La lectura de hoy (Num 20,1-3.6-13) nos relata una rebelión de los hijos de Israel contra Moisés y Aarón en el desierto de Sin. Llevaban casi cuarenta años de travesía y estaban descontentos con las circunstancias. Murmuraron contra Moisés y Aarón y protestaron por el lugar miserable donde se habían instalado en Cades, donde no había trigo, ni higuera, ni viña, ni granado. Evidentemente, habían perdido la confianza y ahora exigían a sus líderes que, al menos, les dieran agua. Entonces, Moisés y Aarón se postraron ante el Señor y le rogaron: «Oh, Señor Dios, escucha el clamor de este pueblo y ábreles tu tesoro, la fuente de agua viva, para que, al saciarse, cesen sus murmuraciones» (v. 6, traducido de la Biblia Vulgata Latina).
«El Señor habló con Moisés y le dijo: “Toma la vara y reúne a la comunidad, y que te acompañe tu hermano Aarón. Hablad luego a la peña en presencia de ellos, y ella dará sus aguas. Harás brotar para ellos agua de la peña y darás de beber a la comunidad y a sus ganados.” Tomó Moisés la vara de la presencia de Yahveh como se lo había mandado. Convocaron Moisés y Aarón la asamblea ante la peña y él les dijo: “Escuchadme, rebeldes. ¿Haremos brotar de esta peña agua para vosotros?” Y Moisés alzó la mano y golpeó la peña con su vara dos veces. El agua brotó en abundancia, y bebió la comunidad y su ganado» (vv.7-11).
En el largo camino a través del desierto, en medio de circunstancias difíciles, la confianza en Dios resulta particularmente importante. El Señor siempre proveía todas las necesidades de su pueblo. Sin embargo, con frecuencia los israelitas olvidaban sus obras y la gratitud no calaba lo suficientemente hondo. Por eso, una y otra vez surgía el descontento, la murmuración e incluso diversas rebeliones contra Moisés en el desierto.
Si lo miramos más a fondo, se trata en realidad de una rebelión contra Dios y su guía. A pesar de que había respondido a las exigencias de su pueblo en las más diversas situaciones, el descontento no se superó de raíz. Una y otra vez se generaban expectativas que, aparente o efectivamente, no se cumplían. A partir de ahí surgía la murmuración.
En nuestro itinerario cuaresmal, este pasaje puede servirnos de lección para cuestionarnos si también nosotros albergamos cierto descontento, si frecuentemente tenemos expectativas que no se cumplen como quisiéramos y luego reclamamos como si fuera nuestro derecho.
En realidad, al seguir la llamada del Señor y emprender el camino hacia Él, lo hemos dejado todo atrás, o al menos eso es lo que queremos. ¿No hemos seguido al Señor al «desierto», abandonando la comodidad de los placeres sensuales, nuestros propios sueños y proyectos de vida, para confiarnos totalmente a su amorosa y solícita guía? ¿Estamos agradecidos con Él por ello o seguimos quejándonos demasiado, de modo que las fuentes de la discordia permanecen abiertas en nuestro interior?
En cuanto a Moisés, su forma de proceder en esta situación tuvo consecuencias. No siguió al pie de la letra las instrucciones que le había dado el Señor: debía hablar a la peña, no golpearla con la vara. Algunos exégetas ven en este hecho la razón por la que no pudo entrar en la Tierra Prometida.
En cualquier caso, la lección que nosotros debemos aprender de este hecho es que debemos prestar mucha atención a las indicaciones del Señor y demostrar nuestra fe obedeciéndole sin reservas.
A pesar de que a Dios debieron disgustarle las murmuraciones de los israelitas y la falta de fe de Moisés, en su gran bondad terminó respondiendo a su petición e hizo brotar agua de la roca.
En el extenso evangelio de hoy (Jn 4,5-42) se relata el conmovedor encuentro entre Jesús y la mujer samaritana, a la que conduce delicadamente hacia la fe en Él. En el transcurso de la conversación, el Señor no omite señalar que los samaritanos aún no conocen ni adoran a Dios como Él desea: «Pero llega la hora, y es esta, en la que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad. Porque así son los adoradores que el Padre busca» (v. 23). En este contexto, también afirma que «la salvación viene de los judíos» (v. 22).
Me gustaría detenerme en este pasaje del evangelio de hoy y aplicarlo a nuestra situación actual. Evidentemente, tras el Concilio Vaticano II y con la declaración Nostra aetate, ha ganado terreno en la Iglesia una tendencia que pretende situar a las demás religiones al mismo nivel que la fe católica. Incluso se podría decir que, tanto en el pontificado anterior como en el actual, esta tendencia se presenta como una especie de «doctrina sólida». Sin embargo, no lo es en absoluto, ya que no cuenta con el respaldo ni de la Sagrada Escritura ni de la auténtica doctrina que la Iglesia ha definido y anunciado a lo largo de los siglos. Se trata, evidentemente, de un rumbo pernicioso.
El evangelio de hoy, por el contrario, nos muestra el camino correcto. Jesús conduce a la mujer samaritana, que todavía adoraba de forma imperfecta a Dios debido a la ignorancia, hacia la verdadera fe, que alcanza su plenitud en su propia Persona. Jesús mismo es la salvación que viene de los judíos. Con ello nos da un ejemplo de cómo tratar a las personas de otras religiones. ¡Siempre debemos tener presente que aún les falta el verdadero conocimiento de Dios, que se revela a través de su Hijo Jesucristo! Por lo tanto, aún no pueden disfrutar del agua viva, es decir, la desbordante gracia de Dios. Jesús nos la ofrece en abundancia, tal y como le hace entender a la mujer samaritana.
Si dejamos de mostrar a las personas dónde pueden encontrar el agua de la vida, estaríamos privando de esta gracia a la samaritana y a otras personas como ella. Por tanto, las mantendríamos en la ignorancia solo por dejarnos llevar por ideas erróneas.
¿Y qué significa todo esto? Que no recibirían el agua viva del santo bautismo, ni la Palabra de Dios sin adulteraciones, ni una sabia instrucción y delicada guía hacia la verdadera fe, ni la liberación de los errores y la ignorancia.
¿Qué católico querría ser responsable de tal omisión?
Las flores que recogemos de la meditación de hoy son:
1) aceptar con gratitud la guía de Dios,
2) mostrar a las personas dónde mana el agua de la vida.
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Meditación sobre la lectura del día: https://es.elijamission.net/envia-a-tus-profetas-2/
Meditación sobre el evangelio del día: https://es.elijamission.net/saber-escuchar-2/

