Día 20: “La transformación del corazón” (Parte III)

Esta pequeña serie, que pretende mostrarnos la importancia de la conversión del corazón, también debe entenderse en una dimensión suprapersonal. Esto significa que nuestros esfuerzos por alcanzar un corazón puro no solo sirven para nuestra santificación personal, sino que también son un arma en el combate espiritual. San Pablo nos deja claro que nuestra lucha es «contra los principados, las potestades (…) y contra los espíritus malignos que están en los aires» (Ef 6,12). Estos se aprovechan de nuestras malas inclinaciones humanas y las refuerzan. Una vez que nuestro corazón se ha oscurecido, les resulta más fácil involucrarnos en su rebelión contra Dios o, al menos, debilitarnos o incapacitarnos para la verdadera lucha contra estos espíritus.

En cambio, un corazón que, gracias al influjo del Espíritu Santo, se vuelve cada vez más puro y en el que fluye la gracia de Dios, les resulta insoportable. Basta con pensar en el corazón purísimo de la Virgen María, del que tienen que huir. A esto se suma que un corazón así se inflama cada vez más de amor por Dios y por los hombres y se pone completamente al servicio del Padre celestial. Por tanto, luchará contra todo aquello que pretenda empañar la gloria de Dios y llevará el mensaje del Evangelio a otras personas. Esto, a su vez, debilita el poder del Maligno, por lo que cada corazón puro se convierte en una amenaza para él, no solo porque no se deja llevar por sus maquinaciones, sino porque las combate activamente con la fuerza del Señor. Así, podemos asumir nuestro lugar en el ejército del Cordero, cooperando con nuestra oración y nuestra lucha por la santidad para que la paz de Cristo llegue a los hombres y el poder de su amor ahuyente las tinieblas.

Estas reflexiones pueden motivarnos para trabajar en la purificación de nuestro corazón con la ayuda del Espíritu Santo. Fijémonos ahora en otro vicio que oscurece en gran medida nuestro corazón, para poder superarlo a la luz de Dios. Me refiero a la envidia.

Se trata de una malicia muy persistente, a la que tenemos que hacer frente con determinación. La envidia cierra nuestro corazón frente a Dios y frente a la otra persona, y oscurece todo nuestro ser. Ahora bien, si renunciamos a la envidia, si centramos nuestra voluntad en concederle de buen grado a la otra persona lo que Dios le ha dado y le agradecemos al Señor por ello, entonces habremos emprendido la dirección correcta. Aquí estaremos muy necesitados de la ayuda del Espíritu Santo, para que, por un lado, este acto de la voluntad se haga constante; y, por otro lado, para que sea tocada la fuente de donde brota esta envidia; es decir, nuestro corazón.

La envidia viene de las tinieblas. En la Escritura se habla de la “envidia del diablo” (Sb 2,24). Por tanto, ésta oscurece nuestro corazón. Cuando nos dejamos llevar por ella, nuestro corazón se vuelve malo y la envidia se convierte en la fuerza motriz de las acciones malvadas. Así, ella es destructiva en todos los sentidos y mata el amor.

El Espíritu Santo, en cambio, es el amor mismo que ha sido derramado en nuestros corazones (cf. Rom 5,5). A través suyo, nuestro Padre Celestial quiere establecer su trono en nosotros. El amor no le envidia nada a nadie. Al contrario: el amor se dona y nos convierte en receptores, en donatarios, que, así como reciben regalos de Dios, quieren también agasajar a otras personas. Entonces, si empezamos a distanciarnos de la oscuridad, en lugar de dejarnos llevar por sus impulsos, estaremos renunciando con nuestra voluntad al mal. Un acto tal cuenta ya con el apoyo del Espíritu Santo, porque sin Él ni siquiera identificaríamos la envidia ni mucho menos podríamos renunciar a ella.

Al invocar concreta y perseverantemente al Espíritu Santo cuando percibamos las tinieblas de la envidia, Él tocará esta oscuridad en nosotros y la transformará, porque las tinieblas tienen que retroceder ante la luz.

En otras palabras, el amor de Dios puede ahora entrar más plenamente en nuestro corazón en este punto, arrebatándolo de las garras del mal y liberándolo. La estrechez de la maldad queda sustituida por la amplitud del amor.

Vale aclarar que, por lo general, será un largo combate. Una y otra vez tendremos que percibir la envidia en nosotros. Pero quizá después de un tiempo notemos que se ha reducido, en la medida en que el amor de Dios ha encontrado más cabida en nuestro corazón. Para ello, una y otra vez tendremos que hacer actos que contrarresten la envidia. Uno sufrirá por el hecho de que aún la percibe en su corazón, a pesar de ya haberse distanciado de ella con la voluntad. Este sufrimiento es bueno y saludable. Es una señal de que el amor está creciendo en nuestro corazón. Sufrimos crecientemente bajo nuestra inclinación al mal, ¡y cuánto quisiéramos cambiar y ser como Dios quiere que seamos!

Lo que he explicado con respecto a la envidia, se aplica también a todos los otros vicios que, de acuerdo a las palabras del Señor, salen del corazón del hombre (Mc 7,14-23).

Hemos de percibirlos en nuestro corazón, apartarnos de ellos, buscar las virtudes y pedirle al Espíritu Santo que nos sane y nos libere, en un proceso concreto de transformación interior.

Éste es un camino que podemos emprender para cooperar en la conversión de nuestro corazón. Para no caer en desánimo, jamás debemos olvidar que todo esto sucede en presencia de un Padre amoroso, que desea nuestra santificación. En la medida en que sea posible en nuestra vida terrenal, debería morar en nosotros la plenitud de santidad a la que Él nos llama (cf. Mt 5,48). Sin embargo, Dios es un Padre, que conoce nuestras debilidades y recaídas, y nos levanta una y otra vez. Los sacramentos son una ayuda inestimable para nosotros, sobre todo la Confesión y la Santa Misa.

Así que estamos llamados a este verdadero y noble combate, y con la Santa Confirmación ya hemos sido fortalecidos sacramentalmente. ¡Éste es el combate esencial, porque nos lleva al meollo del asunto! Os recuerdo nuevamente que los poderes de las tinieblas quieren aprovecharse de las malas inclinaciones del hombre para precipitarlo en la desgracia. Por tanto, no es una lucha que libremos únicamente por nuestra propia santificación; sino que también es un aporte importante para nuestra Iglesia y su misión en este mundo. Este combate es parte esencial de nuestra vocación como cristianos, si queremos pertenecer al ‘ejército del Cordero’ y luchar de su lado contra el dragón.

Lo que está en juego es nuestro corazón… ¿Le pertenece realmente al Señor (conforme al primer mandamiento) o se deja arrastrar hacia sus abismos? Alcanzar la pureza del corazón será una gran victoria.

En esta batalla que estamos llamados a librar, podemos contar con la ayuda de la Virgen María, cuyo Corazón Inmaculado triunfará sobre los poderes de la oscuridad. Nosotros, como hombres débiles, sólo podremos resistir en este combate con la gracia de Dios. ¡Él nos la concederá y nos asignará nuestro sitio en la “multitud del Cordero”!

Como flor de la meditación de hoy, procuremos obtener un corazón puro para que sea un arma de la luz.

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Meditación sobre la lectura del día: https://es.elijamission.net/dios-actua-a-su-manera/

Meditación sobre el evangelio del día: https://es.elijamission.net/los-profetas-no-lo-tienen-facil/

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