«Si alguien habla con moderación, se vuelve apacible, manso y sencillo. En efecto, si refrena su lengua y no habla sin antes haber examinado, sopesado y reflexionado sobre sus palabras, sobre si debe pronunciarlas y si debe decírselas a la persona que tiene frente a sí, practica de forma concreta la modestia, la mansedumbre y la paciencia» (San Ambrosio de Milán).
No es tarea fácil pronunciar las palabras correctas y no equivocarse al hablar. «Si alguno no peca de palabra, ése es un hombre perfecto, capaz también de refrenar todo su cuerpo» (St 3,2), nos recuerda el apóstol Santiago, que incluso recurre a palabras más contundentes para poner de manifiesto el peligro que conlleva el mal uso del lenguaje: «También la lengua es un fuego, un mundo de iniquidad; es ella, de entre nuestros miembros, la que contamina todo el cuerpo y, encendida por el infierno, inflama el curso de nuestra vida desde el nacimiento» (St 3,2).
En la frase de hoy, san Ambrosio de Milán nos señala un buen camino al hacer énfasis en la moderación a la hora de hablar. No podemos simplemente pronunciar lo primero que se nos viene a la mente, sobre todo si está impulsado por emociones no superadas o por un afán desordenado de hablar. Esto a veces se confunde con la sinceridad. Sin embargo, es necesario examinar cuidadosamente nuestras palabras. En otra de sus frases, el mismo santo lo expresa así: «El sabio reflexiona mucho antes de hablar: qué debe decir, a quién debe dirigirse, en qué lugar y en qué momento. De este modo, practica la moderación, tanto al callar como al hablar».
Si tomamos en serio esta exhortación, nuestras palabras, impregnadas del amor de nuestro Padre, podrán convertirse en un eco de su bondad y claridad. Entonces, lograremos poner cada vez más en práctica el consejo de san Pablo a los colosenses: «Que vuestra conversación sea siempre con gracia, sazonada con sal, de forma que sepáis responder a cada uno como conviene» (Col 4,6).
