Día 39: “A las puertas de la Semana Santa”

Antes de entrar en la Semana Santa, daremos hoy el último paso en nuestro itinerario cuaresmal. Os invito cordialmente a seguir acompañándonos durante la Semana Santa, cuyas reflexiones tendrán un carácter más meditativo. También podréis verlas a modo de vídeos en los enlaces respectivos que os enviaremos a diario.

Al comienzo del evangelio de hoy (Jn 12,10-36), se anticipa ya la entrada de Jesús en Jerusalén, que mañana, en el Domingo de Ramos, contemplaremos con mayor profundidad.

Por poco tiempo, la realidad en Jerusalén fue como debía ser. El pueblo saludó al verdadero Rey de Israel y salió a su encuentro. En este acontecimiento se manifiesta la verdad y se reconoce la misión que Israel estaba llamado a cumplir para toda la humanidad. No se trataba de un rey humano, sino del Rey del cielo que vino a la Tierra para redimir a su pueblo. Entra en la «ciudad del gran Rey» (Mt 5,35), es decir, en Jerusalén, la ciudad escogida por Dios. ¡Qué alegría y qué gracia concede el Padre Eterno a su pueblo! Viene Aquel que merece toda alabanza, honor y gloria.

¿Y cómo entra en su ciudad? Este Rey se priva del esplendor y la pompa exterior con los que se pretende destacar la importancia y la posición de una persona. El Rey del cielo, en cambio, viene a la hija de Sión montado en un borrico, tal como habían predicho las Escrituras.Y el grito de júbilo nunca debería extinguirse, sino seguir resonando por toda la eternidad: “¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!”

Todo esto sucedió ante los ojos de sus discípulos, pero ellos no lo comprenderían hasta después de que Jesús fuera glorificado. Posteriormente, cuando el Espíritu Santo descendió sobre ellos y les permitió entender a su luz muchas cosas que hasta entonces les habían permanecido veladas, se dieron cuenta de que en este acontecimiento se habían cumplido las Escrituras.

Sin embargo, nos encontramos nuevamente con el contraste entre la luz y las sombras. Por un lado, vemos cómo se difunde la fe en el Mesías, tan necesaria para la salvación. Las personas se apresuran al encuentro del verdadero rey de Israel y sus corazones deberían abrirse de par en par para que el Señor pueda reunir a los suyos «como la gallina reúne a sus polluelos debajo de sus alas» (Mt 23,37). ¿Qué habría sucedido si todo el pueblo se hubiera dejado tocar por la gracia? Gracias a las palabras de San Pablo, podemos hacernos una idea de la bendición que esto habría supuesto para toda la humanidad:

“Porque si su reprobación es reconciliación del mundo, ¿qué será su restauración sino una vida que surge de entre los muertos?” (Rom 11,15).

Pero, lamentablemente, muchos de los líderes religiosos de la época se posicionaron en contra del Señor y se aferraron a su cerrazón, lo que también influyó negativamente en el pueblo.

Se acerca la hora del Señor, como Él mismo afirma: “Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del Hombre.” La hora en la que mostrará su amor abismal por el Padre y por nosotros, los hombres; la hora en la que será “obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz” (Fil 2,8); la hora en la que será inmolado como Cordero de Dios para pagar por el pecado del mundo (cf. Jn 1,29).

La glorificación de la que habla Jesús es distinta a la que suelen imaginar las personas. No son los gloriosos triunfos en el campo de batalla, ni las medallas por grandes logros deportivos, ni los éxitos científicos de primer nivel los que glorifican al hombre, sino los actos de verdadero amor a Dios y al prójimo. Esto es lo que nos muestra Jesús: lo más glorioso es su amor a Dios, su Padre y nuestro Padre, y su amor por los hombres, a quienes Jesús convierte en sus hermanos y por los que entrega su vida.

“Si el grano de trigo no muere al caer en tierra, queda infecundo; pero si muere, produce mucho fruto.” Esto es lo que hace nuestro Señor, y así es glorificado.

Con estas palabras, pronunciadas en vista de su proximidad a la muerte, Jesús ofrece una valiosa enseñanza sobre la verdadera vida a todos aquellos que quieren seguirle seriamente. El Señor señala con insistencia que la vida humana no se reduce a su dimensión terrenal. Por eso, el hombre no debe centrar sus aspiraciones en esta vida pasajera, ni quedarse en disfrutarla. Al hacerlo, se cierra a la dimensión trascendental de su existencia y se vuelve cada vez más insensible y menos receptivo a la realidad espiritual, a la vida en Dios. En efecto, ésta solo adquiere sentido para aquellos que buscan «las cosas de arriba, no las de la tierra» (Col 3,2); es decir, para los que buscan a Dios y el propósito más profundo que Él dispuso para sus vidas. Si intentan vivir conforme a la voluntad de Dios, se les abren las puertas del Reino de los Cielos.

Con esta meditación concluimos nuestro itinerario a través de la Cuaresma y me alegro por cada uno de los que han participado, aunque haya sido solo durante una etapa del camino. Ahora nos adentramos con nuestro amado Señor en la Semana Santa, la semana de gracia para toda la humanidad. Aquí, en Jerusalén, donde tengo la dicha de encontrarme, Jesús consumó su obra. Ahora nos corresponde a nosotros aprovechar la gracia que nos alcanzó y dar testimonio a todos los hombres de que el corazón de nuestro Padre celestial está abierto de par en par para todos y de que Jesús es el camino que conduce a Él (Jn 14,6).

Me gustaría concluir con las palabras del Señor que se encuentran al final del evangelio de hoy: «Mientras tenéis la luz, creed en la luz, para que seáis hijos de la luz» (Jn 12,36).

Como última flor, nos proponemos acompañar al Señor durante la Semana Santa.

NOTA FINAL: Hemos recopilado el «ramo de flores» que hemos ido recogiendo durante estos 39 días y podéis descargarlo aquí: http://es.elijamission.net/wp-content/uploads/2026/03/RAMO-DE-FLORES.pdf

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Meditación sobre la lectura del día: https://es.elijamission.net/venga-tu-reino-2/

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