Día 5: “Aprovechar la gracia y resistir a las tentaciones”

«Os exhortamos a que no recibáis en vano la gracia de Dios. Porque dice: ‘En el tiempo favorable te escuché.’ ‘Y en el día de la salvación te ayudé’. Mirad, ahora es el tiempo favorable, ahora es el día de la salvación» (2Cor 6,1-2).

Con esta exhortación, san Pablo nos introduce en el primer domingo de Cuaresma y nos ofrece una pauta esencial para avanzar en el camino emprendido en este tiempo de gracia. Antiguamente, la Cuaresma comenzaba precisamente este domingo. Se consideraba una «segunda puerta de entrada» a este gran tiempo de penitencia, después de haber atravesado la primera puerta del Miércoles de Ceniza. Si partimos de la concepción de la «segunda puerta», entonces leeríamos con letras de oro la siguiente inscripción sobre ella: «Aprovecha el tiempo de la gracia».

Con el sano recordatorio de nuestra limitada condición de criaturas —«Polvo eres y al polvo volverás»—, recibimos el impulso para emprender este camino de conversión. Ahora, al atravesar la «segunda puerta de entrada», se nos exhorta a estar vigilantes para aprovechar el tiempo favorable. Es cierto que, desde la venida de Jesús al mundo y, especialmente, desde su muerte y resurrección, se inauguró el «tiempo de la gracia» y las puertas del corazón de Dios están siempre abiertas de par en par para nosotros. Sin embargo, en este gran «kairós» existen ciertas etapas en las que la gracia de Dios se nos ofrece de forma concentrada. ¡La Cuaresma es precisamente una de ellas!

Por tanto, no nos cansemos ni nos durmamos en el camino. Más bien, intentemos acumular suficiente aceite de reserva, como las vírgenes prudentes que estaban preparadas a pesar de que el Esposo tardara en llegar (cf. Mt 25, 1-13). ¡Y no olvidemos nunca que toda nuestra historia se dirige hacia la segunda venida de Cristo! ¡Que al volver nos encuentre esperándolo y sirviendo como buenos trabajadores en su viña!

En la lectura de hoy (recomiendo encarecidamente leerla en su integridad: 2Cor 6,1-10), san Pablo declara: «En todo nos acreditamos como ministros de Dios: con la palabra de la verdad, con el poder de Dios, mediante las armas de la justicia, en la derecha y en la izquierda».

Con estas palabras, el Apóstol de los Gentiles hace alusión al combate espiritual que estamos llamados a librar como discípulos del Señor. En la Carta a los Efesios lo describe con más detalle (Ef 6,10-18) y nos deja claro que los enemigos a los que nos enfrentamos son «los principados, las potestades (…) y los espíritus malignos que están en los aires» (v. 12). Este combate se muestra claramente en el Evangelio de hoy (Mt 4, 1-11), en el que el mismo Jesús es tentado por el diablo tras haber ayunado durante cuarenta días.

Las tres tentaciones que el Señor tuvo que padecer las rechazó en representación nuestra, para que también nosotros seamos capaces de resistir en su nombre. Al mismo tiempo, nos dejó un ejemplo de cómo afrontar los insidiosos ataques del diablo.

Veamos más de cerca la última tentación, en la que se manifiesta con suma claridad la pretensión de Satanás.

En primer lugar, hay que tener presente que el Diablo es un ángel caído con un espíritu presuntuoso. En otro tiempo, ocupaba un alto rango en la jerarquía angélica y era un ángel glorioso. Hasta el día de hoy, podemos lamentar profundamente su caída. Sin embargo, debemos saber que se alejó de Dios por soberbia y con plena consciencia, por lo que se volvió totalmente perverso y malvado. En su ceguera, Satanás se aferra a su pretensión de competir con Dios e intenta usurpar su lugar en la Tierra.

«De nuevo llevó el diablo a Jesús a un monte muy alto y le mostró todos los reinos del mundo y su gloria, y le dijo: “Todas estas cosas te daré si postrándote me adoras”» (Mt 4,8-9).

El Hijo de Dios no se dejó seducir por esta tentación y la rechazó por nosotros: «Apártate, Satanás, pues escrito está: Al Señor tu Dios adorarás y solamente a Él darás culto» (v. 10).

La presunción del diablo se manifiesta claramente en el hecho de que, a pesar de ser solo una criatura, aspira a ser adorado. Desde este trasfondo deben entenderse todas las seducciones con las que se acerca a los hombres, aunque a menudo oculte su verdadera intención para engañarlos. Tras haberse rebelado contra Dios y desobedecido, ahora quiere arrastrar al hombre, como hijo amado de Dios, a la misma desobediencia.

¿Cuántas veces los hombres sucumbirán a la tentación del poder y, peor aún, al abuso del poder? ¿Cuántas veces caerán en la soberbia los que tienen mucho «éxito» en el mundo y gran influencia sobre los demás, si no están firmemente arraigados en la fe, capaz de protegerlos de tales trampas?

La soberbia es nuestro gran enemigo, que cierra fácilmente nuestro corazón y nos hincha por dentro. No siempre es fácil identificarla en nosotros mismos. Por eso, conviene pedirle al Señor que ponga al descubierto cualquier tipo de orgullo en nosotros para entonces poder presentárselo y pedirle que nos ayude a vencerlo, sin caer en una ceguera frente a nosotros mismos.

El demonio no soportará un corazón humilde, un corazón como el que encontró en Jesús en el desierto, porque éste, con la fuerza de su Señor, será capaz de contrarrestar cualquier tentación de soberbia con sus mismas palabras: «Apártate, Satanás, pues escrito está: Al Señor tu Dios adorarás y solamente a Él darás culto».

Si cultivamos una auténtica humildad, que se lo atribuye todo a Dios, que recorre con vigilancia el camino de imitación de Cristo y que aprovecha debidamente todas las gracias que se le ofrecen, podremos rechazar al diablo con la fuerza del Señor, porque «fiel es Dios, que no permitirá que seáis tentados por encima de vuestras fuerzas; antes bien, con la tentación, os dará también el modo de poder soportarla» (1Cor 10,13).

La flor de la meditación de hoy: aprovechar el tiempo de la gracia y luchar contra la soberbia.

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Meditación sobre el evangelio del día: https://es.elijamission.net/las-tentaciones-de-jesus/

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