, resulta evidente que la formación interior que recibimos gracias a la guía del Espíritu Santo es la mejor capacitación para cumplir nuestra misión en el combate.

En otras palabras, no hay nada más importante que recorrer con firme fe el camino de la santidad, que consiste sobre todo en crecer en el amor. El demonio es incapaz de amar y, por tanto, cuanto más crezca el amor de Dios en nosotros, más difícil le resultará vencernos.

Así como el amor de Dios manifestado en la Cruz del Señor derrotó las tinieblas, así seguirá siendo siempre. El amor de Dios siempre saldrá victorioso, aunque sea crucificado una y otra vez.

En este contexto, es importante destacar el papel de la Virgen María. Ella aplastará la cabeza de la serpiente, como está predicho en el Libro del Génesis (3,15). Una y otra vez, se escucha a los fieles católicos decir que al final triunfará el Corazón Inmaculado de María. ¿De qué triunfo se trata? ¡De la victoria del amor!

Puesto que en el corazón de la Virgen no hay falsedad, puesto que es puro y se ha entregado por completo a la voluntad de Dios, no hay rendija alguna por la que el demonio pudiera colarse. Como Madre de la Iglesia, María modela a aquellos que se han consagrado a ella y los toma bajo su especial protección. De esta manera, ella puede alcanzar el triunfo del amor a través de sus hijos, sobre quienes el demonio no podrá ejercer influencia. Al contrario, tendrá que ceder, al igual que se ve obligado a hacerlo frente a todos los que han dejado entrar y

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