Destinados a la alabanza de Dios

Conforme a su Sabiduría, el Señor sabe integrar en Sus planes incluso nuestros extravíos, cuando nos entregamos a Él. En una meditación que escribí hace un tiempo sobre los dones del Espíritu Santo (Véase: http://es.elijamission.net/el-don-de-ciencia/), había dicho que el plan para nuestra vida sale a relucir cuando el don de ciencia actúa en nosotros, que es el que nos ayuda a reconocer que sólo en Dios y no en lo creado está nuestro hogar, y nos invita, por tanto, a desprendernos de forma adecuada de todo apego desordenado a lo creado. Entonces podremos notar con mayor claridad qué es lo que Dios tiene pensado para nuestra vida, y asumir así más profundamente nuestra vocación.

“No me habéis elegido vosotros a mí; más bien os he elegido yo a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y que vuestro fruto sea duradero.” –nos dice el Señor en el así llamado “discurso de despedida” (Jn 15,16). Previo a ello, había llamado a sus discípulos “amigos” (cf. Jn 15,15), a quienes les confía todo… Conocemos el camino que recorrieron después los discípulos, llevando el evangelio al mundo entero como apóstoles del Señor. Sabemos también que su fruto efectivamente permaneció: ¡hasta el día de hoy vivimos de sus palabras y del ejemplo que nos dejaron! En ellos se cumplió el plan de Dios y por su medio lo alabamos a Él.

Hoy en día, cuando las personas buscan su dicha personal, a menudo ignoran esta dimensión de que sólo en conformidad con Dios, viviendo de acuerdo a lo que Él les ha concedido y encomendado, puede hallarse la verdadera felicidad. Empleando el lenguaje de la lectura de hoy, diríamos que se trata de corresponder a nuestra destinación más profunda.

Cuando aún no se conoce bien a Dios ni se confía realmente en Él, puede incluso suceder que el hecho de que Él nos haya predestinado para algo genere un sentimiento de que uno está como obligado a hacer y cumplir algo que uno mismo no ha escogido. Paradójicamente, uno podría incluso tener la impresión de que esta predestinación limitaría nuestra libertad personal. Sin embargo, tales pensamientos muestran que tampoco se ha entendido adecuadamente en qué consiste la verdadera libertad del hombre. Porque no puede haber mayor libertad que la de cumplir consciente y amorosamente la Voluntad de Dios, adentrándonos así en nuestra propia predestinación.

En la Virgen María se puede ver que la gran dicha y realización de su vida consiste en cumplir su predestinación. Ella no quiere nada para sí misma; todo ha de servir para la gloria de Dios. Su felicidad está en poder responder con su entrega al amor de Dios y abandonarse a su Providencia: “Hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38). María ha sido destinada a la alabanza de la gloria de Dios: “Porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí; su Nombre es santo” (Lc 1,49).

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