Día 21: “Disposición a perdonar”

Tras la pequeña serie sobre la transformación del corazón, volvemos a las lecturas del día. Este año, estamos siguiendo en nuestro itinerario cuaresmal el leccionario tradicional. Pero, antes de entrar en materia, me gustaría compartir con vosotros una intención que llevo en el corazón. Se trata de una oración que he escrito con el fin de pedir al Señor la verdadera paz que viene de Él. Les agradecería que muchas de las personas que escuchan mis meditaciones diarias se unieran a nosotros en esta sencilla oración:

«Amado Padre, te pedimos la paz que emana de tu Corazón para que toque y transforme los corazones de los hombres, y así tu Reino se extienda por toda la Tierra. ¡Te lo pedimos por Jesucristo, nuestro Señor! Amén».

De los textos bíblicos de hoy, me gustaría detenerme en un pasaje breve pero muy significativo del Evangelio (Mt 18,15-35). Dice así:

«Entonces, se acercó Pedro a preguntarle: ‘Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar a mi hermano cuando peque contra mí? ¿Hasta siete?’ Jesús le respondió: ‘No te digo que hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete’» (vv. 21-22).

Aquí el Señor hace alusión al gran milagro de la constante disposición de Dios para perdonar, sin la cual no podríamos vivir ni mucho menos alcanzar nuestro destino eterno. En realidad, resulta inimaginable hasta qué punto nuestro Padre celestial está siempre presto a perdonar las culpas de los hombres, ¡y éstas pueden adquirir dimensiones abismales! Como máxima expresión de su disposición a perdonar, el propio Hijo de Dios asumió la muerte en la Cruz para expiar nuestras culpas y redimirnos.

En el Mensaje del Padre a sor Eugenia Ravasio (https://www.amadopadrecelestial.org/mensaje), un librito que recomiendo mucho para leer y meditar, Dios nos permite echar un vistazo profundo a su corazón. Dice así:

«Mi amor por estos hombres, mis hijos, no se detuvo jamás. Cuando constaté que ni los patriarcas, ni los profetas habían podido darme a conocer y hacerme amar entre los hombres, decidí venir Yo mismo. Pero, ¿cómo hacer para encontrarme en medio de los hombres? No había otro medio que el de ir yo mismo en la Segunda Persona de mi Divinidad.

¿Me reconocerán los hombres? ¿Me escucharán? Para mí nada del futuro estaba escondido; así que a estas dos preguntas me respondí Yo mismo: ‘Aun estando cerca de mí, ignorarán mi presencia. En mi Hijo me maltratarán, a pesar de todo el bien que les hará. En mi Hijo me calumniarán y me crucificarán para matarme’.

Pero, ¿me detendré por esto? ¡No, mi amor por mis hijos, los hombres, es demasiado grande! No me rendí. Reconoced, pues, que os he amado, por así decir, más que a mi Hijo predilecto; o, mejor aún, más que a mí mismo».

Aquí nos encontramos con el misterio del amor de Dios por los hombres, que se refleja en la respuesta de Jesús a la pregunta de Pedro. Por su parte, es una disposición ilimitada a perdonar, que solo puede verse bloqueada cuando el hombre se cierra a su perdón y se autocondena, por así decirlo.

Nosotros, que seguimos al Señor, debemos despertar a la magnanimidad de este amor para que también en nosotros surja esta disposición a perdonar. ¡Solo a través del amor divino es posible imitarla! En este punto, podemos establecer una conexión con lo que habíamos hablado sobre la conversión del corazón.

¿Qué puede salvar al mundo si no es el perdón de Dios, que también debe reflejarse en nuestra vida? Es la fuente de la desbordante misericordia que Dios ofrece a este mundo, porque Él no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y se salve (cf. Ez 33, 11). Quizá Pedro se sorprendió por la respuesta de Jesús, que le aseguraba que debía perdonar a su hermano siempre que éste le ofendiera. Pero en estas palabras se manifiesta de forma especial el amor del Redentor, que más adelante encontrará su máxima expresión en su muerte en cruz por todos los hombres. Todos pueden acudir a Él y abrirle su corazón, y entonces un rayo de su amor divino les iluminará.

¡Cuán fácil nos lo pone el Señor! Y, aun así, ¡cuántos pasan de largo y desconocen el camino de su amor! A menudo, el hombre mismo pone el obstáculo para aceptar la gracia del perdón que se le ofrece. No sabe cuán bondadoso es Dios ni hasta dónde llega su amor. ¡Digámoselo!

¿Qué podemos llevarnos del Evangelio de hoy?

Debemos dejarnos purificar en el lavacro del perdón de Dios para que nuestro corazón pueda asimilar más profundamente su amor. Sin duda, el perdón solo puede desplegar su eficacia cuando el culpable reconoce sus faltas y pide perdón. Pero, del mismo modo que Dios siempre está dispuesto a perdonar, también nosotros hemos de estarlo hacia los demás. Nuestro corazón ha de imitar esta actitud. Esto será posible cuando el amor de Dios haya purificado nuestro corazón. En el Padre Nuestro, rezamos cada día esta significativa frase: «Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden». Eso es lo que el Señor quiere de nosotros. Entonces, su amor podrá seguir guiándonos en nuestro camino. Por el contrario, si no perdonamos o no estamos dispuestos a hacerlo, bloqueamos el amor de nuestro Señor, que quiere purificarnos y llenarnos para que podamos volvernos semejantes a Él.

La flor que queremos ofrecer hoy es un corazón siempre dispuesto a perdonar.

______________________________________________________

Meditación sobre la lectura del día: https://es.elijamission.net/un-corazon-contrito-2/

Meditación sobre el evangelio del día: https://es.elijamission.net/la-gracia-del-perdon-4/

Descargar PDF

Supportscreen tag