St 5,7-12
Hermanos, tened paciencia hasta la venida del Señor. Mirad: el labrador espera el fruto precioso de la tierra, aguardándolo con paciencia hasta recibir las lluvias tempranas y las tardías. Tened también vosotros paciencia, fortaleced vuestros corazones, porque la venida del Señor está cerca. No os quejéis, hermanos, unos de otros, para que no seáis juzgados; mirad que el Juez está ya a la puerta. Tomad, hermanos, como modelos de una vida sufrida y paciente a los profetas, que hablaron en nombre del Señor. Mirad cómo proclamamos bienaventurados a quienes sufrieron con paciencia. Habéis oído de la paciencia de Job y habéis visto el desenlace que el Señor le dio, porque el Señor es entrañablemente compasivo y misericordioso. Ante todo, hermanos míos, no juréis: ni por el cielo ni por la tierra, ni con cualquier otro juramento. Que vuestro sí sea sí y que vuestro no sea no, para que no incurráis en sentencia condenatoria.
Al hablar de la «venida del Señor», Santiago se refiere al Retorno de Cristo al final de los tiempos y señala que está cerca. En retrospectiva, podemos constatar que, según nuestros criterios humanos, ha pasado mucho tiempo desde que el Apóstol escribió estas palabras. Sin embargo, aún no ha tenido lugar la Segunda Venida de Cristo, tal y como la anunciaron los ángeles a los discípulos el día de su Ascensión (Hch 1,11). ¿Acaso esto significa que la Iglesia primitiva se equivocó? Por supuesto que no, incluso si hubieran supuesto que la venida del Señor era inminente. Más bien, el apóstol Santiago se centra en la actitud con la que los cristianos deben esperar este acontecimiento. La comunidad debía aguardar con paciencia y fortalecer sus corazones con la mirada puesta en el Señor que retornará. El Apóstol era consciente de que a la comunidad cristiana le sobrevendrían sufrimientos.
El pasaje de hoy nos invita a reflexionar precisamente sobre cómo debemos prepararnos para la Segunda Venida de Cristo. Puesto que no podemos conocer ni el día ni la hora de su advenimiento (Mt 24,36), no tiene sentido intentar fijar una fecha concreta, como se ha hecho una y otra vez a lo largo de la historia. Será nuestro Padre quien determine la hora según criterios que solo Él conoce. Sin embargo, aunque no se nos haya revelado el momento exacto, sí se nos han descrito los «dolores de parto» que han de preceder al Retorno de Cristo, por lo que sabemos lo suficiente para despertar nuestra atención. ¡Lo esencial es la vigilancia de los fieles! Debemos estar siempre preparados para la Segunda Venida del Señor llevando una vida digna de Él. Lo mismo se aplica a nuestra muerte.
Las Escrituras nos advierten explícitamente de que no debemos pensar que el Señor tardará en venir (Mt 24,48-50), ya que tal actitud podría hacernos bajar la guardia. Jesús mismo nos lo deja claro: «Lo mismo que en los días de Noé, así será la venida del Hijo del Hombre. Pues, como en los días que precedieron al diluvio comían y bebían, tomaban mujer o marido hasta el día mismo en que entró Noé en el arca, y no se dieron cuenta sino cuando llegó el diluvio y los arrebató a todos, así será también la venida del Hijo del Hombre. Por eso: velad, porque no sabéis en qué día vendrá vuestro Señor» (Mt 24,37-39.42).
Y más adelante nos dirige otra advertencia para despertarnos: «Sabed esto: si el dueño de la casa supiera a qué hora de la noche va a llegar el ladrón, estaría velando y no dejaría que le abriese un boquete en su casa. Por tanto, estad también vosotros preparados, porque a la hora que menos penséis vendrá el Hijo del Hombre» (v. 43-44).
La expectativa inminente de la Segunda Venida de Cristo, si se entiende de forma correcta y sin caer en lo irracional, nos ayuda a deshacernos de toda somnolencia y a vivir con la mirada puesta en el Señor que vuelve. Si recordamos la parábola de las vírgenes que esperaban la llegada del Esposo (Mt 25,1-12), sabremos qué es lo que tenemos que hacer: guardar aceite de reserva para nuestras lámparas. Esto significa que debemos realizar buenas obras y, como dice el apóstol Santiago, no quejarnos unos de otros. Podríamos detenernos en este último punto y enfatizar que, en general, no debemos hablar mal de nadie y, mucho menos, de nuestros hermanos en Cristo. Si no se combatiera ni se superara esta mala costumbre, resultaría muy perjudicial para la vida en comunidad. En lugar de ello, debemos apoyarnos mutuamente en el seguimiento de Cristo y cargar con nuestras cruces con la paciencia de los profetas y, podríamos añadir, con la de los santos.
Al recordarnos que «el Señor es entrañablemente compasivo y misericordioso», el apóstol Santiago nos muestra cómo debemos ser nosotros, pues el objetivo de la vida cristiana es volvernos semejantes a Él. Esto es posible gracias al Espíritu Santo, que también nos ayudará a cumplir la exhortación final de Santiago:
«Ante todo, hermanos míos, no juréis: ni por el cielo ni por la tierra, ni con cualquier otro juramento. Que vuestro sí sea sí y que vuestro no sea no, para que no incurráis en sentencia condenatoria».
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Meditación sobre la lectura del día: https://es.elijamission.net/el-amor-crece-2/

