Fil 4,4-9
Lectura correspondiente a la memoria de San Juan Bosco
Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres. Y que todos conozcan vuestra clemencia. El Señor está cerca. No os inquietéis por cosa alguna; antes bien, en toda ocasión, presentad a Dios vuestras peticiones, mediante la oración y la súplica, acompañadas de la acción de gracias. Y la paz de Dios, que supera toda inteligencia, custodiará vuestros corazones y vuestras mentes en Cristo Jesús. Por lo demás, hermanos, todo cuanto hay de verdadero, de noble, de justo, de puro, de amable y de honorable; todo cuanto sea virtud o valor, tenedlo en aprecio. Poned por obra todo cuanto habéis aprendido y recibido y oído y visto en mí, y el Dios de la paz estará con vosotros.
La despreocupación a la que nos exhorta san Pablo en esta lectura encaja perfectamente con la historia del santo que la Iglesia honra en este día.
San Juan Bosco, sacerdote y fundador, dedicó su vida especialmente a la juventud abandonada de Turín. Intentaba ayudarles a través de una educación positiva y preventiva basada en la fe. Cuando tenía apenas nueve años, tuvo un sueño en el que se le reveló su vocación: vio en un patio a una muchedumbre de niños holgazaneando y blasfemando. Cuando quiso lanzarse en medio de ellos para hacerlos callar, un hombre de aspecto noble y rostro luminoso le mandó colocarse al frente del grupo de chicos y le dijo: «No con golpes, sino con la mansedumbre y la caridad deberás ganártelos como amigos».
Al objetar que lo que le mandaba era imposible, aquel hombre le dio por maestra a una mujer de apariencia majestuosa —la Virgen María—, que le mostró en su visión cómo, en lugar de la muchedumbre de chicos, ahora aparecía todo tipo de animales: leones, perros, gatos, osos y otros animales, que luego se convirtieron en corderos que jugaban y danzaban con algarabía alrededor del hombre y la mujer nobles. Cuando el pequeño Juan Bosco rompió en llanto y pidió una explicación, la mujer le dijo: «A su tiempo lo comprenderás todo».
En efecto, llegó el momento en que Don Bosco lo entendió, tal y como la Virgen se lo había asegurado en el sueño. En la edificación de su obra al servicio de la juventud, depositó toda su confianza en la Providencia Divina, poniendo así en práctica las palabras de la lectura de hoy: «No os inquietéis por cosa alguna; antes bien, en toda ocasión, presentad a Dios vuestras peticiones mediante la oración y la súplica, acompañadas de la acción de gracias».
Este versículo nos recuerda aquel pasaje del Evangelio en el que Jesús habla a sus discípulos sobre la santa despreocupación en la que deben vivir: «No estéis preocupados por vuestra vida: qué vais a comer; o por vuestro cuerpo: con qué os vais a vestir. Porque la vida vale más que el alimento, y el cuerpo más que el vestido. Contemplad los lirios, cómo crecen; no se fatigan ni hilan, y yo os digo que ni Salomón en toda su gloria pudo vestirse como uno de ellos. Y si a la hierba del campo, que hoy es y mañana se echa al horno, Dios la viste así, ¡cuánto más a vosotros, hombres de poca fe!» (Lc 12,22-23.27-28).
Vemos, pues, que la despreocupación es un concepto clave para la vida con Dios. Cuando la ponemos en práctica, nos confiere una seguridad cimentada en la confianza en Dios y la fuerza para realizar incluso las obras más grandes. Así sucedió con san Juan Bosco.
La despreocupación, que no debe confundirse con negligencia ni con un simple optimismo humano, siempre va de la mano con la preocupación por el Reino de Dios. Podríamos decirlo así: Si nosotros nos ocupamos de las cosas de Dios, Él se encargará de darnos todo lo necesario para nuestra vida y nuestro ministerio. Sin duda, Don Bosco puede dar fe de ello. Con gran confianza, asumió la obra que Dios le había encomendado, abandonándose en Él en todas las cosas. Así, se convierte en un ejemplo para que también nosotros realicemos con confianza todas las tareas que el Señor nos encomienda. La vida del santo de hoy y las palabras de la Escritura nos sirven de inspiración.
El Señor quiere introducirnos en una íntima comunión con Él, en la que podemos contar firmemente con sus cuidados y con su amor. De esta comunión brota la alegría de la que habla la lectura de hoy. La alegría en Dios y por causa de Dios se convierte en una fuente inagotable que nos inunda a nosotros mismos y puede llegar también a otros por medio nuestro. San Juan Bosco, que se distinguía por su alegría, lo expresó así: «Lo mejor que podemos hacer en este mundo es hacer el bien, estar alegres y dejar que canten los gorriones».
Así pues, se nos invita a poner en práctica nuestra fe en el amor concreto, cooperando de este modo en la expansión del Reino de Dios. ¡Cada día nos presenta oportunidades para hacerlo! De esta forma, podremos crecer en confianza y adquirir esta actitud despreocupada.
Pero también debemos identificar cuándo nos invaden las preocupaciones innecesarias, cuándo estamos demasiado ansiosos por tenerlo todo bajo control y no prestamos atención a los planes que Dios tiene para nosotros y a los caminos que nos abre. Las preocupaciones innecesarias nos hacen vivir en una tensión interior. Nos roban la sencillez y la agilidad de la fe, que nacen de la verdadera alegría.
«Confiadle todas vuestras preocupaciones, pues él cuida de vosotros» (1Pe 5,7). ¡Pongamos en práctica estas palabras! ¡Dios lo está esperando!

