En las dos lecturas de hoy (Ex 24,12-18 y 1Re 19,3-8) nos encontramos con los dos grandes profetas de la Antigua Alianza. Por un lado, está Moisés, que liberó al pueblo de Israel del yugo del faraón egipcio y lo guió por el desierto por encargo del Señor. Dios tiene grandes designios para con Moisés, lo llama a subir al monte Sinaí y le dice: «Sube hasta mí, al monte; quédate allí, y te daré las tablas de piedra —la ley y los mandamientos— que tengo escritos para su instrucción» (Ex 24,12).
Moisés obedeció y, cuando la gloria del Señor apareció sobre la cumbre como fuego devorador, subió al monte, donde «permaneció cuarenta días y cuarenta noches» (v. 18).
Un acontecimiento decisivo estaba a punto de suceder, para lo cual Dios preparó a Moisés durante ese tiempo, introduciéndolo aún más en la misión que le había encomendado.
El otro gran profeta es Elías. Su nombre significa «Yahvé es mi Dios». Elías vivió durante el gobierno del impío rey Ajab, que reinó sobre diez tribus de Israel desde el año 871 hasta el 852 a. C. Tenía una esposa pagana llamada Jezabel, hija de Itobaal, rey de los sidonios (1Re 16,31). Jezabel era devota del dios Baal y sedujo al pueblo de Israel para que le rindiera culto. Como consecuencia, Elías anuncia una hambruna de tres años, que efectivamente se produce.
Durante esta gran sequía, el conflicto alcanza su punto culminante en el monte Carmelo. Allí, Elías no solo reprende al rey Ajab, sino también a todo el pueblo congregado: «¿Hasta cuándo vais a estar cojeando sobre dos muletas?» (1Re 18,21). Se enfrentó intrépidamente, como único profeta del Señor, a los 450 profetas de Baal y los desafió. Puesto que Dios dio una clara señal haciendo caer fuego del cielo sobre el sacrificio de Elías, mientras que los profetas de Baal no obtuvieron ninguna respuesta de su dios, el pueblo de Israel se convirtió al Señor (1Re 18,20-39).
En el pasaje que nos presenta la lectura de hoy, encontramos a Elías agotado y desanimado, temiendo la venganza de Jezabel, que ya le había amenazado (1Re 19,2). En este estado, incluso llegó a implorar a Dios la muerte. Sin embargo, su misión aún no había concluido. Mientras dormía, un ángel lo despertó dos veces y le dijo: «“Levántate y come, pues te queda un camino muy largo.” Se levantó y comió, y con la fuerza de aquella comida caminó cuarenta días y cuarenta noches, hasta llegar al monte de Dios, el Horeb» (v. 7-8).
Dos grandes profetas que atravesaron un intenso período de cuarenta días y cuarenta noches, cada uno a su manera. Moisés fue envuelto por la gloria del Señor y pudo permanecer en su presencia; Elías, fortalecido por el alimento que le dio el ángel, pudo continuar su camino. Quizá podamos aplicar ambos elementos a nuestro propio itinerario de cuarenta días y cuarenta noches: que la luz del Señor nos ilumine para comprender más profundamente sus santas leyes y preceptos, y para transmitirlos también a quienes el Señor ponga en nuestro camino. Por otro lado, que el pan del Señor —que para nosotros es su santa Palabra y la Eucaristía— nos fortalezca para continuar nuestro camino cuando nos sintamos agotados y tal vez sin ánimo para seguir adelante.
Pero, ¿en qué consiste nuestra misión?
Podemos deducirla del Evangelio de hoy, donde el Señor declara:
«Los hombres de Nínive se levantarán contra esta generación en el Juicio y la condenarán: porque se convirtieron ante la predicación de Jonás, y daos cuenta de que aquí hay algo más que Jonás. La reina del Sur se levantará contra esta generación en el Juicio y la condenará: porque vino de los confines de la tierra para oír la sabiduría de Salomón, y aquí hay algo más que Salomón» (Mt 12,41-42).
Por tanto, nuestra misión consiste en dar testimonio de que Dios ha confiado a su Iglesia la plenitud de la verdad y de que Jesús es el Salvador de todos los hombres. Esto es más que Jonás, más que Salomón, más que todo lo que pueda atestiguar la Antigua Alianza, más que las «semillas de la verdad» que se pueden encontrar en otras religiones junto con los errores que las eclipsan, más que lo que poseen otras denominaciones cristianas que no pertenecen a la Iglesia católica. ¿Somos conscientes del tesoro que se nos ha confiado?
Reconocerlo no tiene nada que ver con soberbia o arrogancia, como algunos podrían pensar. Se trata de la verdad que se nos ha encomendado y de la que tendremos que rendir cuentas ante el Señor. Sí, este es el gran talento —más aún, el inmenso talento— que hemos recibido como católicos y que no debe quedar escondido en la tierra (cf. Mt 25,18).
Esta conciencia de que «aquí hay algo más que…» debería brillar en nuestras vidas, de modo que atraiga a las personas y emprendan la búsqueda del Señor. Es una gran tarea que nos incumbe a todos los que amamos a Jesús. Cuando encontramos el tesoro en el campo, no lo guardamos para nosotros mismos. Al contrario, debemos compartirlo y todos se enriquecerán con él, volviéndose capaces de dejar atrás aquellos bienes que solo son un obstáculo con tal de obtener el verdadero tesoro.
Las flores que recogemos de la meditación de hoy son: pedir al Señor que nos ilumine, avanzar en nuestro camino fortalecidos por su alimento y dar un testimonio auténtico de Jesucristo y de su Iglesia.
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Meditación sobre la lectura del día: https://es.elijamission.net/itinerario-cuaresmal-dia-8-la-conversion-de-ninive-3/
Meditación sobre el evangelio del día: https://es.elijamission.net/el-signo-del-senor-y-su-iglesia-3/

